Recordatorios aumentados

Realidad Aumentada de cámara trasera

La imagen que abre este post, una fotografía de la pantalla de una camioneta con la marcha atrás activada (indicando la ruta que seguirá la camioneta en función del giro de las ruedas) fue un amable recordatorio de una de mis citas favoritas:

“La tecnología es todo aquello que todavía no funciona.”- Danny Hillis

En el entendido de que denominamos “tecnología” a objetos o funcionalidades que existen y funcionan, aunque no al 100% o el 100% de las veces. Y cuando lo hacen, entonces le adjudicamos un nombre específico, por ejemplo, “Internet”, “Bluetooth”, “Silla”.
Una vez funcionan, ya no son tecnologías sino cosas concretas.

La imagen de la cámara me recordó una vez más cómo comenzamos a tener muchos ejemplos que usan la tecnología de realidad aumentada con un propósito definido: “Cámara trasera”, “Filtro de Snapchat”, “Pokemon Go”.

Todo lo contrario a otras tecnologías como la de la Realidad Virtual, a la que seguimos llamando, en Enero de 2018, “Tecnología”. A falta de buenos ejemplos por los que nombrar su uso y no lo que la posibilita, cabe deducir entonces que todavía no funciona “correctamente”.

Banners y penes

Foto de Dick no solicitada

Género masculino, imagínate que mientras navegas en Internet te sale tanta publicidad indeseada que acabas por instalar un adblocker. Nadie podría reprocharte nada, pues el 99,9% de esa publicidad te llega sin que tú hayas dado expreso consentimiento para que tus datos sean usados para que te anuncien alfombras, pastillas o camisetas. El consentimiento no sólo es importante, sino esencial. Sagrado.

Ahora imagina que en cada banner en vez de publicidad te saliera un pene no solicitado. Para esos penes no hay adblockers. Eso es parte de lo que pasan las mujeres diariamente.

¿Es realmente tan complicado de entender el tema de los límites y el consentimiento?

La tecnología, el bypass y el tren digno para Extremadura

Aftermath Huracán María - Puerto Rico

El rol de la tecnología, en mi opinión, no es crear aplicaciones y proyectos que sirvan para que “crowdsourcees” lo que antes te hacía tu mamá (por ejemplo, lavar la ropa, o cualquiera de esas otras “ideas” donde alguien en Silicon Valley descubre algo que ya existía con otro nombre desde hace décadas). No. Uno de los roles principales de la tecnología es servir para que aquellos (sean personas, compañías, países, etc.) que están rezagados por el motivo que sea (estructural, desastres, etc.) puedan compensar esa carencia y equipararse en capacidades y oportunidades con otros que han corrido mejor suerte.

Por ejemplo, imagina que estás en un lugar perdido de una sierra de algún país, en un punto denominado A, y tienes que llevar alimentos y medicinas a otro punto denominado B.

Para cumplir con esta tarea, tienes varias opciones:
a) Esperar a que el gobierno de turno desarrolle las infraestructuras (carreteras) para poder llevarlas en coche de un lugar al otro. Buena suerte con la espera.
b) Reconocer que no hay buenas carreteras, sino apenas un camino por el que no puede circular un coche normal, pero sí quizá uno equipado para ese tipo de terrenos: un Land Rover, un Hummer, etc. Ok, puede funcionar, pero igual te encuentras con algún bandido que atraque el vehículo a mitad de camino.
c) Utilizar uno o varios drones para llevar los víveres del punto A al punto B. Una buena oportunidad de olvidarse de las carencias de desarrollo que tenga ese lugar concreto, para centrarse en cómo hacer la entrega de la forma más eficiente posible. Bingo.

Como puede parecer lógico, la opción a) es la más descabellada de todas, pero es lamentablemente la que sería más socorrida. Cada país intenta reproducir los haceres de aquellos más desarrollados que él, sin tener en cuenta que ese desarrollo concreto se produjo en otros lugares en tiempos muy lejanos y específicos (por ejemplo, después de alguna guerra civil o alguna de las dos guerras mundiales). Intentar seguir la senda de alguien más desarrollado es la mejor garantía para seguir rezagado una (larga) temporada más.

Imagínate que hoy fueras elegido gobernante de un nuevo país recién creado. No sólo tendrías que preocuparte de cómo es tu bandera o con quién votas en la ONU, sino también de si la electricidad está a cargo de una compañía pública o privada, de si usa o no recursos naturales, o si, por ejemplo, tu divisa debiera ser una respaldada por un banco federal o si (por el contrario) pudiera una de esas nuevas criptomonedas que ven la luz cada día.

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México y las economías de escala

Colores de piel

Muchas compañías abren su sede en México pensando en que el país es una unidad de más de 100 millones de personas. Como además prácticamente todas ellas tienen un teléfono móvil (aunque la penetración móvil en México sea de las más bajas de Latinoamérica), la ecuación parece simple, y el negocio, redondo: “Si mi país tiene 10 millones de personas y facturo X, en un país con más de 100 millones voy a facturar 100X.”

Posteriormente descubren que México es, en realidad, muchos Méxicos más pequeños, diferenciados por una “Pantonera” de colores de piel y con escasa movilidad social. Y entonces tienen que volver a la casilla 1, porque en México no parecen funcionar las economías de escala.

Public Service Announcement 🙂

Abogados, enfermeros, creativos y Perogrullo

Vaso medio lleno

No es por ponerme nostálgico con el cambio de año, pero recordando los tiempos en los que lanzamos Enchingatown vino a mi mente la anécdota de un enfermero muy enfadado porque, según él, no había badges para poder expresar que él también estaba en Enchingatown en Urgencias.

“Claro,” pensé yo, “porque si tú estás Enchingatown, lo último que necesitarían tus pacientes es que estés haciendo check-ins en tu teléfono.”

Su respuesta fue un artilugio perfecto de cachetada pasivo-agresiva (más agresiva que pasiva): “No me parece justo, porque mi trabajo sí es importante. Si yo la cago, alguien muere. Tú eres publicista. Si la cagas, no le importa a nadie. Por eso debería haber badges para mí.”

Aún sangro por la herida varios años después, pero es algo sobre lo que me ha tocado recapacitar mucho (aunque sea una perogrullada), el privilegio de quienes nos dedicamos a algo que tenga que ver con la “creatividad” (en cualquier ámbito).

Si a ese enfermero se le murieran nueve de cada diez pacientes, nunca querrías saber nada de él ni del lugar donde trabaja.
Si un abogado perdiera nueve de cada diez casos, nunca lo contratarías.
En cambio alguien puede tener nueve malísimas ideas, incluso una décima y una undécima. No importa. Si encuentra una buena, nadie recuerda ninguna de las otras.

Dedicarse a algo que requiera “creatividad” implica poder vivir la vida en el mundo del vaso medio lleno, aunque lo lleno sean dos o tres simples gotas. Es más que suficiente.

O sea, que el coste de cada riesgo tomado es 0, porque si algo no funciona en realidad no muere nadie. O como dice muy sabiamente Luis Gaitán: “It’s bold or never”.

Privacidad, teatro con Wi-Fi

Privacidad México - programa de mano

Apagar tu teléfono (o silenciarlo al menos) es uno de los requisitos básicos de buenas maneras cada vez que uno acude al teatro. Ese día, en cambio, una voz solemne nos pedía que nos conectáramos a una de las redes inalámbricas disponibles durante la representación de la función.

Nadie dudó ni un segundo en hacerlo. Ya saben que hoy en día no importa si estamos al lado de un millón de dólares, del último Bitcoin disponible o de la aparición bíblica de algún Arcángel. Si hay un Wi-Fi al que conectarse elegimos conectarnos al Wi-Fi antes que hacer o prestarle atención a cualquier otra cosa.

Ese fue el primer detalle que me llamó la atención cuando hace un par de meses asistí a una de las representaciones de “Privacidad”, en el Teatro de los Insurgentes de la Ciudad de México.

La obra, que se estrenó primero en Londres, es una adaptación de varios textos escritos por Edward Snowden, allá por 2014, al respecto de cómo los gobiernos y grandes corporaciones vigilan y comercian con los datos que diariamente generamos mediante nuestros dispositivos conectados a Internet.

Privacidad México - público con selfie

Entretenida, algo densa en ocasiones, “Privacidad” es un magnífico vehículo para la reflexión al respecto de dónde van a parar y las consecuencias de cada una de las (aparentemente) inocentes interacciones que realizamos a diario: la selfie, un filtro de Snapchat, una búsqueda en Google, un correo a nuestro banco, etc.

Es ahí donde se activa una segunda capa de entretenimiento muy significativa: son tan relevantes las palabras recitadas sobre el escenario como la observación de las reacciones del público durante el transcurso de las mismas. Aunque somos conscientes desde el inicio de que estamos asistiendo a la representación de un texto relacionado con nuestros datos y su privacidad, nadie tiene ningún reparo en, por ejemplo, tomarse una selfie y enviarla a una dirección de correo que aparece en varias pantallas cuando el personaje de turno lo solicita. Porque… ¿qué hay de malo en tomarse una selfie cuando además tenemos un buen teléfono y sabemos tomarla y compartirla?
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Tus hijos y las distopías perezosas

Black Mirror - entrada

Hay muchos motivos por los que escribir obras de ficción que pudieran clasificarse dentro del género “Distopía”. Uno, obvio, es el de que dichas obras se conviertan en una advertencia (como les contaba en este post) de lo que no queremos que suceda; piensen en “Minority Report”, de Philip K. Dick, o “The Handmaid’s Tale”, de Margaret Atwood.

Otro motivo es, simple y llanamente, el del entretenimiento sin ningún otro propósito, lo cual suele tener siempre buena acogida porque como humanos estamos programados por defecto para estar más atentos y receptivos a las noticias negativas que a las positivas.

Quizá fue por eso, ahora que se anuncia la temporada 4 de “Black Mirror” (probablemente el emblema de la distopía de la cultura popular de hoy), por lo que recordé algo que mencionó Jim Dator en el transcurso de una conferencia que impartió el pasado mes de Octubre en las instalaciones de CENTRO en la Ciudad de México.

Conferencia de Jim Dator en CENTRO

Decía Dator, al que pueden reconocer por su corte de pelo inolvidable y por ser algo así como el Padrino de la disciplina de los Estudios de Futuros, que de todas las formas posibles de pensar en el futuro, la distopía era la más perezosa de todas. Porque es fácil (aunque necesario) pensar en todo lo que puede salir mal, y que se requiere talento, fe y trabajo para pensar y visualizar otros posibles futuros que puedan estar delante de nosotros y que sean lo más positivos posibles para la mayor cantidad de gente posible, lo que él denominada Eutopías, el mejor mundo real que podamos imaginar y alcanzar, al contrario que las Utopías, que por su propia definición son inalcanzables.

Los niños
Seguro que todos queremos lo mejor para nuestra descendencia. Seguro que cuando consumen entretenimiento pensamos que lo ideal es que vean algo que los haga querer ser científicos, arquitectos, bailarines, artistas, etc.

Nosotros, en cambio, consumimos (cada vez más) contenidos que nos hacen pensar en qué mundo tan jodido le estamos dejando a nuestros hijos, “Black Mirror” o “Mr. Robot” se me vienen a la cabeza, lo cual entronca directamente con una de las citas más famosas de Fred Polak en su obra “The Image of the Future”:
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La vida eterna… o no

Who wants to live forever - Queen / Highlander

Con el crecimiento exponencial de la capacidad de cómputo de los dispositivos que nos rodean, los retos que antes presentaban problemas de factibilidad ahora se volvieron más bien de tipo ético. Por ejemplo, y con las debidas salvaguardas, podemos pensar en que ya no hay mayor problema en que un coche autónomo te pueda llevar de un punto A a un punto B (factibilidad), pero que sigue sin resolverse el tema de cuál es el menor de los males en caso de un accidente que no se pueda evitar (el famoso “trolley problem”).

Así que, siguiendo por esa senda, uno pudiera pensar que otras muchas cuestiones que ahora ni siquiera somos capaces de concebir pudieran pasar a un plano ético en los años venideros, como por ejemplo ¿te gustaría vivir para siempre?

Hoy es una pregunta referida a la factibilidad (“¿crees que algún día podremos vivir para siempre?”), pero que, al igual que con los coches, dentro de unos años quizá pudiera ser de tipo ético (“¿te gustaría vivir para siempre?”).

Es una cuestión que muchas veces hago a mis alumnos, con respuestas variadas y de todo tipo, porque las distintas capas culturales que cada uno lleva consigo pesan (y mucho) a la hora de responder. Porque si podemos vivir para siempre, ¿qué será de nosotros si nuestros seres amados no quieren hacerlo? ¿o en dónde entran las religiones cuando desaparece la promesa de la “reencarnación” o la “vida eterna” más allá de aquí donde vivimos? También podríamos, si quieren, entrar en otras muchas disquisiciones de tipo legal o filosófico, por ejemplo: ¿Podrá hacerlo cualquiera? ¿Sólo los ricos? ¿Cómo se redefiniría el concepto de sobrepoblación? ¿Y el de uso de los recursos? ¿Seguirían naciendo niños? ¿Necesitamos colonias en otros planetas porque aquí ya no cabríamos?

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El brand manager y sus baby steps

Baby steps

Ha de ser una situación de lo más común. Cuando comencé a trabajar en publicidad, yo iba a presentarle mis campañas a responsables de marca de edad sensiblemente mayor a la mía. Que además llevaban años en el cargo revisando el esto y aquello de la publicidad de las compañías para las que trabajaban.

De un tiempo a esta parte, en cambio, la dinámica cambió. No sólo porque yo tenga ahora más edad que entonces (obvio), sino porque al frente de la publicidad de muchas de esas marcas ahora hay personas sensiblemente más jóvenes que yo, que además (dato importante) carecen de la experiencia con la que navegaban aquellos antecesores a los que hago referencia en el primer párrafo, tanto en la marca en la que trabajan como en la vida.

La juventud no tiene nada de malo, al contrario. Pero sí la creencia equivocada de que todo “lo nuevo” es bueno y todo “lo viejo” es malo, algo que pueden encontrar recopilado en cualquier definición o descripción sobre el adanismo que puedan encontrar (resumido: creer que algo existe a partir del momento en que uno lo descubre).

Lo que me llevó a una especie de conclusión que quizá pueda sonar un tanto áspera: salvo en casos muy concretos donde el talento es incuestionable, ¿dejaríais a cargo de un pilar esencial de una compañía a alguien tan inexperto? ¿o lo pondríais a cargo de algo (probablemente) importante, pero no tan tan importante? De esas cosas que si no funcionan tampoco pasa nada grave en realidad; una especie de “baby steps” laborales.

En esta línea, mi cabeza recordó también una frase repetida hasta la saciedad en los últimos tiempos, cada vez que comienza un nuevo año, por parte de algunos clientes a alguna de sus agencias: “Nos han reducido el presupuesto de marketing.”

Nadie sabe si es verdad o una simple estratagema para bajar el precio de los fees mensuales que se pagan por los servicios creativos y/o estratégicos que proveen las agencias de publicidad. Aunque pensándolo bien, ¿cabe esperar que sea cierto que tal o cual marca tiene menos dinero ahora del que tenía hace unos años? ¿Montblanc? ¿Louis Vuitton? ¿O será que parte de ese dinero que antes se invertía en publicidad ahora se dedica a otros menesteres que puedan ofrecer un resultado medible de forma más sencilla (marketing directo, ventas, etc.)?

O sea, que teniendo claro que toda la publicidad es marketing, pero no todo el marketing es publicidad, cabría preguntarse si en realidad la publicidad como la conocemos es tan importante para todas estas compañías…

El banco del futuro

Banco del futuro

Cuando le preguntas al Oráculo de Delfos de esta época (Google Images) por el banco del futuro (en general por el “lo que sea” del futuro) obtienes una imagen como la que abre este post, que concuerda, curiosamente, con la imagen de banco del futuro que muchos de los bancos que nos rodean tienen de sí mismos. Hologramas, tablets, pantallas gigantes, luces de neón, etc.

Yo pensaría, en cambio, que el banco del futuro no es uno con hologramas ni luces de neón por todas partes, sino uno al que no tienes que ir.

Porque además, recuerden, cuando el futuro se vuelve presente se parece mucho a District 9.