La tecnología y la enfermedad de los cables

Recarga de teléfonos en AICM

No sé si sólo me pasa a mí o también ustedes lectores lo habrán notado, pero últimamente, por todas partes, noto una enorme desigualdad numérica entre los puntos de Wi-Fi para conectarse a Internet (cada vez hay más) y los enchufes donde recargar la batería de los laptops o los teléfonos (cada vez hay menos).

No sé, digo, porque igual puede ser que siempre hubiera pocos enchufes y es ahora cuando lo noto porque viajo más. O porque uso más todos esos “dispositivos” o porque igual hay más dispositivos para compartir esos enchufes, pero algo debe estar ocurriendo cuando algunas marcas colocan esas torres (como la de la imagen que abre este texto) en las terminales de los aeropuertos para que nosotros usuarios podamos encontrar unos minutos para recargar esas baterías, lo que es un alivio porque ya no hay que estar vagando, e incluso peleando, por una toma de corriente.

Mochila

Y veo luego la mochila de Pit, que parece un Home Depot andante por llevar a cuestas todos los gadgets del universo con sus respectivos cargadores, y nos pienso mucho más ridículos que esa imagen cliché de los antiguos teléfonos que se usaban en las guerras que necesitaban dos personas para ser transportados.

Colección de cables

Me pregunto de qué nos sirve tanta tecnología touch-screen, geolocalización, resolución de las cámaras de los teléfonos, tablets, etc., si al final quedamos dependientes de un reguero interminable de cables que hemos de transportar para que todo lo primero funcione. Y cuando los tenemos, a veces no hay ni dónde enchufarlos.

O igual sólo me pasa a mí, que también pudiera ser.

Facebook no es una isla, es una orilla

Gente en la orilla

A veces me encuentro con la pregunta de cómo hago para leer todo lo que escriben las casi seis mil personas a las que sigo desde mi cuenta de Twitter. No puedo, nadie puede, y lo que yo hago es esto. Otra opción es hacer listas, temáticas, y agrupar ahí a las personas que consideres que pueden aportarte algo sobre cada tema concreto. Y ya, el resto (creo) es demasiada información como para que una sola persona pueda procesarla.

En Facebook es distinto, porque la información tiene más recorrido, no posee tanto factor de “tiempo-real” como la de Twitter, así que uno puede pasarse un rato haciendo scroll al feed de noticias generadas por los amigos, para ver si hay algo rescatable y de valor. Pero igualmente surge otra pregunta relativa al “número de amigos”, la de ¿cuánto es mucho?

Dejando de lado (además) el ponernos exquisitos con el “¿son realmente amigos tus contactos de Facebook?”, la pregunta que surge siempre es la de ¿es posible tener casi tres mil “amigos” (es mi caso ahora) en Facebook con los que mantener contacto diario?

Y creo que es obvio que no, no hay minutos en el día. Pero eso si miras tu cuenta como un lugar concreto, como una isla donde están tus tres mil “amigos”. Porque hay otra opción, la de ver tu cuenta como la orilla de un río por el que uno circula en una balsa. Y en la orilla están los tres mil “amigos”, colocados en el orden temporal en el que los agregaste como contactos. Eso me pasa a menudo cada vez que agrego nuevas personas a mi cuenta; tiempo después sigo en contacto con algunos de ellos (corren por la orilla a la par que mi balsa, o tienen su propia balsa, incluidos los que aparecen y desaparecen cada cierto tiempo) y con otros no tengo ya más contacto en absoluto (los veo al pasar y ellos a mí, como un fan del ciclismo ve pasar a los corredores en el Tour de Francia). Así que, como mucho, interactúo con cuarenta o cincuenta diariamente, que es lo máximo que la velocidad de mi balsa me permite.

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Imágenes hermosas sin motivo aparente, capítulo 5

Más imágenes hermosas publicadas sin motivo aparente. La primera se la robé a Nerea, que de paseo por Barcelona se encontró con esta gran verdad:

Te quiero ni mucho ni poco

La segunda la encontré en la cuenta de Twitter de Nancy, una pancarta en Monterrey reclamando el derecho a no tener más miedo, en estos días de terror social que se viven en México (especialmente en el norte del país) :

Ya no quiero tener miedo

Cosas de marketing directo en un aeropuerto

En una definición no muy académica, podríamos considerar marketing directo a esa disciplina del marketing donde se le hace llegar a los usuarios algún tipo de contenido, esperando de ellos una respuesta concreta (a veces casi inmediata) y medible, mensajes o llamadas de teléfono, registros en un sitio web, suscripciones, likes en Facebook etc.

Y de vez en cuando se topa uno con algunos ejemplos, como me ocurrió el jueves pasado en la terminal 2 del aeropuerto de la Ciudad de México. El primero de ellos apareció en la parte interna del envoltorio de una chocolatina, donde Nestlé me dice que si quiero saber más acerca de un código (¿huh?) tengo que llamar a un número 01-800 (el equivalente a los 900 en España):

Direct marketing 1

El segundo me lo encontré en uno de los baños del aeropuerto (cabe resaltar el hecho de que la gente te mira raro por tomar fotos con flash en un baño público), donde alguien busca sexo de forma muy explícita:

Direct marketing 2

¿Cuál creen que tendrá más respuesta?

Yo pensé que qué curioso, que para buscar una respuesta “directa” el tipo que pide sexo en un baño público se esfuerce más y se ande con menos rodeos que una multinacional. O igual es que el tipo que pide sexo tiene algo real que ofrecer a cambio, y los del chocolate puede que lo único que quieran sea reunir números de teléfono en una base de datos…

Tres juegos que me gustan

De vez en cuando, llegan a la agencia briefs de clientes que implican hacer campañas para niños. Más allá de la consideración moral que esto me provoca (¿publicidad para niños? ¿en serio?) y que siempre intentamos revertir proponiendo cosas que no tienen que ver con darles publicidad sino algo con lo que jugar y aprender, lo interesante es el proceso de poder hablar con niños durante varios días consecutivos, porque por lo general uno se da cuenta de que la frecuencia en la que ellos emiten está (desgraciadamente) muy lejos de la frecuencia en la que deberíamos emitir nosotros, tal como ya se escribió aquí en alguna ocasión.

Y gracias a eso, y a que uno tiene que intentar “sumergirse” en juegos que aúnen educación con entretenimiento, termino por encontrar algunas piezas de una simplicidad fascinante. En la forma, claro, porque en el fondo son realmente complejas. Como éstas tres:

Today I die

Today I Die

“Today I die” es una poesía en forma de juego, donde hay que ir generando escenarios en los que completar pequeñas tareas que le permiten a uno transformar la frase original (“dead world / full of shades / today I die”) en la frase final con la que uno triunfa sobre la oscuridad (“free world of beauty / today I swim / until you come”).

Aquí hay un pequeño paso a paso, en caso de que alguien no consiga completar el juego.

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Los retweets y las semillas

Camiseta "RT me"

Hay conceptos que no hay forma de cuantificar, por ejemplo, un embarazo o la muerte. Nadie está “un poquito embarazada” o “un poco muerto”, o se está o no. Luego hay otros conceptos donde la cuantificación es más o menos relativa, por ejemplo, los “te quiero”. “Te quiero mucho” o “te quiero un poco más que ayer” son expresiones que indican una medida, aunque no tengamos unidades para ello (¿cómo mides un “te quiero”?).

En esta época de “social-medias” y “webs-2.0” parece que hemos optado por cuantificar el interés o relevancia de todo aquello que se publica en base a números, por ejemplo, el número de gente que republica (o “retwittea”) o comparte un mensaje o enlace en Twitter, y últimamente me ha dado por pensar en si ese número es relevante o no, porque por lo general aquello que es curioso o divertido o grotesco tiene siempre un número mucho mayor que aquellos contenidos que buscan dejar algo más que esa satisfacción de risa inmediata. ¿Es eso una medida de que una imagen graciosa tiene más valor que un escrito sobre la teoría de las supercuerdas (por ejemplo)? Y por otra parte, ¿para quién debería ser el valor de lo publicado? ¿Para el que publica (vía ese número) o para los que lo republican (porque les deja algo)?

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Anatomía de una campaña digital (o algo así)

Diagrama de Venn - Pieza interactiva

Digo “algo así” para intentar quitarle lo presuntuoso al título de este post, por el hecho de buscarle una clasificación a algo que cada día se hace más y más inclasificable. Y es que hace unos meses que Pit, Panter (antes de que emigrara a otras latitudes) y un servidor nos dimos a la tarea de intentar “comprender” por qué algunas cosas de las que hacemos en la agencia funcionan y otras no, como paso previo a comenzar a trabajar en un proyecto que en aquel entonces teníamos encima de la mesa.

Es así como, juntando todo lo que creíamos necesario que estuviera presente en una campaña digital (o una campaña donde hubiera un componente digital, aunque el resto no lo fuera), dibujamos el diagrama de Venn que abre este texto, que probablemente es muy obvio y también probablemente esté muy lejos de ser perfecto, pero que sí es, al menos un primer paso por si alguien quiere diseccionarlo y/o profundizar en el mismo.

Dicho diagrama consta de los siguientes elementos, empezando por el final, que quizá es lo más importante:

7. Usuario: Siempre dejado de lado ante la presencia de la publicidad que hacen las marcas (que eran las que iban siempre en el centro de estos diagramas), deja de ser un elemento periférico para pasar a ser el centro del diagrama donde todo lo demás converge. Digamos que es quien hace que el mensaje se entregue vía su participación, en vez de ser un receptor pasivo.
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El futuro será presente cuando nos miremos a los ojos

Conversación por Skype con Pit

Hace casi un año, y justo una semana después de haber dado yo una charla en la Escuela Complot de Barcelona, fue el turno de Hugo Olivera (lo que habla muy bien de mi sincronización para ver a los amigos cada vez que voy a España), cuya exposición tenía como punto de partida el de que ya estamos en 2010 y no se ven por ningún lado los coches voladores que nos habían prometido en cine, libros y televisión.

Justo en eso pienso cada vez que tengo una llamada en videoconferencia, vía Skype (como arriba, con Pit) o el FaceTime que trae incorporado como aplicación el nuevo iPhone 4 (como en la foto de abajo, con Ro). Porque, en ese “mundo-futuro” que siempre nos contaron, las videoconferencias consisten en dos usuarios, cada uno de los cuales mira cara a cara “virtualmente” a su interlocutor en esa conversación, a través de una pantalla enorme.

Conversación por FaceTime con Rodrig

En cambio, nosotros nunca miramos a los ojos a nuestro interlocutor, siempre miramos a la ventanita donde su cara aparece, y lo mismo él con nosotros. Y me pregunto si el futuro no será ese día en que nos podamos mirar mutuamente a los ojos a través de la pantalla, en vez de únicamente vernos aparecer en la pantalla del otro.

La publicidad digital de México (y sus fake plastic clicks)

Canary Wharf

Canary Wharf era un complejo de negocios proyectado en Londres, cuya construcción, a principios de los años 90, hubo de detenerse por la crisis económica en el país. Tan desoladora era la apariencia del lugar al interrumpirse el majestuoso proyecto que en algunas de las zonas despobladas se colocaron árboles de plástico, para disimular un poco lo triste y abandonado del panorama.

Esos son los árboles de plástico de los que habla Radiohead en su tema “Fake plastic trees”, basada en una relación que termina y en una crítica al consumo masivo y al cómo consumimos cuando somos infelices, para llenar nuestros vacíos. Un tema muy recordado porque Thom Yorke se pasa el vídeo completo dentro de un carrito de supermercado:

El caso es que algo así siento cuando veo cómo, simultáneamente, las cifras de inversión publicitarias en formatos digitales crecen y crecen cada año en México, a la vez que soy incapaz de recordar ninguna campaña hecha en el país (con alguna contada excepción) que pudiera encontrarme luego en otro lugar (adaptada a otro país o región, o en algún festival), preso todo de ese cortoplacismo que hace que nos gastemos todo el dinero en banners de una calidad semejante a estos, e-mail marketing tan variado como desorientado, o esos servicios tan demandados ahora de social-media-crap, vendidos por supuestos expertos que enuncian como casos de éxito casos que lo son de un éxito relativo. Y que no han hecho ellos, por cierto.

Pero como el numerito de inversión crece cada año, los que hacemos digital nos juntamos y nos damos palmadas en la espalda, y hablamos del futuro que será nuestro y de, fíjate tú, lo mal que va la publicidad tradicional, y de cómo la gente que lleva haciendo publicidad desde hace más de veinte años no “entiende” los nuevos medios (pues menos mal, porque si no nos crujen), y nos damos más palmadas en la espalda y nos lamemos nuestros iPads relucientes y seguimos esperando ese futuro (que va a llegar porque lo dicen unas putas estadísticas en un keynote que trae un tipo-venido-de-no-sé-dónde) en vez de caminar hacia él, mientras nos quejamos amargamente de los clientes (que tampoco entienden, claro) porque es más fácil encarnarse en víctima y dejar la culpa para otros.

Y es que esa cifra, creciente cada año, encarna nuestros propios “fake plastic clicks”, los que camuflan el páramo de la creatividad digital en México, para hacernos pensar que hay algo donde en realidad hay muy poco. Nos quedamos dormidos y soñamos que caminábamos por un bosque, y nos encontrábamos unos árboles de plástico, creyendo que eran de verdad. Y sonreímos, qué miedo.

Necesitamos algo menos de autocomplacencia y malinchismo. Y despertarnos de la caminata por el bosque y recapacitar, sentados ante nuestro escritorio, en si de verdad el trabajo que estamos haciendo es el mejor trabajo que podríamos hacer… ¿de verdad? Oh my God, espero que no lo sea, porque si es así sí que tenemos un serio problema.

11 cosas que aprendes de “piratería” cuando escribes libros

Libro Flash y PHP, versión pirata

La imagen que abre este texto es una foto de una versión pirata de uno de mis libros, que encontré en la fascinante Avenida Wilson, una megalópolis gigante de contenidos pirateados y/o “extraviados” que se venden y revenden a un mucho menor precio del original en Lima (Perú).

Esa imagen inolvidable, de mi libro fotocopiado y con CD rippeado del original, es la que viene a mi cabeza cada vez que alguien saca el tema de la propiedad intelectual, el “asalto a los derechos de los autores” y todas esas cosas con las que habitualmente se adornan las conversaciones o escritos sobre este tema, tan manido, de “cómo la piratería destruye la cultura” y blablabla.

* Y antes de comenzar, y para dejarlo todo BIEN claro y en contexto, le estoy enormemente agradecido a la editorial que me publica (Anaya Multimedia) por la oportunidad que me dió de poder escribir para ellos (eso incluye una paciencia infinita para conmigo y mis, en ocasiones, más que discutibles plazos de entrega) *

Empecé a escribir libros (el listado no está actualizado) en 2002, solo o en compañía de amigos como Kada, Kali o Manu. No los escribía para ganarme la vida, sino como complemento (o consecuencia) de mi trabajo. Son libros técnicos, sobre Adobe Flash, ActionScript (el lenguaje de programación de Flash) o el diseño interactivo, así que no me considero “escritor” pero sí “autor”, y la verdad es que de un tiempo a esta parte a uno se le sube la bilirrubina cada vez que éste o aquel te lanza una diatriba acerca de lo nefasto de la “piratería”. Digo, a mí me sube la bilirrubina cada vez que escucho diatribas sobre cualquier tema, pero cuando trata sobre algo de lo que hago, más aún.

Y es que, en lo que se refiere a la “piratería”, esta es una lista (desordenada) de algunas cosas que aprendí en estos ocho años que llevo escribiendo materiales didácticos:

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