2011 y sus cincuenta y dos libros por delante

Libros para 2011

Y llega 2011, lleno de propósitos. Algunos profundos, como por ejemplo poder poner en práctica mucho de lo escrito en este blog. Volverlo una especie de cuaderno de apuntes de laboratorio, deseando hacerse realidad para comprobar si lo que a veces uno piensa pudiera ser o no cierto. Otros propósitos son más simples: tiempo para leer más. Porque al final, entre pitos y flautas del trabajo uno termina leyendo cuando puede y no cuando quiere. Así que me inspiraré en Iñaki Escudero y el tesón que le llevó a completar el reto que se propuso, hace dos años por estas fechas, de leer un libro por semana a partir de entonces.

Aún no sé exactamente qué cincuenta y dos libros serán, tengo ya decididos los primeros quince o veinte, pero a partir de ahí dependerá de lo que me vaya encontrando o lo que ustedes amables lectores me vayan recomendando (lo que les ruego encarecidamente).

Mientras tanto, ojalá que 2011 les resulte un año tan increíble como el que sé que me espera a mí, feliz año nuevo 🙂

Angry Birds y sus recompensas por jugar mal

Recompensas jugando Angry Birds

Aunque lo compré hace algún tiempo, no comencé a probar los efectos adictivos de Angry Birds hasta hace un par de semanas, y no paro desde entonces porque lo cierto es que el juego es una auténtica delicia. Aún así, no soy demasiado buen “gamer”, por eso me hizo carcajearme el que me otorgaran esta medallita, la de haber disparado más de diez veces los pájaros en la dirección equivocada. Qué lindo detalle que recompensen la torpeza como guiño para que sigas jugando y hacer del juego lo que realmente todos los juegos debieran ser, una herramienta para pasar un buen rato, independientemente de tu habilidad.

Imágenes hermosas sin motivo aparente, capítulo 9

Otro par de imágenes hermosas (creo) sin motivo aparente. La primera se la robé a Marlen, que fotografió el cielo en plena lluvia de meteoros, las llamadas Gemínidas que se producen cada mes de Diciembre:

Lluvia de estrellas

La segunda es de cosecha propia, y no sé si es hermosa pero a mí me hizo gracia ver mi cara reflejada en nueve distintas baldosas de la pared en un restaurante de la ciudad de Monterrey, quizá porque me acordé de la portada del segundo disco de Queen:

Nueve reflejos de mi cara

Malvaviscos, conducta e instinto digital

Experimento con malvaviscos

Uno de los tests de conducta más famosos es el que se realizó con malvaviscos en la Universidad de Stanford en los años 60. En dicho test se exponía a niños de 4 años a la presencia de un malvavisco y se les decía que si conseguían esperar veinte minutos sin comérselo tendrían otro gratis y podrían comerse los dos. Posteriormente se realizaba un seguimiento a todos los niños involucrados en el test y se comprobaba que, llegando a la adolescencia, aquellos que conseguían controlarse y tener paciencia durante esos veinte minutos obtenían mejores calificaciones y eran más responsables (en términos académicos, imagino) que aquellos que se comían el malvavisco antes de que se cumpliera dicho tiempo:

Ayer me encontré con este otro vídeo en el blog de Fernando Comet, en el que la agencia Media Contacts celebra sus diez años en Brasil con otro experimento (que esencialmente es el mismo), en el que se confronta a los niños participantes con una elección entre una bandeja llena de malvaviscos y un ordenador portátil conectado a Internet y en el que (también) hay disponibles toda clase de juegos:

Algo tramposo, porque si la elección hubiera sido al revés seguro que los niños habrían elegido los malvaviscos y podríamos hablar de “instinto de malvavisco”, pero sea como sea me provocó una sonrisa.

El gato que vino del espacio exterior

A mí me gustan las películas de ciencia-ficción e Internet está lleno de gatos, así que…

El vínculo del mundo real al virtual

Tapa de vaso de café

El vaso con café que me dieron el sábado pasado tenía esa pegatina sobre la tapa. Supongo que tiene más sentido “compartir mi mejor deseo en www.facebook.com/StarbucksMexico” si estoy tomando un café en Starbucks (porque uno de los motivos por los que uno va allí es porque hay conexión a Internet) que hacerlo porque me lo pidan un banner o un spot de televisión que se emite a la hora de la cena. Por el lugar, y también porque si tengo que compartir un deseo “evocado” por el café es más probable que lo pueda evocar si estoy tomando un café y no haciendo otra cosa.

Por eso me gusta que en los Starbucks de México aprovechen en estos días ese espacio gratuito (su producto) que tienen para anunciarse y hablar con sus ya usuarios reales, en vez de pagar por una campaña gigante de las que llenan todos los portales, pidiendo a la gente que haga algo mediante banners. Por qué no “modificar” (con algo más que una simple dirección web, claro) ligeramente el producto con una simple pegatina, solución probablemente más barata y de mejores resultados a la hora de conectar el mundo real con el virtual.

Y es esa una situación recurrente con la que nos hemos topado aquí en las últimas fechas, marcas que llegan con su producto “cerrado” pidiendo “campañas en Internet”, pero sin la menor intención de modificar ni un ápice su producto para hacer más fluida la transición del mundo real al virtual de muchos de sus (ya) usuarios. Y bueno, al final puedes comprar pautas de banners y hacer sitios y campañas y virales y unicornios de colores, pero donde no haya un vínculo que incorpore el producto de forma natural al mundo digital, ambos universos seguirán separados y lo único que se podrá hacer con el producto es… publicidad.

Me pregunto por qué las marcas no podrían tomar ejemplo de Google, que cuando lanza su nuevo teléfono usa su propio espacio (por el que pasa tanta gente) para anunciarlo gratis y generar respuesta desde allí, en vez de hacer campañas mastodónticas en todos los medios que puedan pagar, que en su caso imagino que podrían ser muchos:

Google + Nexus One

Yo creo que las marcas tendrían que ser más como Google. Y si no pueden, que al menos compren pegatinas para sus vasos en Navidad, como Starbucks México.

Desparramado e interactivo, capítulo 18

Mi columna del mes de Diciembre de Interactiva Digital trata sobre algunas reflexiones que se me vienen a la cabeza acerca del exceso de congresos relacionados con publicidad digital que se celebran por todas partes, después de tanto viajar en este año 2010 que ya termina.

Portada Interactiva Digital Diciembre 2010

La verdad es que no tengo ni idea
Me ha tocado viajar mucho últimamente, por trabajo o conferencias. A Perú, a Chile, a Argentina, y un poco más por México. Y recompensa, aunque sea tan cansado. Pero, cada vez más, viajar por trabajo lo acaban exponiendo tanto a uno (y a sus opiniones) que al final, por la vía del pudor, se te terminan nublando un poco la vista y el criterio y empiezas a poner en solfa si realmente todo es tan así como uno dice o si lo que uno dice podría ser un poco menos así para ser un poco más asá. O eso me pasa a mí.

Y es que estaba yo como ponente en una de esas mesas redondas donde los participantes se (nos) sientan (sentamos) a dialogar, conversar y hasta, en ocasiones, filosofar sobre las bondades de los medios digitales, la integración de elementos digitales en las agencias tradicionales y etc. etc. (elija su tema favorito), y por aquello de la emoción ya saben que en estas mesas redondas a veces se cuenta con la participación del público presente. Fue así como alguien (en adelante, el interpelador) me disparó a bocajarro la pregunta sin respuesta: “¿Cuál es a su juicio el futuro de la publicidad?”. Traté de capear la cuestión contestando que no sabía cuál era ese futuro pero que si le parecía bien podía contarle el cómo a mí me gustaría que fuera. El interpelador dijo que sí y yo se lo conté, mientras él anotaba en su cuaderno como si estuviera recibiendo el mensaje de algún arcano. Al terminar, me dio cortésmente las gracias y ya no supe más de él.

Recordé entonces una columna de hace unos años de Daniel Solana, en un diario de tirada nacional donde existía un blog llamado “Creativlog”, con motivo de su (entonces) próxima participación como jurado en los Ciberleones de Cannes, y la retahíla de preguntas-entrevista que le llegaban a su buzón de correo, al respecto de las piezas que probablemente le tocara juzgar semanas más tarde. Que qué países iban a ser más destacados o qué piezas las más memorables… y decía Daniel que a todo contestaba con respeto y diplomacia, pero que lo que realmente tenía ganas de contestar era un sonoro “Yo qué sé”.

Y algo así me pasa a mí, que de repente siento que mientras uno anda predicando sobre algo (en un punto del planeta), ya hay alguien haciendo otra cosa (en otro punto) para desmentir aquello de lo que uno habla. Y desde ese “Yo qué sé” me pareció desmedida la cantidad de congresos, diplomados, conferencias y seminarios que tienen como tema el “digital marketing”, “community management” o “social media world in the rainbows”, o como quieran llamarlo, eventos donde cientos y cientos de personas asisten a escuchar a los que allí disertan (disertamos), y a tomar apuntes, en vez de estar todos (disertantes y asistentes) haciendo proyectos y equivocándonos sobre la marcha en el campo de batalla, en la realidad, en vez de en la teoría apuntada en las notas de una libreta regalada en un seminario.

Algo así como lo que le pasa a Ralph Macchio en la película “Crossroads”, con la que me reencontré ahora que vivo en México en versión DVD. La historia, deliciosa, y aderezada por la guitarra de un Ry Cooder en todo su esplendor tras su banda sonora para “París, Texas”, relata las aventuras de Eugene, un joven neoyorquino que en su deseo de convertirse en un bluesman (igual que los ídolos a los que emula con su guitarra) libera a un anciano recluido en una residencia de mayores, en la creencia de que es la única persona con vida que pueda conocer una antigua canción que quedó sin grabar casi cincuenta años atrás. Al final, tras muchas peripecias, caminos transitados y corazones rotos, el anciano le revela a Eugene la cruda verdad, que no queda ninguna canción perdida y que si quiere resaltar y conseguir su objetivo tiene que hacérselo todo él solo, sin la ayuda de nadie.

Y creo que es así como deberíamos afrontar el caminar por esta publicidad de hoy, menos buscando la guía o palabras de un ponente y mucho más probando y equivocándonos (en solitario o con los nuestros) hasta poder crear un camino propio en vez de seguir el transitado por otros. Porque, no me malentiendan, yo estoy encantado de viajar y conocer y compartir de lo poco o mucho que sepa sobre un tema, pero últimamente tengo la sensación de que me llevo más del lugar visitado que lo que dejé allí. Igual es porque el lugar varía y en cambio mis pensamientos siempre me acompañan, pero en general, como Daniel en su artículo, lo que siento es una imperiosa necesidad de decir “La verdad es que no tengo ni idea”, como elemento liberador y, quizá, como call-to-action y única gota de sabiduría, para que cada cual encuentre también la suya.

Qué bien que llegaron hasta aquí, aunque no sé por qué, porque la verdad es que no tengo ni idea.

El click que nunca esperaste dar

Banda virtual gástrica hipnótica

Anoche me topé con este banner en mi cuenta de Facebook. Desconozco el motivo por el cual me apareció a mí, y aún no descifro si es terrible o si es una genialidad, pero no puedo dejar de pensar en lo increíble del texto, que lo lleva a uno a pensar en cosas como las que propone Martín, casi como argumento de película de ciencia ficción, imaginen una “banda gástrica virtual colocada mediante hipnosis”. Ya sé que no es eso lo que dice el banner, pero son las cosas en las que uno termina pensando.

Y lo cierto es que estoy tentado de hacer click, sólo por saber qué puede contener un dominio llamado bandagastricavirtualmexico.com, aunque siga sin saber si todo esto es terrible o si es una genialidad.

Imágenes hermosas sin motivo aparente, capítulo 8

Otras dos imágenes hermosas publicadas sin motivo aparente. La primera es una foto del sol poniéndose en Monterrey. Creo que nunca había visto un sol tan grande como ese día:

Ocaso en Monterrey

La segunda es un mensaje de futuro y esperanza (generado tras conocer el pasado) que encontré en Casa Chihuahua, la antigua estación de Correos y Telégrafos de la ciudad de Chihuahua (Chihuahua, México), ahora reconvertida en Museo de Historia:

Mensaje en Casa Chihuahua

Si Publímetro usara QR-Codes

Noticia sobre Natalie Portman en Publímetro

Ya hemos hablado alguna vez en este blog sobre el periódico Publímetro, que se distribuye gratuitamente en algunas ciudades de México. En un ejemplar del pasado jueves me encontré en la portada con la noticia que se muestra en la imagen que abre el texto, noticia que iba acompañada de una dirección web. Y aun cuando lo que acompaña al titular en el resto de noticias suele ser, por ejemplo, un “página 7” y no una dirección web, yo me dediqué a ojear el periódico en busca de la referida información, sin suerte.

Hasta que me di cuenta de que la misma no vivía en el periódico impreso sino en su sitio web, y que por eso me proporcionaban algo que teclear en mi navegador. Lástima que justo en ese momento también me invadió una terrible pereza que me impidió abrir mi ordenador portátil (estaba leyendo el periódico, recuerden) para teclear una cadena de texto de semejante longitud.

Hubiera estado bien que la dirección web hubiera sido acompañada o reemplazada por un código QR, al que hubiera podido tomar una fotografía con mi teléfono para visualizar directamente allí el contenido, o bien guardarlo para auto-enviarme por correo electrónico la dirección de la noticia y así poder visitarla posteriormente, cuando estuviera delante de una pantalla (para no tener que dejar de leer el periódico mientras tomaba un café).

Un QR-Code como este:

Código QR-Code de la dirección de la noticia

Para poder quedarme con la información así:

Aplicación lectora de QR-Codes

(pueden generar sus propios QR-Codes aquí y pueden descargar lectores de QR-Codes para sus teléfonos en alguno de los enlaces que salen aquí)

Si Publímetro usara QR-Codes en vez de un texto gigantesco con la dirección en su web podría saber de qué tratan noticias como la de Natalie Portman, porque lo cierto es que este tipo de información puede despertarme un mayor o menor interés, pero no tanto como para abandonar aquello que esté haciendo en ese momento (por intrascendente que sea).