De por qué (a veces) creo que hay que participar en festivales publicitarios
La última vez que di una conferencia en mi tierra fue ya hace ocho años y medio. Llevaba unos meses con mi empresa Granatta, creada al amparo de un vivero de emprendedores llamado Vivernet, y era frecuente que nos pasearan de acá para allá, presentando lo que hacíamos a distintos públicos potencialmente “emprendedores”, estudiantes o inversores en su mayoría.
En una de esas me vi en el Complejo San Francisco de Cáceres (España) para una mesa redonda en un congreso sobre Emprendedores y Nuevas Tecnologías, que era el nombre de moda de aquella época. Era además el día previo a irme a Barcelona para la primera edición de OFFF (Mayo de 2001), en el que “Un día en la Tierra” (la pieza que Joan Jiménez y yo habíamos enviado) era finalista en la categoría de Documentales, de modo que mi cabeza era un remolino de ilusiones porque tengan en cuenta que antes de OFFF lo único de multimedias medio mainstream en España era Art Futura, y además por fin íbamos a ver en persona a Joshua Davis, Thomas Knöller o Marcel.lí Antúnez, lo que era todo un hit.

Pero bueno, que me desvío, estaba yo en la mesa redonda con los representantes de otras cuatro empresas, y entre la nominación como finalista y algunas otras menciones que había conseguido antes, como por ejemplo el Sitio de la Semana de Macromedia España, iba yo tan dispuesto a contar acerca de enfocar los inicios de una empresa a hacer buenos trabajos y el intentar conseguir que estos fueran reseñados, por aquello de intentar acceder a proyectos más grandes con el paso del tiempo, como evolución del trabajo de uno.
Mi turno fue el primero, y quizá me vi algo romántico e inocente pero terminé contento. Llegado el turno a otro de los participantes que, en teoría, se dedicaba a lo mismo que yo, saltó la veda que me hizo sentir mal durante el resto del día y que aún recuerdo desde entonces, ya que comentó, básicamente y con sonrisa socarrona, que él no trabajaba para ganar premios ni menciones sino para ganar dinero, ante el alborozo de la sala por el baño de realidad que se suponía me acababan de dar.
Quizá olvidé comentar durante mi participación, porque para mí era implícito en todo mi discurso, que el dinero era un añadido obtenido por hacer algo que me gustaba, no la base de mi negocio ni de mi plan de viabilidad. Por supuesto, tenía que haber dinero por algún sitio para sustentar el mecanismo completo, pero nunca pensé que alguien me diera la vuelta al discurso con un valor tan… ¿absurdo? Que el dinero llegaría como consecuencia de un buen producto o un buen trabajo, nunca al revés, pero heme aquí deprimido por verme tan mal en público a causa de un comentario ajeno.
A día de hoy no tengo ni idea de qué habrá sido de aquel muchacho ni cuánto dinero habrá ganado con su trabajo, pero sí puedo estar seguro de que todo lo vivido y toda la gente que he conocido desde entonces son algo que no podría pagar con dinero.

Ocho años después vivo en Saltillo, Coahuila (México), trabajo en otra empresa que gana premios con una facilidad que da escalofríos, y estaba hace poco de oyente en una conferencia en Monterrey en la que alguien prorrumpió en la perorata típica de:
“A nosotros los premios no nos interesan. Lo que nos importa es crear relaciones de confianza y generar riqueza y valor para nuestros clientes, en vez de estar ganando premios que no le importan a nadie más que al que los gana.”