Por el camino, e intentando saber más de la vida de Ricardo Fort, personaje hipnótico famoso en Argentina que se me había aparecido la noche anterior en televisión conduciendo un Rolls Royce (?), le comenté a Manu acerca de algunos proyectos que estábamos haciendo en la agencia donde trabajo, específicamente uno enorme y monumental (aún no sabemos si eso es bueno o malo) que contiene un clímax que nos tiene a todos tan emocionados con la idea que cada día llegamos a la agencia rezando, para que alguien no haga algo similar de aquí a ese entonces.
Y entonces, entre los “… y haremos esto…” y “… la gente hará esto…” y “… pasará esto…” para que siga pasando “… esto otro…”, llegamos a un semáforo en rojo ante el que el taxi se detuvo. En ese momento el taxista, un señor de unos 60 años, se volteó hacia nosotros, y asintiendo con la cabeza dijo:
Me gusta mucho su idea, creo que es una muy buena campaña y a mí me gustaría mucho participar en lo que le está contando a la señorita, ojalá todo salga como esperan.
Acto seguido, se volteó de nuevo hacia adelante y ya no dijo nada más durante el resto del viaje, mientras Manu y yo nos mirábamos con esa cara tan típica de haber presenciado un completo y legítimo WTF.
Después de eso ya no sé a quién tenemos que pedirle feedback sobre las distintas ideas que se presentan para las marcas, si a las marcas o a cualquier señor de unos 60 años que trabaje como taxista en Buenos Aires. Al fin y al cabo estos últimos son de los que van a usar (para algo, o para nada) esas ideas que nosotros hacemos.
Aunque dicen que la realidad siempre supera a la ficción nunca nos damos cuenta de ello hasta que sucede. En esos momentos, que por lo general suelen hacer historia, una especie de silencioso sentido de la conciencia se apodera de nosotros, contemplando esa realidad histórica que se va reproduciendo en slow-motion a medida que se va generando. Esos momentos también tienen otra virtud, la de escarbar en la memoria de uno el recuerdo de aquella ficción ahora reescrita. Y así es como la semana pasada un sensacional acontecimiento me hizo rememorar este antiguo anuncio de Nike Tennis:
Como en el vídeo, dos jugadores (eso sí, de menos lustre que los eternos Sampras y Agassi) peleaban punto a punto en una carrera al infinito, en el partido que los enfrentó en el Torneo de Wimbledon que cada año se celebra en Londres. Ya saben que cuando se llega al quinto set en un torneo de Grand Slam de este deporte hay que vencer por dos juegos de diferencia, al contrario que en cualquiera de los cuatro sets anteriores donde el empate a 6 juegos desemboca en un desempate o tie-break. Para cuando me enteré por Twitter del partido, NicolasMahut y JohnIsner ya empataban a 35 juegos, lo que es en sí una auténtica barbaridad, aunque nadie sabía entonces que sólo era un prólogo de lo que se avecinaba. Minutos después, con 42-42, el marcador parecía una broma de proporciones bíblicas:
Ya saben que para un geek lo geek es hermoso. Sólo desde ese punto de vista puede apreciarse la belleza de que YouTube haya decidido, desde hoy hasta la conclusión del Mundial de fútbol, incluir un baloncito en todos sus vídeos que, al presionarse, reproducen el molesto sonido de una vuvuzela, ese artilugio que tanta fama ha adquirido durante el Mundial de Sudáfrica.
Más geek aún sería poder enviar la URL del vídeo con un parámetro que permitiera llegar al contenido con el volumen de la vuvuzela activado, algo como “&vuvuzela=1″, pero supongo que ya es mucho pedir, no importa.
Parece que desde la aparición de aquel juego de Wilkinson, llamado “Fight for kisses”, la nueva moda a la hora de hacer vídeos (con marca o sin ella) es usar bebés en situaciones que en principio no tienen nada que ver con su mundo de bebés. Para muestra, unos ejemplos:
Nunca pensamos en este blog como un lugar donde publicar vídeos que se vuelven virales, pero hoy vamos a hacer una excepción ante lo especial del que vamos a mostrar.
Ya saben (y si no aquí va el tip) que si desconocen el significado de unas siglas concretas pueden utilizar el término “define:” en la búsqueda de Google para descubrir los posibles significados de las mismas. Así, WTF y FTW son las siglas de los dos extremos a los que me llevó este vídeo que encontré ayer por la mañana y que no he podido dejar de ver desde entonces. No soy amante de las películas de terror (me dan miedo), y por eso creo que el vídeo es ciertamente terrorífico y espantoso, pero de una forma tan absurda que al final se vuelve cómico llegando al punto de hacerme llorar (de la risa) cada vez que lo veo. Y no puedo dejar de verlo.
Hagan la prueba, muestren este vídeo a alguien y observen el viaje de reacciones en sus caras, especialmente en los minutos 2:26, 2:46, 3:00, y una especial mención para el tramo que transcurre entre los minutos 3:18 y 3:28. Dentro de lo absolutamente bizarro se incluye el cómo después de cada uno de esos momentos el protagonista recupera la pose y el estilo para seguir interpretando el tema que suena de fondo, antes de llegar al clímax en el minuto 4:10, cuyo contenido no revelaré porque hacerlo sería un spoiler a la altura de último episodio de Lost, pero que se encuentra entre las cosas más enfermas que he visto en mi vida.
Es complicado ser tan bizarro que hasta lo bizarro nos parezca normal, a tal punto de que deseemos verlo de nuevo para comprobar si lo visto era tan bizarro como lo recordamos o un poco más. Debe ser la conjunción de factores (terrorífico, humorístico, exótico y bizarro todo en uno) la que hace de este vídeo algo tan memorable, al punto de que, los que ayer nos miraban como quien mira a un loco por verlo, nos lo piden hoy de vuelta para mostrárselo a nuevos “incautos”. ¡Bravo!
Estoy fascinado por la imagen que vive sobre estas líneas, en la cual me taguearon (¿es “taguearon” o “taggearon”?) en Facebook el pasado viernes. La aparente estupidez, pergeñada por gente con aparentemente nada que hacer (doy fe de que es todo lo contrario), derivó en una tarde interminable de notificaciones de nuevos comentarios y respuestas a tan original Call-to-action, destacando momentos como el “no puedo porque estoy usando un iPod Touch” o “es que tengo la frente muy grande” (click en la imagen inferior para ver en tamaño original toda la secuencia).
¿Estúpido y simple? Puede. Pero no más que una marca pidiéndote que te hagas fan de ella en Facebook sin más razón que “porque sí, porque es cool”. A veces me pregunto si de verdad estas marcas, o nosotros en agencias, tenemos claro por qué la gente va ahora a determinados sitios o se comporta de determinada manera.
Pareciera que, en ocasiones, unas cuantas letras escritas en blanco sobre negro son más que suficientes para crear algo que los usuarios puedan disfrutar… y compartir. Y es que, como decía Tierno Galván, antiguo Alcalde de Madrid, ¡habrá que estar al loro!
La imagen que abre este post la tomé ayer en Monterrey. Son días duros en Monterrey, a una hora escasa de donde tenemos la oficina y lugar donde solemos pasar gran parte de cada uno de nuestros fines de semana. Los sentimientos de indefensión y paranoia que lo acosan a uno cuando circula por la ciudad después de noticias como las del último par de días se mezclan con el renuncio personal de cada uno de nosotros a dejarse vencer por el desánimo.
En ese contexto, y siguiendo un tanto la línea marcada por el granNeil French en este artículo que le robé al buen Rigo, de Simulador de Vuelo, cobra una nueva dimensión la presencia por todas las latitudes de la capital regia de los mensajes de Acción Poética, proyecto personal del poeta Armando Alanís Pulido.
Cada vez que subo a un taxi en algún lugar de México e intercambio dos palabras con el taxista, indefectiblemente la conversación deriva, por mi acento, al “usted no es de aquí, ¿verdad?”, lo que en ocasiones sienta bien y lo colma a uno de alegría (conservar algo del acento original con el que llegué a Saltillo, difícil por lo pegajoso de la forma de hablar del norte de México), pero también lo deja en otras al borde de una catalepsia crónica al recibir comentarios del tipo “por el acento supe que usted era de Argentina”. El cómo alguien puede no distinguir entre el acento de España y el de Argentina lo dejo para otro día, porque merece post aparte, pero en general suelo encaminar la charla con el “soy de España”, que dicho en voz alta suena mucho menos cañí de lo que se lee aquí escrito. Esta frase, como decía, abre tres posibles caminos para la charla (o plática, como le dicen en México):
1.- “Yo fui a España una vez…”
2.- “Yo tengo un amigo (o familiar) que una vez fue a España…”
3.- “Yo siempre quise ir a España porque…”
Ésta última es, con diferencia, la más jugosa, porque lo que era una charla ya encaminada vuelve a divergir de forma cósmica gracias a los motivos que el taxista explica que tenía para querer ir a España. La mejor historia que he escuchado al respecto fue la de un taxista que estuvo ahorrando diez años para ir a España porque estaba enamorado de Gemma, una de las componentes del grupo Parchís, y al final nunca consiguió ir. Que digo yo que viendo cómo terminaron los de Parchís, mejor que no fuera al final. Así que, un consejo, teniendo en cuenta que en muchas partes de México (inclusive las grandes ciudades) los taxis no suelen usar taxímetro, entablar amena conversación con el conductor es una buena solución para evitar tarifas clavadas como estacas en el pecho al final del trayecto.
Pero vaya por donde vaya la conversación, al final todo se recoloca gracias a la pregunta:
“¿Y de qué parte de España es usted?”
Ahí llega otro problema, porque decir “Cáceres” es tan impersonal como decir “Calasparras del Madroño”, a fin de cuentas, lo que alguien de México que va a España suele conocer son las grandes ciudades, no las llanuras y periferias, y ni siquiera sirve ya decir “Cáceres, Extremadura”, porque no suelen identificar a ésta última (Extremadura) con el lugar de origen de Hernán Cortés y tantos otros que los pasaron a cuchillo cuando estuvieron por las Américas. Nada, nada. Nada de eso sirve, así que tuve que desarrollar una tercera versión de mi lugar de origen, que consiste en decir “a mitad de camino entre Madrid y Lisboa… en el punto medio… ahí está Cáceres”. No es exactamente el punto medio, pero se le parece y así lo entienden, así que todos felices: la inconcreción geográfica como método de autodefensa.
Hay personas que merecen ganarse el cielo por diversos motivos y virtudes. Jesús García-Risco tiene mucho de ambas cosas, pero además tiene una paciencia digna del Santo Job, con la que toleró con estoicismo y grandes dosis de humor el que sólo tardara un año en enviarle la columna que le prometí un día para aparecer en la revista Interactiva Digital, de la que es actualmente el director. Esta es mi primera aportación, “Don Pimpón, el meme”. El mes que viene, más :)
Don Pimpón, el meme
Cierto día en Ciudad de México encontré una taquería de nombre “Naranjito”, cuyo logo consistía en una personalísima interpretación de la mascota de nuestro mundial de fútbol de 1982, aquel celebérrimo personaje que junto con Curro y Cobi conforman la santísima trinidad de horrores en cuanto a teoría de mascotas en España. Aún así, con un océano de por medio, encontrar a Naranjito me pareció una anécdota muy divertida y entrañable, a fin de cuentas uno de mis más preciados tesoros de pequeño era un balón de fútbol muy guay (o guai) con un dibujo de dicho personaje impreso sobre su superficie.
Lo cierto es que nunca supe a ciencia cierta si se escribía “guay” o “guai” la palabra que todos usábamos en los 80 cuando algo estaba muy chulo. Sin embargo, casi cuatro años después de haberme mudado a México, descubro horrorizado el nuevo término que reemplaza a aquella: “sexy”. Lo utilizan los españoles que llegan a la agencia donde trabajo, lo utilizan extranjeros que dejan España y vienen a trabajar a México y hasta algunos amigos españoles con los que aún sigo en contacto por messenger, email o teléfono, y lo que yo pensaba que era la expresión solitaria y excéntrica de un compañero ahora resulta ser un término de moda que parece me he perdido por no estar ya allí.
Y entre eso y que esta semana anduve leyendo sobre la teoría de los memes, pensé que guay (o guai) fue un meme muy interesante que no consiguió sobrevivir a la siguiente generación de los que nacimos en los 70, crecimos en los 80 y entramos a la universidad en los 90, años arriba años abajo. Ya saben, el meme entendido como unidad de conocimiento que se transmite de generación a generación adaptándose, si es necesario, para sobrevivir, pero dependiendo esa adaptación del comportamiento de la persona, lugar o generación donde se adapta, siendo esto último lo que modifica el original. Así es como de una situación concreta (como el lanzamiento de un zapato a Bush, el cabezazo de Zidane o Kanye West interrumpiendo la entrega de un premio en una gala de MTV) se generan cadenas y cadenas de versiones que alargan la vida del momento original, que probablemente estaría perdido en el olvido si simplemente se contara tal y como sucedió una y otra vez.
En mi memoria, el “guay” (o “guai”) encarna una época donde habitan Naranjito, los Hombres G, Sabadabadá, la Bola de Cristal, los Petit Suisse y Barrio Sésamo. Y un poco después, VIP Noche, Twin Peaks, Nirvana, Chiquito de la Calzada y Los Planetas. Casi veinte años después, en una de esas galopadas por el ciberespacio patrio que me doy de vez en cuando, encontré los nuevos anuncios de una cadena de de comida rápida en los que aparece el ínclito Chiquito, y donde se nos aclara que hemos madurado porque ahora nos gusta algo más sofisticado como los nuevos helados que ofrece la marca; en suma, un anuncio deshonesto y excelente para que uno ensaye su cara de “WhatTheFuck”, ya que para mí madurar consiste (quizá) en ya no llorar cuando se muere Chanquete en la enésima repetición de “Verano Azul”: si ya no me río de los “jarenauers” no es porque mi humor se haya refinado sino porque no puedo escuchar esa palabra ni una vez más, por caridad.
Y como, básicamente, los chistes ya me los sé, mi empatía por el anuncio y sus helados es cero, y supongo que el mismo razonamiento puede aplicarse a las generaciones siguientes a la mía, cuando incluso puede darse el caso de que no sepan ni quién es Chiquito ni a qué se dedicaba porque piensan que nunca hubo vida ni humor antes de Joaquín Reyes y Enjuto Mojamuto. En resumen, cero punto de contacto conmigo por saturación y cero punto de contacto con los siguientes por desconocimiento.
Así que comienzo a rogarle a quien sea necesario que la próxima vez que quieran venderme helados, al menos haya algún creativo que, por Dios bendito, modifique el chiste para que éste sobreviva con dignidad, háganlo meme, por favor, que yo o gente más joven podamos tener algún nexo con lo que estamos viendo. Y poco tiempo después llega la salvación para mi teoría y aparecen en pantalla dos vídeos, uno con un fantástico mashup entre Don Pimpón y Daft Punk (con grupo en Facebook incluido):
Y otro que demuestra la sincronía rítmica entre Rick Astley y Nirvana:
Si son coetáneos míos comparen sus sentimientos ante las distintas piezas. Lo maravilloso de estas últimas es la conexión que siento de inicio a fin con ellas, ya que escarban en lo más profundo de mis recuerdos, allá por los 80s, pero los condimentan con una segunda parte que puedo encontrar en mi vida posterior, siendo ese segundo recuerdo el comportamiento que modifica el vídeo original para hacerlo un meme del que poder disfrutar, una sensacional pieza gratuita donde Don Pimpón baila de una forma que ni Michel Gondry hubiera imaginado. ESO sí me habría hecho sentir sofisticado e inteligente, justo la emoción que un creativo buscaba para mí (sin lograrlo) con su anuncio y que terminé hallando en el vídeo de un aficionado con mucho tiempo libre para editar vídeos en su casa.
Al igual que en España también aquí en México existe la llamada “prensa rosa-del corazón”, que esencialmente ejerce la misma labor que allá, apropiarse de rumores generados por famosos de medio pelo en una espiral infinita de cinismo de todas las partes (prensa, “famosos”, lectores que la consumen)