De cuando las fotos reemplazan a los recuerdos

Miguel siempre dice que él no toma fotos en sus viajes, que prefiere quedarse con los recuerdos generados en los mismos porque probablemente esos recuerdos lo son de los momentos por los que el viaje mereció la pena. Algo así. Yo, en cambio, tomo muchas fotos, quizá porque nunca salgo en ellas, y luego suelo subirlas a Flickr, y ahí se quedan como una especie de bibliografía de los kilómetros (aunque cada vez soy más perezoso, lo reconozco).
La foto que abre este post es de la fiesta de cumpleaños de Wolf en 2008, y es justo el momento en el que Erika pisa mi pie derecho con el suyo. Puesto que yo llevaba sandalias y ella zapatos de tacón, la imagen retrata el grito causado por su involuntario pisotón. Y me gusta esta foto, de alguna manera retrata un momento que recuerdo, haciendo coincidentes la realidad sucedida y la realidad retratada.
Asistan ahora, en cambio, a una fiesta, preferentemente en la que haya sobrepoblación de gente rondando la veintena. Comprobarán, como me ocurrió hace unos días, que ya nadie vive la fiesta como tal porque todo lo que esté ocurriendo se interrumpe si aparece una cámara de por medio. En ese momento todo se convierte en una pose, que por lo general es exagerada y climática (tómese como ejemplo la lengua de fuera y la mano haciendo cuernos) y que nada tiene que ver con, por ejemplo, la charla apacible y distendida que esas dos personas mantenían cinco segundos antes.
Por ejemplo, en estas dos fotos donde aparecemos Pit y yo en un concierto en la ciudad de Monterrey, adivinen en menos de cinco segundos qué foto refleja lo que estaba ocurriendo y qué foto refleja lo que querríamos que estuviera ocurriendo:








