México y los Surrealistas Digitales
El mapa digital de México haría las delicias de un surrealista como André Bretón puesto que es un país delirante a ojos de un extranjero. Cualquier persona llegada de fuera que haya vivido aquí aprende a amar México, no por la razón, sino gracias a las situaciones delirantes que el país produce en cualquiera de sus facetas, y más aún si se conocen anécdotas como la que vivió el propio padre del surrealismo en su primera visita a este lugar.
Es un país, además, de contrastes y de dobles sentidos, no en vano una de las formas artísticas más divertidas por estos lares es el denominado arte del albur, del que más le vale a uno alejarse si no se tiene un amplio conocimiento del vocabulario castellano-mexicano, ya que de lo contrario es probable que se termine con la cara sonrojada.
Esos contrastes y dobles sentidos también pueden extraerse de algunas estadísticas del mundo diario en el que nos movemos. Por ejemplo, la población del país es de 100 millones de personas aproximadamente, de las cuales casi 30 millones se conectan con banda ancha a Internet (datos de la COFETEL -Comisión Federal de Telecomunicaciones-) En términos porcentuales, 30% es una cifra muy baja, pero en términos absolutos 30 millones de personas es muchísima gente. Claro que resulta casi pornográfico hablar de cuánta gente se conecta a Internet y el ancho de banda de su conexión cuando el 13% de la población del país vive por debajo del umbral de la pobreza (datos de 2008 de la Secretaría de Desarrollo Social) y casi el 30% percibe de un salario mínimo para satisfacer sus necesidades (datos de 2008 del INEGI -Instituto Nacional de Estadistica y Geografia-) Hace unos días se publicó en el diario Milenio un pequeño resumen de algunos datos de un estudio realizado por CONEVAL (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social), en el que, cito:
“En términos generales, en México hay alrededor de 50 millones de mexicanos con algún grado de pobreza, ya sea alimentaria, de capacidades (que abarca estudio y vestido) y patrimonial (pago de una vivienda y transporte)”
Un dato brutal, que sin embargo contrasta de nuevo con otra estadística, también obtenida de COFETEL en 2009: 74 millones de personas disponen de teléfono móvil (o celular)
Este dato, a su vez, contrasta con el de (no tengo a mano la fuente) que las tarifas de celular en América Latina son probablemente las más caras del mundo, por infraestructuras de acceso así como por los monopolios que, más o menos encubiertos, existen. Y aún si no hay monopolios la variedad de operadores es tan reducida que opciones factibles sólo existen una o dos por país. A precios exorbitados, claro, tanto algunos planes como, sobre todo, el coste por mensaje.
Pero de nuevo, otro contraste, porque pese a esos costes con los que convivimos, otra estadística de COFETEL de 2009 precisa que cada mexicano con teléfono móvil envía durante la semana un promedio de 26 sms y casi la mitad de los mismos (35 millones de personas) ha pagado y descargado contenidos al teléfono (ringtones, imágenes, fondos, etc.)
Como pueden ver, tal como decía al inicio de este post, el mapa digital de México haría las delicias de André Bretón y cualquiera de sus continuadores en el movimiento surrealista, porque todas las situaciones anteriormente citadas existen y le llevan a uno por una realidad similar a viajar en una montaña rusa.
Además, y tal como reconocía Joe Crump, VP de Planning y Estrategia de Razorfish, hace una semana en el evento IAB Conecta 2009, esta es una región extremadamente avanzada en el uso de tecnología: el uso de redes sociales, MSN Messenger o webmail en esta zona es de los más elevados del mundo. Una nota también sacada de COFETEL, un mexicano utiliza generalmente un promedio de 8’8 aplicaciones en su teléfono celular, lo que, siendo el teléfono un artefacto originalmente creado para hablar y enviar y leer mensajes (ahí van tres aplicaciones) dejan al aprendizaje casi otras seis (cámara de fotos, agenda, etc.) y convierte a México en el tercer país/zona del mundo en esta estadística, por detrás de Japón y Europa pero por delante de Estados Unidos, por ejemplo, impresionante, ¿no? Como dice Arturo, un fenómeno que parcialmente nace de la gente que cruzaba a los Estados Unidos y al regresar (por las buenas o por las malas) traía algún regalo de tipo tecnológico.
Razón ésta última por la cual resulta tan extraño el no recordar ni una sola campaña en México (desde que vivo aquí) en la que el teléfono fuera utilizado como método de distribución de un contenido o bien como interfaz para interactuar con otros dispositivos (billboards, paradas de autobús, etc.) excepto la primera temporada de Big Brother, donde el teléfono se utilizaba masivamente para votar en nominaciones, etc. Y es que, generalmente, cuando se propone alguna acción de este tipo suelen ser descartadas porque “la gente eso no lo hace”, como si “la gente” fuera un grupo de gilipollas que no nos entienden porque no están al nivel de la propuesta ¿creativa? que les lanzamos clientes y agencias, en vez de pensar que quizá lo que les proponemos no les interesa lo más mínimo.
En Septiembre de 2007 viajé hasta la Ciudad de México para asistir al segundo de los conciertos que en la ciudad dio Marilyn Manson, que por entonces andaba en la gira de su disco “Eat me, drink me”. Siendo la hora de comienzo las 9pm y llegando a la fila (donde ya había gente) a las 9am, queda claro que tuve tiempo de sobra para reafirmarme en mi teoría sobre los fans más fans. Sucedió que en mitad de la espera y antes de que una torrencial lluvia nos empapara hasta el tuétano, el tipo que estaba a mi izquierda en la cola comentó que la noche anterior había conseguido colocarse en la primera fila y había tomado varias fotos y vídeos del show desde tan privilegiada posición.
Rápidamente, la gente que hacía fila comenzó a arremolinarse en torno a él para comprobar que, efectivamente, en su teléfono guardaba tan preciados tesoros, y entonces alguien gritó “Pásamelo, ¿no wey?”, extrayendo del bolsillo de su negro pantalón un estratosférico Nokia N95 y activando el puerto Bluetooth para que el dueño de las fotos le enviara los materiales de teléfono a teléfono.
Y entonces llegó el clímax, porque no menos de 25 personas sacaron entonces sus respectivos teléfonos y todos comenzaron a compartir las imágenes, siendo la zona una especie de orgía de puertos Bluetooth abiertos para un compartir colectivo, lo que me pareció extremadamente tierno y chingón y me hizo pensar en que claro, si con unas fotos mal tomadas unos fans enloquecen de esa forma, es lógico que con contenidos inéditos de Nine Inch Nails, los fans de la banda enloquezcamos exponencialmente. Eso, y hacer el trayecto Saltillo-DF-Saltillo en autobús, fue lo memorable de ese día, porque el concierto en sí fue una broma de 45 minutos de duración.
Luego llegó la pregunta, ¿de verdad que las agencias y clientes no tenemos nada de interés que ofrecer más que números de teléfono a los que llamar para votar por un tipo cuya vida no nos importa?
De repente, yendo por Ciudad de México veo uno de los GIGANTESCOS anuncios de nuestra campaña para Rexona Invisible y no dejo de pensar si eso es todo lo que podemos hacer con un billboard y que qué divertido sería poder enviarle un mensaje con mi teléfono y recibir algo de vuelta, un juego de Stripes, por ejemplo. Pero claro, eso “la gente no lo hace”, o supongo que yo no soy gente o ¿podría ser que realmente no tengamos ni idea de lo que la gente quiere?





Chingona tu columna… hay muchas cosas mas que se pueden hacer… te cuento que, en las pasadas campañas, nosotros teníamos la intención de enviar por bluethoot el jingle de nuestro candidato a todos los que asistieran a los eventos masivos, y una foto del mismo… maldita influenza, nos hizo cambiar de estrategia y evitar los “eventos masivos”… pero tenemos otras ideas por ahí, esperemos algún día poder platicarlas… saludos…
Bécker García
Sigueee escribiendo dani!….me gusta, hace un tiempo en conocido antro de la ciudad de Hermosillo (el único que hay. jajaja), me toco ir aun evento organizado por modelo light, fuera de la adorable barra libre que había y de que estubiera tocando plastilina mosh, en la invitación te daban una “calca” para tu celular y te invitaban a encender el bluetooh de tu celular para recibir “sorpresas”, al final de la noche sali con 3 usb, creo que dos o tres camisetas y unas cuantas gorras, solo por el hecho te encender el bluetooh de mi celular….acciones tan simples como esas realmente generan ciertaa alegria/satisfaccion/ feliciad y demás aparte de una buena fiestaa!
J
Buen post. Nosotros en la agencia estamos tratando de empujar la publicidad por móvil pero los clientes son renuentes. Puertos bluetooth, códigos bidi, tomar foto en punto de venta al código de barras o algo así del producto para que una aplicación haga el reconocimiento de imágenes y recibas alguna promo o msg y los clientes le rehúyen. En un principio parecieran interesados y acaban perdiendo la fe aún no sé por qué. Te lo explicas cuando comprendes su fe ciega y fanática a la televisión, pero yo creo que poco a poco irán saliendo de la concha o espero que cuando los que están ahora en la universidad totalmente adictos a internet y celular, ocupen las plazas de los vejestorios gerentes de marca que están ahora. claro que puede que eso suceda, cuando en EU, Japón y Europa esa forma de hacer publicidad tenga 7 años de haber pasado de moda y haya nuevos trends sobre los que tengamos que educar.
Saludos.
Chécate esto acerca de tu comentario de la tele y la prensa… fue publicado en la revista etcétera…
3 de julio, 2009
Jeff Jarvis
Los periódicos en 2020
El periodismo es un servicio, un proceso, un principio organizado. Y gracias a la tecnología, es decir, Internet –que muchos creen una amenaza para los periódicos–, este servicio ahora se puede expandir de muchas maneras y convertir en algo nuevo y con un coste más bajo.
Para 2020 deberíamos desear que los periódicos ya no sean únicamente papel, sino miembros valiosos de redes mayores que permitan a sus comunidades recopilar, compartir y dar sentido a las noticias que necesitan.
Así que, con todo el respeto, debo decir que la Asociación Mundial de Periódicos1 hace la pregunta incorrecta (y de paso debería considerar un nuevo nombre): ¿cómo serán los periódicos en 2020? Es más, ¿qué es un periódico? Es lo que deberían preguntarse los jóvenes.
Jeffrey Cole, del Centro para el Futuro Digital de la Escuela Annenberg de la Universidad de Southern California, concluyó en su última investigación sobre el uso de Internet que los que tienen ahora entre 12 y 25 años −y que tendrán entre 25 y 38− en 2020, “nunca leerán un periódico”. Nunca es una palabra muy fuerte. Como bien predijo Phil Meyer en su libro The vanishing newspaper (El periódico que desaparece), si la tendencia actual continúa, el último periódico estadounidense se publicará en 2040. Dejemos que esta palabra también penetre: último.
Así que, por una vez, rompamos la tendencia. Matemos nosotros mismos a los periódicos. Elijan una fecha de un futuro más cercano de lo que creen y desconéctense de la prensa. Y después pregunten: ¿qué es un periódico? ¿Cuál es su valor real? ¿Y cómo ese valor subsiste y crece más allá del papel?
Los productos impresos puede que sobrevivan, y en algunos países hasta seguirán creciendo. Pero yo no sentiría su muerte más allá de que encontremos la manera para que su periodismo subsista y prospere. Porque un periódico no debe definirse a sí mismo por su forma. No es únicamente papel. Su fuerza y valor no reside en controlar el contenido o la distribución. Y proteger esas ventajas menguantes no es una estrategia viable para su crecimiento o supervivencia.
Yo incluso sostengo que un periódico ni siquiera es un producto. El periodismo -como ya se dijo- es un servicio, un proceso, un principio organizado. Así que en vez de preguntar cómo será un periódico, creo que debemos preguntar cómo será la relación entre una organización de noticias y su comunidad.
Imaginen que les piden que predigan el destino de los periódicos de aquí a 13 años. Precisamente fue hace 13 años, el 13 de octubre de 1994, cuando Netscape presentó el navegador comercial. Piensen en todos los cambios que se han producido desde entonces y el paso acelerado de ese cambio ahora. Piensen en el impacto tan perjudicial que ha tenido en muchas industrias, especialmente en la nuestra, y esto sólo irá más rápido. Es de tontos aventurar cómo será la tecnología mañana. Pero no es imposible definir y quizás predecir el campo de acción, la forma y el valor del periodismo en nuestras comunidades, en las que creo que seremos organizadores más que productores.
Recuerdo especialmente un momento de la reunión del Foro Económico Mundial 2007 en Davos. En una sesión del Consejo de Medios Internacional, el director de un influyente periódico suplicó al joven fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, que le aconsejara acerca de cómo su periódico podía crear una comunidad como esa. La conocida y lacónica respuesta de Zuckerberg fue: “No puedes”. Punto final. Después, Zuckerberg explicó que las comunidades ya existen y que hacen lo que quieren hacer, así que la pregunta que deberíamos plantearnos es qué podemos hacer para que lo hagan mejor. La receta de Zuckerberg: démosles “organización elegante”. Es lo que hizo él con Facebook, y Harvard, después, con las comunidades de las universidades y con el mundo. Y cuando se piensa en ello, vemos que es la esencia de lo que el periodismo ha intentado hacer desde su nacimiento: ayudar a organizar el conocimiento de la comunidad para que una sociedad mejor informada pueda lograr las metas que el propio periodismo se propone a sí mismo.
Así que, ¿cómo podemos llevar esto a cabo con las herramientas que tenemos a nuestro alcance?
Primero, debemos garantizar que las organizaciones de noticias sobrevivan, y para hacerlo debemos explotar la eficacia de las herramientas de Internet, que han posibilitado la nueva arquitectura de las noticias en la era del enlace. Éste nos libra de la necesidad de malgastar nuestros cada vez más menguantes recursos en información fácil de conseguir, que la comunidad ya conoce. Ya no tenemos la obligación de recrear la misma noticia que todo el mundo tiene. Podemos enlazarla. Ya no necesitamos hacer todas las cosas para todo el mundo. Podemos enlazar un reportaje que es mejor que lo que nosotros podríamos haber aportado. Ya tampoco necesitamos malgastar recursos en el ego, en que todos tengamos nuestros críticos de televisión o columnistas de golf, en que mandemos uno o demasiados reporteros a la gran historia que está en todas las televisiones sólo para decir que hemos estado allí.
Tenemos que hacer lo que hacemos mejor y enlazar el resto. ¿Y qué es lo que mejor hacemos? Informar, por supuesto. Si creamos un periodismo magnífico y único, el público vendrá a nosotros cuando otras organizaciones de noticias, blogueros, motores de búsqueda y lectores nos enlacen. El enlace es la llave de nuestra supervivencia y prosperidad en el futuro. Así que creo que los periódicos de 2020 necesitarán agregar y que les agreguen. Señalarán a otros que lo hacen bien y se ahorrarán el gasto de hacerlo ellos mismos. Harán lo que mejor sepan hacer y lo que otros enlacen a ellos.
Debemos encontrar también otras herramientas eficaces en la organización. Habiendo puesto en práctica esa hipotética desconexión de nuestra prensa, podemos ahora preguntarnos cuánto ahorraríamos no sólo en papel, tinta, impresión y distribución, sino también en marketing de un producto de pago. La escala de nuestros negocios cambia.
Prácticamente cada semana escucho cómo los ejecutivos de comunicación se preguntan amargamente de qué manera las ganancias de la red apoyarán las organizaciones que tienen ahora. No lo harán. Gestionarán empresas más pequeñas pero más eficientes y quizás más rentables.
Pero se preguntarán cómo se puede sobrevivir en la red con el valor más bajo que tiene la publicidad en Internet. La cruda realidad es que ahora estamos en la época posterior a la escasez en la economía de los medios de comunicación. Los periódicos locales ya no son monopolios y no pueden contar con cobrar las primas que ese control permitía. También los medios de comunicación, incluidos los estatales y de forma especial la televisión, hemos dejado atrás la posibilidad de ofrecer un producto único a los consumidores.
Así que, ¿cómo lograremos ganancias suficientes en el futuro? Considero que necesitamos manejar nuevas redes de publicidad y encontrar y vender lo mejor que existe tanto dentro como fuera de nuestros muros y páginas Web. Y si lo hacemos rápido tendremos algunas ventajas frente al tiempo: primero, tendremos las relaciones y la confianza de los anunciantes; si reunimos las mejores redes, estaremos bien posicionados para venderlas.
Segundo, los anunciantes han sido incluso más tímidos que nosotros en esta era, así que podemos ser sus guías. Si no lo hacemos, podemos estar seguros de que Google lo hará.
Aquí es donde Google es una amenaza para los periódicos: en el objetivo y en la publicidad local. Google no es −repito, no es− una amenaza porque nos enlace a él. De hecho, agregar y enlazar nuestros contenidos es el mejor regalo que Google puede darnos; sin su contribución como nuevo soporte de noticias, los periódicos digitales habrían muerto. Si no podemos ser buscados y enlazados, no nos encontrarán. Los periódicos que están en contra de que Google los agregue son peligrosos, son tontos suicidas.
Agregar no es el tema, sino la publicidad. Google está amasando su fortuna al ofrecer un mejor servicio que nosotros a los anunciantes. Deberíamos seguir su ejemplo y preguntarnos qué haría Google WWGD (en sus siglas en inglés). Pues Google ha creado una red más grande de distribución de publicidad sobre los contenidos que no necesita poseer. Nosotros debe-mos hacer lo mismo.
Predigo que las empresas periodísticas que sobrevivan para 2020 estarán dentro de redes más grandes y eficientes. Colocarán la publicidad no sólo en el contenido que generen, sino en el contenido que otros produzcan, y lo harán en mayor volumen. Esto quiere decir que necesitan animar a otros a elaborar un contenido de mayor calidad. Sostengo que éste es el reto estratégico clave para los periódicos: cómo recopilar más y producir menos, cómo permitir a otros que creen más contenidos para que construyan una red mayor alrededor de ellos. Esto reduce nuestros costes a la vez que aumenta el contenido para nuestras comunidades. También reduce el gasto mientras que se incrementan nuestras posibilidades gananciales.
Así que nos convertimos en redes de contenido y en creadores de contenido. Para 2020, muchas de las coberturas de las noticias no las realizarán trabajadores de nuestras empresas. Muchas de ellas las harán profesionales, gente que convierte el periodismo en una forma de vida. Muchos de ellos serán independientes. Por todo el mundo veo periodistas que dejan sus trabajos y empiezan nuevas empresas periodísticas, y muchos comienzan a tener beneficios económicos. Y también veo recién llegados que montan sus propias empresas.
En la primera semana del curso en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Nueva York, asusté a mis estudiantes, quizá demasiado, al señalarles todos los retos que encara el negocio del periodismo. Un estudiante se sujetó la cabeza con las manos y se lamentó: “He cometido un terrible error”. Pero a la siguiente semana, les saqué del precipicio cuando subrayamos todas las oportunidades que tenemos para reunir y compartir noticias. Los estudiantes comenzaron a apoyar la idea de que les gustaría trabajar de forma independiente, no sólo como freelance sino también como propietarios de su minimedia.
Este otoño, doy clases de periodismo empresarial en las que los estudiantes elaboran planes para nuevos productos y negocios periodísticos que puedan sostenerse. Por tanto, algunos periodistas serán empleados; otros, agentes independientes. Y, sí, algunos recopiladores de noticias serán amateurs: blogueros, vlogeros y lo que sea que venga después. Cuanto más podamos fomentar esto, mejor nos irá. Entonces, ¿por qué no entregar grabadoras para permitir a los ciudadanos que difundan (más que crear un podcast) las reuniones de sus gobiernos locales? Organicemos nuestras comunidades para recoger la información que una redacción no puede recopilar por sí misma (véase el experimento de Jay Rosen, NewAssigment.net, sobre la información creada por múltiples fuentes). Ya lo hemos visto en marcha en Bild, con sus miles de ciudadanos reporteros, armados de móviles con cámara.
Pero hay otras capas de información que no forman parte del reporterismo clásico: bases de datos de delitos o las notas de los exámenes del colegio; comunidades de críticos que se ayudan unos a otros a encontrar las películas que quieren ver; padres que comparten resultados y fotos y videos de competiciones deportivas; negocios locales que crean ricos directorios; ciudadanos que marcan en mapas los puntos donde las calles se han inundado y así, uno tras otro.
En 2020, me imagino que habrá una red más numerosa de gente que informará, y el valor que nosotros añadimos es organizarles y permitirles el trabajo: promovemos sus contenidos y vendemos publicidad en ellos. Los educamos (y ellos a nosotros). Moderamos el debate. Encontramos a los mejores y más fiables practicantes. Y, por supuesto, añadimos periodismo, unido al reporterismo, a la investigación y a la edición que siempre necesitaremos. Cuanto más incrementemos el valor de la red, más crecerá el valor de sus miembros.
Recopilamos noticias de nuevas formas y las compartimos de nuevas maneras. Nos convertiremos en omnimedia, y al final seremos capaces de elegir el mejor medio para contar y enseñar historias. Pero detrás hay un cambio más fundamental y perjudicial: los medios se están atomizando, están hiperdistribuidos, se están convirtiendo en herramientas, en bases de datos, en archivos API y en enlaces.
Preguntemos otra vez: ¿qué haría Google? Éste no depende de que nosotros acudamos a Google.com. Google viene a nosotros. La publicidad de Google en mi blog me hace parte de su red, y difundo Google cada vez que coloco en mi página un video de YouTube o un mapa de Google. Las ideas de la página y del sitio Web se empiezan a colapsar.
Ésta es la razón por la que Nielsen dejó de contar en Estados Unidos las visitas a las páginas, porque cada una puede ser infinitamente profunda, pues su contenido se renueva constantemente. Cada contenido se puede convertir en una herramienta que se muestra en cualquier lugar. Éste es el futuro de la distribución.
Hace unas semanas comí con el director de un periódico y con mi hijo de 15 años, webmaster y programador de Facebook. El director rechazaba el valor de Digg, el útil servicio Web de intercambio de contenidos. Pero en ese momento resulta que mi hijo, aburrido de la conversación, estaba consultando Digg en su iPhone (comprado con los frutos de su trabajo como programador en Facebook). Explicó al director que si quiere leer una página nunca acude a ella directamente −ni siquiera a las grandes páginas de noticias, ni a los blogs (ni al de su padre). Lo que lee −y aquí están las buenas noticias: lee mucho− lo localiza a través de los enlaces de sus colegas. Debemos situarnos por tanto donde él está. Tenemos que estar hiperdistribuidos.
Por tanto, la arquitectura de las noticias y de los medios está cambiando tanto que es demasiado compleja, y hay que tener una mentalidad bloguera para poder predecir qué ocurrirá.
¿Quién es el mejor para llevarnos hasta allí? Ninguna regla dice quiénes serán los beneficiados: los periódicos de hoy. Si estos productos, marcas y compañías quieren sobrevivir en los próximos 13 años, deben renovarse hoy, llevando −no siguiendo− a sus lectores y anunciantes a un nuevo universo. Deben repensar y reinventar su servicios −y el propio periodismo− para explotar su nueva arquitectura de medios y noticias. Su ventaja nace del control que tienen sobre el contenido, y la distribución tendrá cada vez menos sentido. Sus negocios pierden valor a medida que baja la tirada y la publicidad. Sus medios pierden valor a medida que disminuye la confianza (un estudio reciente de Pew dice que 53% de los americanos cree que en muchas ocasiones los reportajes no son precisos).
Los nuevos competidores tienen la ventaja de trabajar con más destreza, sin la carga de una infraestructura y con un entendimiento −no temor− más entusiasta de las nuevas oportunidades que ofrece la tecnología.
Tristemente, no veo la suficiente innovación en las compañías ya establecidas; sigo escuchando estrategias de defensa y protección contra el cambio en vez de apoyarlo. Pero necesariamente no tiene que ser la tendencia. Los estudiantes a los que enseño piensan de forma independiente y con imaginación. Es lo que me da esperanza. Deben repensar su papel en una nueva arquitectura de la red de noticias. No sólo deben informar −algo que tienen que hacer−, sino también permitir al público que recopile y comparta noticias. Necesitan incorporar el rol de una comunidad de organizadores, moderadores y educadores.
Para 2020, soy firmemente optimista en que tendremos más periodismo: más información y apertura, más eficacia en la industria, aventuras periodísticas más sostenibles. No lo tendremos si mantenemos la idea de que las noticias le pueden o deben pertenecer a una organización o si nos definimos a nosotros mismos por un único medio. Los periódicos sólo sobrevivirán y prosperarán si se unen a una red de noticias mayor y más abierta.