Desparramado e interactivo, capítulo 7
En Noviembre fui a España a visitar a mi familia, por lo que me autoinfligí una buena dosis de aeropuertos en el cuerpo. Ese es el tema de mi columna (“Aeropuertos: esquizofrenia socialmente aceptada”) de Diciembre para Interactiva Digital:

Aeropuertos: esquizofrenia socialmente aceptada
Llegué como siempre a Barajas, después de un vuelo cruzando el Atlántico para visitar a mi familia. Llegué, y la gente estaba sensible, porque dicen que la crisis pega duro, aunque luego todo, todo, está lleno de gente, sensibles porque están en crisis o en crisis porque están sensibles, no se sabe bien. Esperando a embarcar a Barcelona me di cuenta de que en el aeropuerto y sus cercanías la gente no está sensible ni en crisis, sino loca, en una transformación muy divertida si se ve en tercera persona y divertida con suspiros si se ve (y padece) en primera persona y con buen humor; la culpa de todo la tienen los aeropuertos, que pone turulatos a los que los pisamos para viajar, nos obligan a vivir durante unas horas en un mundo paralelo muy peculiar y conocido: en plena espera en la T4 descubrí que el aeropuerto era una versión real y a escala de vivir en Internet, una esquizofrenia socialmente aceptada.
Por ejemplo, el traslado de la T2 a la T4 en Barajas, un viaje en autobús que te deja más jetlag que cruzar el Atlántico, es como esos sitios con loadings eternos a los que no le importa el ancho de banda de donde se publican. Uno lleva libros para la espera como quien guarda enlaces en Delicious para verlos otro día.
Me encontré con el tenista Feliciano López, que no hablaba con nadie y era como ese famoso con cuenta de Twitter, con muchos seguidores pero sin seguir a nadie. Hay comunidades de usuarios, por ejemplo los que fuman en jaulas de cristal, e incluso friend requests, como cuando te pones a hablar con alguien mientras te quitas los zapatos en el arco detector de metales, por la solidaridad anti-quitarte-zapatos, que sería nuestro Fan Page. Quisimos ser Alicia, pero no hay manera de vivir magia si me piden el pasaporte hasta para pasar por la puerta del conejo.
Y yo con mi iPod y su música a toda pastilla, pero cada dos por tres (canciones) me lo tenía que quitar porque sonaba un aviso de megafonía muy idiota que decía que no se anunciarían vuelos por megafonía, algo así como la publicidad de Spotify. Cuando accedía a tiendas de duty-free un tipo quería venderme perfume a toda costa, un hombre-banner con patas, pero yo sólo quería un cargador para el iPod, así que le hice click, perdón, pregunté, a otro dependiente, que no supo responderme lo que le preguntaba mientras mostraba un error 404 en sus ojos.
Ya en pleno trance, pensé que dejarle tu maleta a la compañía aérea es como darle tus datos, así que si te roban cosas en realidad no es robo sino phishing. Los controles en los que te piden tu billete e identificación cada cincuenta metros son como esos sitios con formularios eternos que piden datos que no se sabe quién utiliza pero que cómo joden. Gracias a estos formularios, perdón controles, uno elimina su intención de cometer cualquier acto vandálico, por pura desmoralización: “venía a delinquir pero ya no tengo ganas, me voy al avión, ¿a dónde va el vuelo, por cierto?”. Las cintas transportadoras, en cambio, son torrents, y recoger las maletas, donde van pedacitos de nuestra vida, es conseguir los fragmentos del archivo que queremos.
Hay multitud de personas de multitud de razas que hablan multitud de idiomas, y algunas de esas personas son las que te ayudan en Yahoo! Answers (ese taxista que te cuenta su vida por ayudar) o los famosos trolls que en todas partes hay (ese taxista que se enfada contigo porque dice que el trayecto que le pides es muy corto)
Al final acabé en el sitio web de la marca, perdón, en el avión de la compañía aérea, donde una marca, perdón, azafata, muy hermosa pero más borde que la madre que la parió, me reclamó que apagara mi iPod ya apagado porque aún tenía los auriculares en los oídos: debe pensar que los iPods se encienden vía orejil. Me molesté, con lo que cuesta conectarse a Internet, perdón, pagar un vuelo y llegar al asiento del avión, lo menos que pueden hacer es tratarle bien a uno, cualquier otra cosa es sinónimo de no volver a subir a un avión de esa compañía, o ya no sé si hablaba de no volver a querer saber nada de esa marca.
Leí recientemente que alguien decía que la publicidad de hoy era la misma de siempre pero en distinto sitio. Pero yo creo que no es igual, viajar en tren (hacer radio), o viajar en coche (hacer teles) evoca una época menos compleja. La de viajar en avión también lo fue, hasta que un día, tras el primer click, perdón, tras el 11-S, cambió para siempre. Reunirme con mi familia sí merece la pena todo este desvarío, ir a visitar a una marca, no. Así que más les vale que me adornen el camino con sonrisas y caramelo.
Ahora que lo pienso, en mi esquizofrenia selectiva me dejé llevar y quizá el aeropuerto no era Internet porque no encontré porno gratis por ningún sitio. Pero no me hagan mucho caso, quizá he pasado demasiado tiempo en aeropuertos últimamente.





