Naoki y el corazón con cables
Estoy aturdido.
¿Alguna vez han tenido la sensación de que echan de menos un sitio aunque nunca hayan estado en él? A mí me pasa, con Buenos Aires sobre todo. Pero como soy un geek de cuidado, también me ocurre con Tokyo. Claro, ayuda la imaginería que uno crea en su mente tras el retrato construido durante años por diversas películas ambientadas en la ciudad (Babel o Lost in translation) o fuera de ella (el Los Ángeles de Blade Runner)
Desbordados de capacidad tecnológica, no consigo concebir el ritmo al que consume información la gente que vive allí, pero me hace pensar en cómo utilizan su tecnología. De hecho creo que la tecnología es para ellos tan cotidiana como para nosotros un lápiz o un muñeco de Benito Bodoque sobre mi escritorio, cotidiano y obsoleto. Todo lo contrario que nosotros, occidentales, que nos encontramos en un proceso de adopción sumamente estúpido y necesario, investigando, descubriendo y utilizando, aunque en muchos casos aún no sabemos para qué. Me da miedo algo como lo que se muestra en estos vídeos:
¿Es útil algo así? ¿O pura presunción tecnológica? ¿O inocencia de descubridor en la búsqueda de algo realmente útil? Me da miedo una realidad así, con esteroides, en la que nosotros somos dependientes de la tecnología en vez de que ésta última esté a nuestro servicio, y en suma nos siento deshumanizados y cada vez un poco más y más, yo el primero.
Entonces llega Naoki, desde Tokyo, para dar una charla en Ciudad de México y luego pasar por nuestra oficina en Saltillo a contarnos lo que hace y por qué lo hace, y caen los proyectos en la pantalla como martillazos: Nike: Cosplay, Sagami: Love & Distance, Nikon: Helicopter Boyz, Uniqlo: March. Mi favorito, la campaña de Rec You, para Sony Walkman. No sé si por lo solemne del Requiem de Verdi que suena cada vez que alguien sube su fotografía y un ordenador genera una versión computerizada de uno, con un walkman Sony agregado en la solapa, pero empiezo a sentirme aturdido ante la contundencia de los proyectos mostrados, juntos y por separado. Una especie de síndrome de Stendhal digital, salvando las distancias, porque si bien los proyectos ya los conocía, saber el trasfondo de por qué cada uno es como es le añade una nueva capa de información a lo que todo el mundo ya conoce.
