Chatarra en las calles

Uno de los posts más visitados de este blog fue aquel en el enlazábamos un documental sobre la obsolescencia programada, esa fecha de caducidad con la que se fabrican algunos productos de consumo, con el objeto de que se estropeen y debamos comprar nuevas versiones de los mismos.

Este post parece que tratará justamente de lo contrario, de productos que caducan pero que nunca son retirados de circulación aunque la utilidad con la que fueron contruidos sea ya cosa del pasado. Pero empezaré por el principio, por los reloj-termómetro.

Los reloj-termómetro eran una suerte de aparatos que comenzaron a proliferar por las calles en España a mediados de los años 80, que alternaban (cada 15-20 segundos) la hora del día con la temperatura del lugar. Junto al display numérico que mostraba la información existía una zona que se vendía como espacio publicitario, así que estos relojes, aparte de dar información horaria o climática servían como vehículo de promoción para, sobre todo, los negocios locales que en ellos se anunciaban. Con el tiempo, otros establecimientos (principalmente las farmacias) agregaron también a sus los letreros esta funcionalidad de hora/grados.

Claro, hablo de mediados de los años 80, donde para saber acerca de la temperatura del día y de fechas venideras había que mirar un periódico o ver el reporte meteorológico en los espacios de noticias en televisión. 25 años más tarde, cuando quieres saber la temperatura acudes a un recurso como éste:

Zamora (España), tierra de leyendas, del Río Duero, y donde hace un frío que pela, es el lugar de origen de gran parte de mi familia materna, así que cada vez que voy a España suelo pasar algunos días allí. Estas Navidades no fueron una excepción, así que en uno de esos paseos me di a la tarea de contar cuántos relojes-termómetro podía llegar a encontrarse, tomando algunas fotos de los mismos:

Sólo publico cuatro de las aproximadamente treinta que tomé. Treinta relojes-termómetro en un tramo no tan extenso (Zamora tiene unos 65 mil habitantes) me deja descolocado, teniendo en cuenta que todos mostraban (más o menos) la misma información. Al final del trayecto, sin embargo, me topé con este pobre reloj-termómetro, que fue el que dio pie a este post:

Estropeado y abandonado, y mirando la vida pasar únicamente porque alguien compró el espacio publicitario que había sobre el display. Y pensé que qué jodido tiene que ser reencarnarse en un reloj-termómetro al que nadie necesita (aunque funcione) porque todo el mundo tiene esa información en otros sitios (teléfonos, coches, etc.), al punto de que a nadie le importa un bledo si haces tu función o no, terminando como chatarra en medio de la calle.

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Daniel Granatta

Waiting for the robot takeover. I rewire people. I run a VR company.

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