Historia de una periodista en una agencia de publicidad

Kenia en Flock

Hace poco más de tres meses estaba en la sala de un cine al sur de la ciudad cuando la pantalla de mi iPhone se encendió “He de contarte cosas”, me escribió Dan. Un par de semanas más tarde renuncié a la industria por la que vivo desde hace más de 5 años: la editorial. Abandoné mis planes de convertirme en una exitosa editora de una revista de estilo de vida, para poder ser Brand Editor de Flock, una agencia de publicidad que sabía lo estaba cambiando todo en el mundo de las marcas.

La primera vez que vi a Dan, fue en una librería de la colonia Roma, llevaba una camiseta blanca que resaltaba todavía más sus tatuajes. Después, cuando lo escuché, no pude ni siquiera pensar. Dan es esa clase de persona con la capacidad de cambiarte el día con una sola frase, un tweet, un comentario o un mensaje de texto.

Por eso y más, cuando me ofreció unirme a las filas de Flock, aunque lo pensé durante días, sabía que mi destino no me perdonaría otra respuesta más que darle un rotundo “sí”. Era de madrugada cuando me levanté de la cama, repasé mi historia editorial, tomé el teléfono y le escribí a Dan: “Acabo de entenderlo todo, ya sé por qué quieres una periodista en una agencia de publicidad. Sí. Acepto”.

Hace unos días me llamaron al departamento de RRHH de la agencia, para conocer lo que Sebastián Tonda, mi CEO, había decidido sobre mi evaluación a tres meses, hubo un momento en el que simulé escuchaba, en realidad estaba repasando en mente estas 12 semanas de haber dado un salto gigantesco hacia la industria que se enfoca en vender hasta su alma al diablo.

Durante tres meses viviendo en esta casa morada llamada Flock, he conocido el verdadero significado de la palabra “puta”. Hay noches en que los publicistas, mientras platican sobres cosas casi extraterrestres como “briefs”, terminan por dar una última fumada a un cigarro, o un sorbo a un café frío y concluyen “Somos unas putas”.

La primera semana pensé que hablaban de una afición oculta por dar rondas nocturnas en Medellín o Tlalpan, o bien, gustaban de leer mucho a García Márquez. Sin embargo, bastaron unos cuantos días más para entender su lenguaje, justo cuando uno de los flockers me contó de una nueva idea que tenía nuestra agencia. Esa ocurrencia puede –sin dudarlo– modificar por completo la brecha digital en México.

Sin embargo, no se vendió. Las marcas no la compraron. Ese día, el significado de “Somos unas putas” tuvo sentido.

¿Se acuerdan cuando éramos periodistas? Yo tampoco

Flock es su talento. Una casa morada en una de las colonias más pretenciosas de la ciudad de México alberga a algunas de las mejores mentes de la industria publicitaria y tecnológica del país. Hace tres meses dejé de escribir, no porque mi hoja en blanco se volviera esquizofrénica, sino porque Flock es ese espacio donde mientras en el primer piso encuentras a storytellers, en el segundo se han construido drones y en la terraza compartes con data scientists.

No recuerdo cuándo fue mi última visita a una editorial, cuándo cobré mi último reportaje de 8 páginas o cuándo escribí mi última letra. Una periodista que vive de las palabras ha olvidado su última sílaba. Mi memoria sólo resguardó que, por ejemplo, a un mes de haber empezado en Flock, encontré a Jordi Muñoz, co-fundador de 3D Robotics (la empresa de drones que lidera con el famoso Chris Anderson) en un evento de emprendedores.

A los 30 minutos de contarle a Jordi lo que es Flock -sin meditarlo- lo invité a la agencia, nos subimos a un taxi, media hora después bebíamos cerveza. Ese día, cuando volví a casa comprendí que, en la publicidad puedo –en lugar de escribir sobre Jordi Muñoz como una de las mentes tecnológicas más importantes del país– pasar una tarde con él hablando de drones.

La industria publicitaria no es la coqueta e inimaginable industria editorial, la industria publicitaria es una queja constante por el cómo se venden, ofertan y compran las marcas; pero al mismo tiempo es esa hoja en blanco en donde las historias que solía sólo escribir, puedo vivirlas.

La diferencia. La industria editorial no es una fácil

Cuando parece que llevas una eternidad en la industria editorial, das por hecho que conoces a la perfección los caprichos y peticiones de corrección de los editores. También sabes que después de tanto tiempo, puedes darte el lujo de escribir sobre lo que se te antoje.

Sin embargo, en la publicidad no es así, en la agencia descubrí que cada decisión, caracter o idea tiene que pasar por filtros. La publicidad me ha enseñado que no importa si tienes una buena idea, si para alguien más esa “perspicaz propuesta” es una barbaridad que podría alterar el orden cósmico y hacer que la tierra explote en dos mil millones de partículas, entonces tu idea no debe ver la luz nunca.

En cambio, cuando hacía revistas, cada idea, mala o buena, podía escribirse, y la única consecuencia sería que el lector –esta vez– no me enviara un correo para agradecer que aquel párrafo le hizo entenderlo todo.

Incluso los editores pueden ser en ocasiones unos bastardos, la editorial y los textos pueden pasearse por las noches, pero nunca tuve la dicha de verlos con minifalda y tacones rojos a media madrugada.

El Juan Villoro de la publicidad

Hace más de dos años en una charla con Juan Villoro reafirmé por qué escribo. Le pregunté a nuestro famoso escritor mexicano cuál era la razón de su pasión y dedicación a la escritura, “Porque puedo ser lo que nunca pude –me dijo–, por ejemplo, futbolista”.

Hace tres semanas estaba en un pub en Irlanda, con una pinta de Guinness en una mano y escuchando ‘Common People’ de Pulp mientras disfrutaba de un irlandés, cuando caí en la cuenta que tenía que regresar a México. Miré por la ventana que daba a la medianoche de la hermosa zona del Temple Bar en Dublín, entre las luces que adornaban y los alemanes ebrios que entonaban himnos como si de pronto se hubieran convertido en campeones del mundo, miré a Dan en mi cabeza.

Tenía la posibilidad de no volver de Neverland (como nombré a Dublín) hasta 2014, pero recordé, no a mi madre, ni a mis amigos, mucho menos mi cuenta bancaria en México. Recordé aquella noche en la sala de un cine al sur de la ciudad, cuando Dan me invitó a ser la ‘cuenta historias’ de Flock. Recordé que debía volver porque escribimos para ser lo que queremos. En esta industria donde las putas son tan atractivas como creativas, elegí ser ‘periopublicista’, una ‘cuenta cuentos’ de la publicidad mexicana.

7 thoughts on “Historia de una periodista en una agencia de publicidad”

  1. Disfrútalo mucho Kenia, el entusiasmo es casi lo único que cuenta. Casualmente yo voy de regreso y lo estoy haciendo con la misma felicidad que tú.
    Saludos al yollega, que me conoció en la etapa más jodida y olvidable de mi derrotero publicitario.

  2. Una cuanta cuentos de la publicidad jajaja. No podemos negar que la vida publicitaria despierta nuestros más grandes deseos, miedos, perversiones, fantasías. No nos vendemos no por dinero, ni por fama. Si no por el placer de manipular e intentar hacer la diferencia ante una sociedad que aun no se permite mirar sobre sus hombros y dejar de ver sus sombras.
    Gracias por la pequeña historia que me recuerda el porque e cambiado parte de mi vida social por el placer de la vida de una puta.

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