Agencias que compran agencias digitales

Hace unas semanas escribí un post en Facebook al respecto de las agencias de publicidad que compran agencias de publicidad digital. Nótese que estoy usando muchas palabras para describir a cada compañía, pero hoy en día el panorama es tan confuso y enrevesado que sólo las palabras (a veces ni eso) pueden ayudarnos a no caer en malos entendidos.

Sea como sea, quería darle contexto a dicho posteo. Y por ello esta publicación.

Ceros y Unos

Empecemos por el principio
Desde que regresé de Miami he aprovechado para reencontrarme con mucha gente a la que hace tiempo que no veía. En uno de esos encuentros, desayuno de por medio, el amigo al que vi ese día me inquirió:
“¿Sabes que la nombre_de_agencia_1 va a comprar a nombre_de_agencia_2 para que sea su agencia digital?”

Imaginen que se congela la imagen.
Imaginen que se escucha el sonido de un disco rayado.
Imaginen una voz en off que dice: “Quizá se preguntarán cómo he llegado hasta aquí.”

El antecedente
No mucha gente lo sabe, pero el motivo de que yo llegara a vivir a México fue una llamada telefónica de Miguel Calderón, una noche de Mayo de 2005. En nuestra conversación, Miguel me contó que una agencia multinacional de publicidad iba a comprar Grupo W (de la que Miguel era co-fundador), para que operara como “el brazo digital” (whatever that means) de la agencia compradora. Y que si quería unirme a ellos en la aventura.

Dicha adquisición, por motivos que no vienen al caso, nunca se produjo. Pero no importó. En 2006 desembarqué en Saltillo (Coahuila) para descubrir en México una segunda patria para mí.

Mayo de 2005, les digo.
No puede ser cierto que en 2016 haya compañías que pretendan subirse al “futuro” de la misma forma a como se intentaba hacer hace once años.
¿O sí?

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Ideas open-source: el Uno y Uno

Uno y uno

En las ciudades de México que no son las tres grandes capitales (a saber, Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey) existe una idea open-source fantástica que todo el mundo entiende y utiliza para hacerse la vida más fácil: el Uno y Uno.

El Uno y Uno consiste en que, en cada cruce de dos calles, cada coche que llega a la intersección cede el paso al coche que viene en el otro sentido, para luego avanzar haciendo uso de su turno, mientras el coche en el otro sentido le cede el paso a él, y así sucesivamente.

Es una idea ya adoptada que sirve para engrasar el tráfico y funciona como cultura general. Pasa de padres a hijos y de locales a forasteros. A nadie se le ocurre saltarse un Uno y Uno porque te puedes llevar insultos hasta para el último miembro de tu familia, o (peor aún) causar un accidente.

A mí me encanta el Uno y Uno porque es una idea open-source, una idea que depende de que la gente la adopte y la utilice. Es un patrón de idea de la que en publicidad también se pueden ver ejemplos, como la maravillosa “The Empty Project”:

Este tipo de ideas open-source son probablemente a las que se refería Nicko cuando se preguntaba, en sus criterios para juzgar una idea, si la misma “podría ser una idea de todos”.

Una idea open-source también funciona como un interfaz: no le cuenta una historia a la gente, sino que la habilita para que la historia la desarrollen ellos.


Aun así, en esta época de plataformas sociales, las marcas siguen hablando mucho y dejando poco espacio a los demás. Asfixian. ¡Comparte! ¡Twittea! ¡Danos Like! ¡Sube tu vídeo!

Es más, cuando piensan en sus usuarios, las marcas aún piensan en función de lo que los usuarios pueden hacer por ellas, como esas dinámicas de User-Generated-Content que lanzan de cuando en cuando: “Danos tu tiempo y contenido para ganar esta promoción.”
Meh.

Pero no tendrían por qué ser así. Aún quedan muchas ideas por descubrir que dejen espacio a sus usuarios para respirar. Es más, que se nutran de la respiración de todos los que las usan. Como el Uno y Uno.

Latinoamérica y el “growth hacking” de Uber

El pasado viernes Roberto me compartió esta imagen, donde un usuario de Twitter se muestra sorprendido por cómo los conductores de Uber se ponen de acuerdo para “engañar” a la plataforma y su algoritmo, y así poder “activar” el modo de tarifas dinámicas, en el cual los precios suben porque no hay suficientes coches para atender la demanda generada por los usuarios:

Uber hacking

A mí (y seguro a cualquiera que viva en un país latinoamericano) no me pilló de sorpresa, porque eso es algo que ya llevan tiempo haciendo los conductores de Uber en la Ciudad de México, especialmente desde que se activó la opción de UberPOOL (donde compartes viaje y ruta con otros pasajeros). Puesto que en este tipo de viajes los conductores obtienen mucha menos ganancia que en un viaje individual, parece ser que se las ingenian de todas las formas posibles para compensar. Son tantas las historias al respecto, que uno ya no sabe si estos “métodos-hackeo” son realidad o leyenda urbana, como por ejemplo envolver el teléfono en papel aluminio para desconectarse.

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La inmersión en otros mundos

Hay abuelas disfrutando el hacer un recorrido en rollercoaster en un headset de VR:

Y hay otras abuelas que pasan un mal rato al visitar “Jurassic Park” en un headset de VR:

De ambas dos me llama la atención que, incluso en el momento más álgido de la experiencia, ninguna decide librarse de lo que las tiene al borde del colapso quitándose el headset de la cabeza. Ambas siguen inmersas en el mundo virtual.
Boom.

Me hace preguntarme qué pasaría si la experiencia fuera placentera en vez de estresante; no sé si alguien querría regresar al mundo real. Porque recuerden, no todas las experiencias de VR tienen por qué ser del tipo “adrenalínico”.

Dentro de veinticuatro años

Jonathan Banks, de Gremlins a Breaking Bad

Está uno viendo “Gremlins” y se topa con Jonathan Banks, veinticuatro años antes de interpretar a Mike Ehrmantraut en “Breaking Bad” (y “Better Call Saul”).

O sea, que no importa lo que estés haciendo ahora, puede que dentro de veinticuatro años estés siendo parte de un proyecto que haga historia.

O, como diría Miles Davis:

“Man, sometimes it takes you a long time to sound like yourself.”


El secreto ha de ser no dejar de insistir durante esos veinticuatro años. Y probablemente los diez anteriores 🙂

Punto para mi autocorrector

Autocorrector now

Si me siguen en redes sociales (sobre todo en Twitter), ya se habrán percatado de que el autocorrector de mi teléfono suele jugarme malas pasadas, así que decidí hacer un compendio de todos esos disparates (o no) en este documento de Google Docs (estoy cansado de abrir blogs en Tumblr):
https://docs.google.com/document/d/1RWQmisJuPcaj9GsQpOij4UKcB-kuu4J8gaSiCs1kD2E/edit?usp=sharing

No sé si mi teléfono es más inteligente que yo, pero desde luego es mucho más divertido.

La narrativa del problema

Laberinto

Me pasó recientemente.
Los técnicos de la compañía responsable de instalar el servicio de Internet en mi casa llegaron y anduvieron trasteando un rato con el módem y los cables, antes de marcharse sin terminar la instalación por no-sé-qué problema con el abastecimiento del servicio en el edificio donde vivo. Regresaron al día siguiente con la (probable) solución, pero no funcionó. Se volvieron a marchar. Y a partir de entonces entré en una especie de bucle donde yo tenía que llamar al Servicio a Cliente de la compañía, contarles el status de mi instalación y agendar una nueva cita para que los técnicos volvieran a visitarme.

Esta rutina, digna de Día de la Marmota se repitió durante ocho días (laborales) consecutivos. “Hoy sí… ah, no, perdón”. Y cada uno de los días me daban una explicación distinta del motivo concreto por el que mi conexión a Internet tampoco quedaría instalada en ese momento.

Pasa al instalar un servicio de Internet en un domicilio. Pero también pasa cuando un banco te desaparece dinero que tienes en tu cuenta o te causa problemas con tus tarjetas de crédito sin tener aparentemente un motivo. O cuando una aerolínea retrasa un vuelo o te pierde las maletas.

En esos momentos, en que como usuario te sientes a la deriva sin saber muy bien qué hacer, todas estas compañías entran en un modo que podríamos denominar (props a Gonzalo Alonso) “la narrativa del problema”.

“La narrativa del problema” es ese bucle que se genera en el espacio-tiempo en el que, ante un problema con un servicio o producto de una marca, ésta dedica todo el tiempo a explicarte por qué se produjo el problema, en vez de informarte debidamente de los pasos a seguir para solucionarlo.

Esta “narrativa” se agrava, además, porque cada vez que contactas con alguien de la marca para saber el estado de tu reclamación te toca hablar con un nuevo interlocutor, que en muchos casos desconoce los detalles del problema que ya le contaste al interlocutor anterior. Así que re-narras lo sucedido para que ese nuevo interlocutor se entere, lo cual te hace revivir el problema y volver a enfadarte por lo sucedido, por tercera, cuarta o décima vez. Cuánta bilis.

Un usuario (pasada la rabia y confusión del momento) puede llegar a entender que estas cosas pasan. Porque shit happens, porque todos cometemos errores, etc. Pero también espera que, una vez “reportado” uno de estos problemas, todos los implicados entren en “modo solución” en vez de en “modo excusa”.

A veces pareciera que “la narrativa del problema” es una actitud voluntaria de las marcas para intentar cansar a sus usuarios, hasta que se den por vencidos y dejen de reclamar. Hay que ser muy tenaz y fuerte de voluntad y espíritu para llegar hasta el fondo del problema en que te metió esa marca, y encontrar así la solución al mismo.

Yo, sin embargo, creo que la gran mayoría de las marcas no activan su “narrativa del problema” por mala fe, sino simplemente por incapacidad, estupidez y falta de empatía. Factores meramente humanos, porque ya saben que las marcas piensan desde la oferta en vez de desde la demanda.

Sea como sea, esta “narrativa” es una gran contradicción para esas marcas que luego se preocupan por conseguir Likes en sus redes sociales o buscan maximizar sus métricas al lanzar una nueva campaña. No hay presupuesto de publicidad o marketing que pueda contrarrestar los devastadores efectos que causa “la narrativa del problema”.

No se escribe para tener razón

Hoja en blanco

Últimamente ando muy prolífico en las publicaciones en este blog. La (desafortunada) época en la que apenas pasé por aquí porque no tenía nada que contar parece haber quedado felizmente atrás.

Tanta prolificidad ha traído en consecuencia un fenómeno curioso. Por cada post, siempre surgen (uno o varios) comentarios (en este mismo lugar o en algunas de las redes sociales donde promuevo cada uno de los posteos) donde el comentarista habla de un caso muy concreto y específico por el cual el texto que escribí es fallido.

A veces tienen razón. Otras, honestamente, no entendieron nada de lo que dije.

Por eso, en este punto, me parece importante realizar una puntualización: Lo que en este blog se escribe no es un compendio de teorías pulidas e irrechazables. Son justo todo lo contrario, una invitación a opinar, a compartir, a explorar, para descubrir si la teoría (si es que podemos denominarla así) merece la pena o si es un simple pensamiento que ha de ser desechado.

Así, cada post de este blog es una suerte de canvas en blanco que inicia una charla sobre aquello de lo que en ese momento se escriba: las marcas interfaz, la ciudadanía como servicio, las mujeres y la agencia del futuro, etc.

Señalar para desechar es fácil, cualquiera puede hacerlo.
Lo malo es que entonces todo sigue exactamente igual.

Y es por eso por lo que uno escribe.
Uno no escribe para tener razón.
Uno escribe para salir del lugar en el que está.

Entrevistado Pokémon, capítulo 30

De Pokémon Go podemos aprender muchas cosas, como, por ejemplo, que necesitas WiFi en tu negocio para que la gente quiera entrar. También, que es un buen termómetro para saber en qué estado se encuentra nuestra tolerancia. De algo por el estilo escribí un post en mi cuenta de Facebook y la gente lo compartió tanto que (no sé muy bien cómo) terminé entrevistado por Marialí Bofill en La Segunda, un periódico de Chile (click sobre la imagen para agrandar)

Entrevista Daniel en La Segunda (Chile)

Aquí la versión online del mismo texto.

La ciudadanía como servicio

Pasaporte de España

Como decía Bunbury, “donde quiera que voy, me llaman el extranjero”. Extranjero hasta en España. Llego y pongo la televisión, pero no tengo ni idea de quienes son esos que salen ni por qué salen ahí. Desconectado de esos motivos (y lo que, bien o mal, representan como espejo de parte de la cultura popular del país), ya estoy fuera de órbita, desconectado, diga lo que diga mi pasaporte.

Recién aterrizado en México después de un tiempo en Miami, otra mudanza, otra actualización de status migratorio. Una monserga, para qué engañarles.

Pienso entonces en ese día en que puedas “contratar” tu nacionalidad como ahora contratas un seguro de viaje cuando, por ejemplo, vas a Rusia por cuatro días y pagas unos cincuenta o sesenta euros.

Imagino a un montón de gente contratando ciudadanía de otro país, haciendo allí sus empresas y declarando allí sus impuestos (viene a mi mente el caso de Estonia y su “ciudadanía digital”). Pienso entonces si ese detalle de los impuestos es una bomba de protones en la economía de los países en donde todas esas personas viven físicamente, al punto de que esos países empiecen a expedir Visados de Trabajo a $20USD para atraer fuerza de trabajo contratada por empresas del país, para sostener esa economía local que se cae por la manifestación de nuestra vida global.

Por lo pronto, Estados Unidos lanzó hace un par de días un nuevo Visado para extranjeros que quieran crear sus startups si han conseguido algún inversor en suelo estadounidense.

No sé si estoy alucinando o si mis ojos llegarán a verlo.
Pero sí me gustaría, para mí y para los míos.

Perdón, los trámites migratorios me ponen reflexivo.
La ciudadanía como servicio.
Wait for it.