Super Coldy mon amour

Logo de Nieves Super Coldy

Fui a Chihuahua (México) el fin de semana pasado y ya regresé. Sano y salvo, que no es poco para como está el país, por aquello de la seguridad. Y es que, aunque me guste la aventura, no siempre está el horno para bollos, de forma que entre que tuve bastante trabajo y también (reconozco) un poco de paranoia, no conocí de Chihuahua mucho más que lo necesario para impartir una charla en “Marketing Parade”, el congreso de Mercadotecnia que anualmente organiza la sociedad de alumnos de dicha carrera en el Tecnológico de Monterrey de la capital chihuahuense.

Que por cierto, estuvo muy bien, con uno de los mejores sitios web que haya visto referente a este tipo de eventos y en donde coincidí con gente talentosa y buenrrollista a partes iguales, desde aquí un abrazo para los simpar Javier Macías, David González, Fernando Ortiz, Carlos Cantú, Félix Ríos y (al fin) Marco Colín.

Y como iba diciendo, no tuve demasiada ocasión de confraternizar con los paisajes chihuahuenses, lo que me dolió especialmente la segunda noche del evento, en la que se celebraba una fiesta temática mientras yo agotaba las horas en la habitación del hotel delante de un horrible brief. Para hacer menos pesado el silencio (sólo roto por sirenas de ambulancias y coches de policía) decidí encender la televisión, encontrando en uno de sus canales una versión doblada a castellano (terrible) de Sin City. La noche comenzó a mejorar cuando en uno de esos cambios de canal aleatorios (ya saben que cuando se llega a un hotel, uno se da una vuelta por TODOS los canales de TV disponibles para luego regresar al inicio y escoger el deseado) encontré una película tan mala como fascinante, “Silent Hill”, basada en un videojuego y que narra la historia de una madre que busca a su hija perdida en un pueblo dantesco poblado por zombies, demonios y demás plétora de criaturas de noches de terror. Muy estúpida pero imposible de dejar de ver, “cinco minutos más” fue mi comentario más recurrente a medida que se desenmarañaba la trama.

Al terminar aquella y no encontrar ningún canal de música decente decidí sintonizar uno que había encontrado en mi primer escaneo de la televisión del hotel, un canal de anuncios de televisión de negocios locales de la ciudad de Chihuahua. Aquí es donde realmente empezó el terror, o el delirio, o algo con un poco de los dos:

Mis favoritos son los “análisis con 20% de descuento por ser el mes de la mujer” (1:22) o las “pruebas de ADN por si tiene dudas de la paternidad de sus hijos” (22:33), los rockeros de “Amistad Cristiana” (7:21), la cancioncita de “El Rey del Aguachiles” (12:24) o la cara de decepción de la mujer vestida de novia al descubrir que no es la rosa más bella del ejido (26:26). Pero tampoco se pierdan el de los ladrones de la señal de cable (2:54), la publicidad subliminal/no-subliminal de Gustavo del Río (13:06), la voz profunda y seductora para vender malla ciclónica (24:02) o el George Washington parlante al final del anuncio de Eurodólar (18:40). Y por cierto, si quieren saber cómo es el acento de Chihuahua, no se pierdan el de “La Ganadera” y su carne siempre fresca en el minuto 25:05.

Una semana después no consigo discernir aún si estaba fascinado o perplejo viendo estos comerciales, y realmente no importa tanto porque el hecho cierto es el de que pasé cerca de hora y media viendo el canal, para descubrir que, por lo general, dichos anuncios se distribuían en tramos de 30-35 minutos para luego volver a empezar, repitiendo la mayoría y añadiendo y quitando un par de ellos con respecto a la iteración anterior de ese casi-bucle.

A primera vista, pareciera (y seguro debe ser así) que el proveedor de cable del estado (Cablemás) haya ofrecido a todos esos negocios la posibilidad de hacerles su propio comercial de televisión, para luego ser mostrados todos ellos en un solo canal, uno más de entre setenta, sí, pero quizá pensando que uno de setenta no es tan mala proporción, muchos dijeron “hagámoslo”.

Algo así estaba pensando la mañana siguiente durante la conferencia de Marco Colín, donde una vez más surgió la pregunta recurrente de muchos estudiantes de mercadotecnia de ciudades pequeñas:

Todo esto que nos cuentan está muy bien, pero ¿cómo aplico eso, no a multinacionales y marcas enormes, sino a aquellos negocios locales que no quieren invertir en marketing ni publicidad porque dicen que así les va bien y que no lo necesitan?

La respuesta de Marco fue más coaching que respuesta:

Quizá debieras plantearte si de verdad necesitan marketing y publicidad, porque a lo mejor así les va bien y no lo necesitan…

Algo que se manifestó crudamente menos de seis horas después, al acudir tras la comida a un sitio (de las varias sucursales que tienen) en el que sirven unas nieves ya legendarias en mi recuerdo, las archifamosas (en Chihuahua y alrededores) nieves Super Coldy (nota para España, en México, una nieve es un helado, una paleta es un polo).

En un sitio de reducido tamaño, en una calle no demasiado transitada (esto es, a Super Coldy “se va”, no “se pasa” por allí) y a las 4 de la tarde de un sábado, cerca de cincuenta personas de todas las clases sociales (vean los precios de los productos) estaban formadas en una fila esperando para hacer su pedido mediante un sistema en el cual, para cuando pagabas en caja, la orden ya se ha enviado a los hacedores de lo que pediste, de modo que sólo has de esperar a que digan tu número para recoger tu nieve.

Ticket de Nieves Super Coldy

Además, cada tres meses renuevan muchos de los sabores, por lo que uno siempre tiene una buena excusa para regresar y probar alguno de los nuevos. Así, lo mejor fue la declaración de una de las cajeras, ante mi pregunta de si siempre estaba así su negocio:

No, señor, a esta hora está tranquilo.

Me contaron entonces de filas saliendo del establecimiento e inundando la acera de gente, como si estuvieran esperando para entrar a un concierto de su ídolo musical, cuando en realidad sólo están esperando a entrar para comprarse una nieve. Nieves de tamaño y sabor brutal, por cierto, tanto que no alcancé a tomar foto porque estaba demasiado ocupado con mi cucurucho relleno de helado, lo que no es óbice para no poder encontrar a más gente para ilustrar el ejemplo, como esta foto de Marco (Colín) tomada por Fernando (Ortiz) donde se pueden observar las dimensiones de un cono sencillo, adquirible con un ticket como el que se muestra más arriba:

Marco Colín y su nieve Super Coldy
(más émulos con nieve aquí, para que les dé envidia, y no de la buena precisamente)

Claro, entonces me pregunto si le hacemos falta a alguien con un producto tan tan tan bueno como para que la gente y su boca-a-boca sean más que suficientes para tener legiones y legiones de usuarios día tras día. Aunque por otro lado, también me pregunto si de verdad no sería absolutamente sensacional poder trabajar para nieves Super Coldy porque tienen un producto tan tan tan bueno.

Supongo que esa es la bipolaridad en la que deberían moverse esos estudiantes de Mercadotecnia que le preguntaban a Marco, pero sólo en los lugares que tengan un producto tan sensacional como el que tiene Super Coldy. Y los que no lo tengan, quizá no merezcan tanto la pena, de verdad.

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Daniel Granatta

Waiting for the robot takeover. I rewire people. I run a VR company.

12 thoughts on “Super Coldy mon amour”

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  6. Esto es justamente lo que ilustra la diferencia entre marketing y publicidad. Publicidad = anuncios; marketing es todo lo que hace una empresa, empezando por el producto (que a su vez suele emanar de la cultura corporativa). Y en efecto, los productos que dan de qué hablar (bien) la tienen mucho más fácil que los que no, más aún en estos tiempos donde el word of mouth viaja libre de fricción a propios y extraños, y en todo el mundo.

    “Advertising is the price you pay for having an unremarkable product or service,” dice (y dice bien) Jeff Bezos.

    Muy buen post como siempre, abrazo.

  7. El pasado 1o de abril visitamos la sucursal Plaza Florencia, la que para empezar carece de terminal bancaria para recibir pagos.
    Mi hija de 7 años fue al baño. Este baño tiene un sensor para encender la luz el cual se debería activar cuando la puerta se cierra; esto no sucedió, por lo que mi hija trató de encender la luz y recibió una descarga eléctrica. Mi hija salió del baño muy adolorida de su mano, esto quiere decir que no fue una descarga insignificante, además ella estaba muy asustada. Fuimos con una empleada para comentarle lo sucedido y nos dijo que ella simplemente era empleada y que no podía hacer nada, le pregunté por la persona indicada y me dijo que sólo el dueño me podía atender, le solicité el teléfono y no me lo proporcionó. Precisé ayuda de otro empleado el cual me comentó que ya han tenido problemas con la instalación y me dio el teléfono de la matriz, la secretaria recibió mi llamada y me dijo que ella no podía hacer nada al respecto pues sólo era la secretaria, entonces le pedí el número celular de José de Jesús Alonso Rodríguez, el dueño de la empresa, a lo que respondió que no había manera de localizarlo.
    No creo que los empleados no puedan poner un aviso del peligro.
    Tampoco creo que después de las ganancias que el señor José de Jesús Alonso Rodríguez percibe, no pueda adecuar las instalaciones de sus sucursales.
    ¿Qué otras deficiencias existen en esta empresa?
    Es una lástima que todo el trabajo de generaciones se desmorone por personas que les interese aumentar su mercado a costa del descuido en la calidad del servicio.
    Es una lástima que al menos mi familia y yo ya no estemos dispuestos a regresar a ese lugar, porque los empleados no están preparados para atender quejas y el empresario José de Jesús Alonso Rodríguez no tiene idea de los peligros a los que expone a sus clientes con esas instalaciones deficientes

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