El banco del futuro

Banco del futuro

Cuando le preguntas al Oráculo de Delfos de esta época (Google Images) por el banco del futuro (en general por el “lo que sea” del futuro) obtienes una imagen como la que abre este post, que concuerda, curiosamente, con la imagen de banco del futuro que muchos de los bancos que nos rodean tienen de sí mismos. Hologramas, tablets, pantallas gigantes, luces de neón, etc.

Yo pensaría, en cambio, que el banco del futuro no es uno con hologramas ni luces de neón por todas partes, sino uno al que no tienes que ir.

Porque además, recuerden, cuando el futuro se vuelve presente se parece mucho a District 9.

La hucha del oso panda

Un vídeo de esta hucha (cuyo dueño es Iu) ha sido de lo más exitoso que he publicado últimamente en mi cuenta de Instagram:

Visto el número de peticiones, aquí un enlace para pedir la hucha en Amazon.

El 90 y el 10 de las marcas

La semana pasada acudi a un evento en Puebla en el que tuve la suerte de coincidir con Dan, de la Escuela Complot, que también daba una charla, y me resultó muy divertido un ejemplo que narraba de publicidad unidireccional, donde la marca pone todo el mensaje y no deja nada abierto para que los usuarios se involucren. Resulta que el Banco Santander (en España) lanzó una campaña donde le dicen a la gente que quieren ser su banco de esta forma tan… literal:

“Queremos ser tu banco”. Y decía Dan que claro, joder, claro que el banco quiere ser tu banco, para eso hacen publicidad, para que los elijas. Entonces, extrapolando a otros territorios, es como si una marca deportiva te dijera que quiere ser tu zapatilla, o una de refrescos te dijera que quiere ser tu refresco favorito. Pos claro, decía Dan, pero eso la gente ya lo sabe, que el banco quiere ser tu banco.

Se preguntaba Dan, entonces, si no hubiera sido mejor poner algo del enunciado en manos de la gente. Gastar el tiempo y el dinero no en decir cosas como “somos el mejor banco por esto, esto y esto otro” sino invertirlo en decirle a la gente algo como “eres el cliente que queremos en un banco como el nuestro”. O sea, un “queremos un cliente como tú”. O sea, dar más valor a la gente en vez de hablar tanto del valor de lo propio, por aquello de generar algún tipo de empatía y no ser percibidos como unos gritones arrogantes.

Y me acordé entonces de la película “Hitch”, donde Will Smith cuenta que para dar un beso no hay que llevar tu boca hasta la de la persona receptora, sino recorrer sólo un 90% del trayecto, esperando que la otra parte, interesada, cubra el 10% restante, tal como se puede ver en el minuto 2:10 del siguiente vídeo:

Creo que algo así es lo que yo pretendía decir cuando escribí aquel post sobre cómo podría ser la “Anatomía de una campaña digital (o no)” de hace un par de años, de cómo las marcas se ponen (la mayoría de las veces) en el centro del universo y pretenden que todos orbitemos a su alrededor, con esas dinámicas novedosas y originales de “graba y comparte tu vídeo para ganar un iPad”, lo cual excede (por mucho) ese 10% que la gente debería recorrer.

No. No funciona así para la mayoría, y por eso esas dinámicas no funcionan. Igual lo único que la gente quiere es que la quieran un poquito y le den un pequeño espacio donde poder expresarse u obtener algo de utilidad o entretenimiento a cambio del tiempo que la marca le pide que invierta.

O sea, recibir un 90% del camino para que, con un pequeño esfuerzo del 10% restante, haya un beso. Y como saben, si hay algo de lo que el mundo está necesitado, es de besos. Así que estaría bien que desde agencias y marcas fuéramos creando más oportunidades para que el mundo se besara más, porque si no los publicistas nos vamos a quedar sin trabajo.

Y yo aún espero que no.

Elogio de una campaña en un Valet Parking de Puerto Rico

Estoy en Puerto Rico, en una reunión regional de la agencia para la que trabajo, y (como siempre) con anécdotas para contar, como la de aquel taxista de Buenos Aires de hace casi dos años.

Bueno, al tema. Y el tema es que hace unos días recibí un correo en el que se nos citaba a todos los participantes a las 8:30am en la recepción del hotel en el que nos hospedamos. Y luego llegó otro (que yo no leí) cambiando la hora de recogida a las 9am. Así que pueden imaginarme esperando en la recepción, con un café en la mano comprado en el Starbucks colindante. Que por cierto, este Starbucks debe tener alguna placa en las paredes donde se les celebre como el Starbucks más lento de la historia. En serio. El más lento. De. La. Historia.

En fin, que andaba yo caminando por la recepción intentando encontrar la camioneta que nos llevaría al lugar de la reunión, cuando se me ocurrió que quizá la gente del valet parking pudiera saber si había algún vehículo de JWT esperando. Y así transcurrió la conversación:

Yo: “Disculpe, estoy buscando una camioneta que tiene que llevarme a un evento de JWT, ¿sabe si han pasado ya por aquí?”
Señor del Valet Parking: “No que yo sepa, señor, ¿ya preguntó en la recepción?”
Yo: “Sí, pero tampoco saben nada y llego tarde, no sé si me hayan dejado en tierra.”

Entonces entró en acción otro de los trabajadores del Valet Parking, que es el causante de que exista este post.

Señor 2 del Valet Parking: “JWT es una agencia de publicidad, ¿verdad?”
Yo: “Sí.”
Señor 2 del Valet Parking: “Ah, ¿ustedes son los de la canción del Banco Popular, la del Gran Combo?”
Yo: “Sí, bueno, eso lo hizo la oficina de aquí de San Juan.”
Señor 2 del Valet Parking: “Está muy bien, felicidades, ojalá la campaña le sirva a Puerto Rico.”

Y me quedé patidifuso por la claridad con la que el señor identificó a la agencia y a la campaña y su objetivo de incentivar el cambio en la mentalidad de un lugar, transformando la letra de una canción clásica de El Gran Combo (que ensalza el “no hacer ná” y vivir de las subvenciones del estado) para convertir el tema original en uno nuevo del mismo grupo que habla de “echar pa’lante” y así trabajar y reactivar la economía del pais:

Qué bárbaro, si hasta los del Valet Parking entendieron de qué iba el asunto, triunfar en el Festival de Cannes es pan comido.

American Express no me quiere

No sé si les habrá tocado verlo en alguna ocasión, pero en algunos aeropuertos (al menos en algunos de México) American Express tiene unos pequeños stands-oficina desde los que ofrece a los viajeros adquirir alguna de sus tarjetas. La verdad es que nunca me detengo a escuchar exactamente la propuesta, pero al menos aprecio que me pregunten si estoy interesado, por aquello de sentirme más o menos “importante”. Hasta hoy.

Hoy sí me interesaba adquirir una, de modo que cuando la señorita de turno se me acercó con la propuesta le respondí que sí estaba interesado. Entonces comenzó a decirme que necesitaba una credencial del IFE (el equivalente al DNI español), a lo que sólo pude contestar que no tenía, pero que si le servía mi documento migratorio FM3. Como parece que sí, primera prueba superada.

Fue sólo dos segundos antes de recibir la instrucción de rellenar un formulario y presentarle una tarjeta de crédito de algún banco de México, a lo que le respondí que no tenía ninguna y que por eso quería contratar una con American Express. La señora, muy amablemente, me comentó que entonces no podría realizar ningún trámite con ellos, a lo que le respondí que las únicas tarjetas de crédito que tengo son de España, y que las únicas tarjetas bancarias que he tenido en México han sido de débito. Ahí fue donde la situación se volvió delirante al recibir este comentario por parte de mi interlocutora:

No se preocupe, puede ir en los próximos días a conseguir una tarjeta de crédito en una entidad bancaria, y dentro de un año le esperamos cuando regrese con todo gusto, señor.

Horas después aún no soy capaz de procesar la desfachatez de semejante frase, así que no pude por menos que contestar:

¿Usted cree que yo voy a estar un año esperando a contratar una tarjeta con ustedes? ¿No cree que son ustedes los que deberían estar pendientes de mí y de lo que quiera hacer con mi dinero?

La pobre señora, avergonzada y presa de su comportamiento autómata, no comprendía que mi reclamo no era hacia ella, sino hacia el sistema para el que trabaja. No comprendo cómo una persona que quiera gastarse su dinero en algo propiedad de alguien vea impedidas sus intenciones por ese alguien dueño que vende ese algo. Quizá, entonces, American Express debiera dejar de lanzar campañas donde habla de las personas como personas y no como números, según decían hace algo menos de dos años. Quizá debieran comenzar por dejarse de tanta gilipollez y regresar al principio de todo, al sentido común y a interesarse por quienes tengan interés genuino por ellos.

Y es que yo sólo quería una tarjeta de crédito, pero hay que ver qué complicado lo vuelven todo. Tanto que cualquiera se fía de una campaña de publicidad más de esta gente, qué bárbaro.