México y las economías de escala

Colores de piel

Muchas compañías abren su sede en México pensando en que el país es una unidad de más de 100 millones de personas. Como además prácticamente todas ellas tienen un teléfono móvil (aunque la penetración móvil en México sea de las más bajas de Latinoamérica), la ecuación parece simple, y el negocio, redondo: “Si mi país tiene 10 millones de personas y facturo X, en un país con más de 100 millones voy a facturar 100X.”

Posteriormente descubren que México es, en realidad, muchos Méxicos más pequeños, diferenciados por una “Pantonera” de colores de piel y con escasa movilidad social. Y entonces tienen que volver a la casilla 1, porque en México no parecen funcionar las economías de escala.

Public Service Announcement 🙂

Privacidad, teatro con Wi-Fi

Privacidad México - programa de mano

Apagar tu teléfono (o silenciarlo al menos) es uno de los requisitos básicos de buenas maneras cada vez que uno acude al teatro. Ese día, en cambio, una voz solemne nos pedía que nos conectáramos a una de las redes inalámbricas disponibles durante la representación de la función.

Nadie dudó ni un segundo en hacerlo. Ya saben que hoy en día no importa si estamos al lado de un millón de dólares, del último Bitcoin disponible o de la aparición bíblica de algún Arcángel. Si hay un Wi-Fi al que conectarse elegimos conectarnos al Wi-Fi antes que hacer o prestarle atención a cualquier otra cosa.

Ese fue el primer detalle que me llamó la atención cuando hace un par de meses asistí a una de las representaciones de “Privacidad”, en el Teatro de los Insurgentes de la Ciudad de México.

La obra, que se estrenó primero en Londres, es una adaptación de varios textos escritos por Edward Snowden, allá por 2014, al respecto de cómo los gobiernos y grandes corporaciones vigilan y comercian con los datos que diariamente generamos mediante nuestros dispositivos conectados a Internet.

Privacidad México - público con selfie

Entretenida, algo densa en ocasiones, “Privacidad” es un magnífico vehículo para la reflexión al respecto de dónde van a parar y las consecuencias de cada una de las (aparentemente) inocentes interacciones que realizamos a diario: la selfie, un filtro de Snapchat, una búsqueda en Google, un correo a nuestro banco, etc.

Es ahí donde se activa una segunda capa de entretenimiento muy significativa: son tan relevantes las palabras recitadas sobre el escenario como la observación de las reacciones del público durante el transcurso de las mismas. Aunque somos conscientes desde el inicio de que estamos asistiendo a la representación de un texto relacionado con nuestros datos y su privacidad, nadie tiene ningún reparo en, por ejemplo, tomarse una selfie y enviarla a una dirección de correo que aparece en varias pantallas cuando el personaje de turno lo solicita. Porque… ¿qué hay de malo en tomarse una selfie cuando además tenemos un buen teléfono y sabemos tomarla y compartirla?
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El banco del futuro

Banco del futuro

Cuando le preguntas al Oráculo de Delfos de esta época (Google Images) por el banco del futuro (en general por el “lo que sea” del futuro) obtienes una imagen como la que abre este post, que concuerda, curiosamente, con la imagen de banco del futuro que muchos de los bancos que nos rodean tienen de sí mismos. Hologramas, tablets, pantallas gigantes, luces de neón, etc.

Yo pensaría, en cambio, que el banco del futuro no es uno con hologramas ni luces de neón por todas partes, sino uno al que no tienes que ir.

Porque además, recuerden, cuando el futuro se vuelve presente se parece mucho a District 9.

¿Redes sociales? ilimitadas

Estas Navidades vino tanta gente de visita a la Ciudad de México que apenas pasé un minuto en mi casa. Consecuencia: entre pedir Ubers y subir fotos a Instagram me terminé antes de tiempo los datos mensuales que tengo contratados con mi proveedor de telefonía móvil.

O no, porque Facebook, Twitter y Whatsapp aún funcionaban.

Intrigado (y también para pagar mi reconexión) fui a una de las tiendas de la compañía y les pregunté:

Yo: Creo que tengo los datos cortados, pero funcionan Whatsapp, Twitter y Facebook.
Empleado: Claro, señor, es que su plan contempla redes sociales ilimitadas.
Yo: ¿Redes sociales?
Empleado: Sí, lo que son (sic) Whatsapp, Twitter y Facebook.
Yo: Pero Snapchat o Instagram…
Empleado: Las redes sociales son Whatsapp, Twitter y Facebook, señor.
Yo: Ehm…

Salí de la tienda cabizbajo y con cara de Buster Keaton (porque aparte de no entender nada de lo que me dijo, el empleado de la tienda me llamó “Señor” dos veces), pensando en que una vez más las marcas operan desde lo que creen que la gente quiere (oferta) en vez de actuar de hecho en base a lo que la gente quiere (demanda). Pero sobre todo recordé este antológico post de hace unos años de Jorge Camacho sobre los ciclos del hype de cada tecnología, y como lo que a unos les parece que ya está de salida para otros es una auténtica novedad. Con la conversación en la tienda descubrí además que hay otros que ni siquiera aparecen aún en la curva.

Qué dolorosísimo el hueco que existe entre el lugar donde uno cree vivir y el lugar en el que vive la mayoría de las marcas de consumo que pueblan nuestra cultura. Y más doloroso aún para los que se dedican a trabajar para esas marcas.

La vida con joroba

Teléfono y columna vertebral

De todas las cosas que uno observa (y aprende) durante ese gran experimento antropológico al que llamamos Navidad (dónde compra la gente, qué compra, qué programas ponen en televisión, a dónde se viaja para celebrar el cambio de año, etc) una me llamó especialmente la atención mientras veía pasar desde una cafetería a innumerables grupos de padres e hijos:
Mamás erguidas, hijas con joroba.

Según he leído en algunos textos como éste o este otro, el problema se llama “text-neck” y se puede minimizar así.

La vida con teléfono móvil a finales de 2016.

Alineando fotos

Tomo muchísimas fotos pero soy un pésimo fotógrafo. Cuando alguna me queda bien, tiene más que ver con la probabilidad de que una de entre tantas salga bien que con mi habilidad capturando momentos.

Por eso ahora estoy usando LVL Cam, un app que funciona con tus fotos como esos apps que se usan como nivel para alinear cuadros en las paredes: una guía en tu pantalla te sirve para colocar tu teléfono completamente recto y perpendicular al suelo:

Foto no alineada

Foto alineada

Aquí el enlace en iTunes por si quieres descargarla.

Conectados… o no

Esta cita doble promete ser una explosión de diversión:

Todos con teléfono

Cada vez que veo una estampa como esa con la que me topé el pasado fin de semana, recuerdo la atinada charla que se encuentra al final de este post que escribí hace ya más de cuatro años. El amor en los tiempos del móvil.

The constant challenge of modern relationships…

Desafío de las relaciones modernas...

Ideas reducidas a formatos

Caja de cartón

Por aquí decimos que seguro que alguna vez alguien, en una agencia de publicidad, tuvo la idea de crear una plataforma como Spotify, pero que dicha idea, a la hora de ser ejecutada, acabó siendo una gráfica de revista en vez de un servicio de música por streaming.

Y es que un problema que tiene hoy en día la publicidad es el de que, forzosamente, todas las ideas, grandes y pequeñas, buenas y malas, tienen que encajar en un formato, porque al final las marcas necesitan un formato para difundir su mensaje (con suerte desigual) al resto del mundo.

Obviamente, el formato no tiene nada de malo, porque aloja cosas que en algún sitio han de vivir. Lo malo es el uso que se le da, el de un compartimento estanco donde todo empieza y todo termina. Así que la idea que nace y se ajusta para rellenar un formato, difícilmente podrá salir del mismo.

Me explico con un ejemplo. Hace unos años me topé con este maravilloso banner creado por la agencia brasileña Almap BBDO, en el cual podías pilotar el avioncito que en él aparecía con tu teléfono móvil:

Hace unos meses nos encontramos con este proyecto en Kickstarter, en el cual estaban recaudando dinero (lo lograron en un par de días) para poder pilotar cualquier avión de papel (por ejemplo) con tu teléfono móvil:

Ambos casos parten del mismo lugar, de que sería muy divertido poder pilotar un avión con tu teléfono. Sin embargo, uno terminó siendo un juego en un banner, mientras que el otro es un proyecto individual (por ahora), que podría generar, sin ningún problema, una nueva marca de juguetes.

Esa es la diferencia entre ideas e ideas obligadas a vivir en formatos. Y por eso es tan difícil que una plataforma como Spotify nazca en una agencia de publicidad.

La factura de teléfono en los tiempos del roaming

Es criminal. Cruza uno la frontera del país de origen de su proveedor telefónico con el 3G activado y al regresar te encuentras una factura con más 0s que la cartilla escolar de un niño con problemas de actitud.

Hasta que te descargas una aplicación como Onavo Extend, que comprime todos los textos e imágenes que van y vienen por tu conexión 3G, reduciendo el tráfico de datos (y tu factura) a más o menos la mitad.

Por si tienen que viajar, ya hay versión para iPhone y también para Android.