Las compañías y tú

Gente y compañía

Las compañías las hacen las personas, no al revés.
Tu valor es tuyo, no de la compañía que te contrata, por muy cool que sea.
Es más, es por ese valor por el que te contrata a ti y no a otra persona.

Digo esto, que parece una obviedad, porque a mí también me ha pasado: si tengo este trabajo y me va bien, ¿qué va a pensar la gente si me voy de este lugar tan aparentemente “cool” a otro del que la gente piense que no lo es tanto?
Nada. No pasa nada. Porque la opinión de la gente no importa, importa lo que tú sientas y decidas.

Y en el caso de que tu actual compañía sea una GRAN compañía, te lo explico con una analogía: puedes ser novio de Cameron Díaz durante una semana, pero vas a ser el ex-novio de Cameron Díaz para toda la vida.

Lo cual es un dato interesante, si lo sabes usar bien.
Lo mismo pasa con las compañías. Porque es lícito cambiar. Porque, cuando te llegan, los vientos de cambio siempre son más fuertes que cualquier raíz, por “cool” que ésta pueda parecer.

El teflón y las agencias

Sartén de teflón

El teflón es esa capa aislante que llevan adherida algunos útiles de cocina (sartenes y cazos, mayoritariamente) para evitar que se pegue la comida al calentarla. Pero también es un material que impera en algunas agencias de publicidad. Me explico.

Hace algunos años, en uno de mis antiguos trabajos, existía una persona a la que apodábamos cariñosamente “El Señor Teflón”, debido a que nada se le pegaba. Fuera cual fuera la circunstancia y su gravedad, tenía la facilidad de dejar que toda la grasa se escurriera hacia abajo, hacia sus subordinados, hacia los que le reportaban, que asistían atónitos al baño de mierda que, de repente, recibían de las más altas instancias de algunas de las marcas para las que trabajaban. Digo, uno esperaría de su jefe que detenga algún balazo, no que se ponga a dispararte también.

Pero no. Y como algunos son muy listos, rápidamente deducen que si más arriba lo hacen, no hay razón alguna para no hacerlo en niveles más inferiores de la jerarquía, así que muchas veces las relaciones de un jefe con su grupo se vuelve un reino de terror, donde el primero entiende el “liderazgo” como la oportunidad de encontrar un chivo expiatorio a cada problema que se genere, a dejar pasar la mierda hacia abajo, a los más juniors, a los que menos cobran.

No debiera ser así, malaje. Si más cobras, si más arriba estás, más debieras poner la cara. Por vergüenza torera, lealtad y solidaridad hacia los que trabajan para ti. Pero sobre todo porque lo llevas incluido en el sueldo. Como la vez en que Manolo Techera me contestó acerca de la duda que traía yo sobre cómo resolver tal o cual problema:

“No te pago para que me preguntes, sino para que lo resuelvas como crees que debas hacerlo. Y no te preocupes. Si aciertas, bien por ti. Si la cagas, la culpa la asumo yo por haberte traído.

Ni que decir tiene que Manolo, que no tiene teflón alguno, tenía que tragar con la multitud de cagadas que muchos de los que trabajábamos para él hacíamos, pero nunca nos lo echó en cara. Y por eso hoy muchos podemos darle las gracias por todo lo que nos hizo crecer.

Hay mucho teflón en las agencias de publicidad, lo cual es un problema. Teflón y talento son incompatibles. El talento se cansa del teflón. Y es que si quieres talento en tus filas (y retenerlo) tienes que hacer muchas cosas, pero la primera de todas es limpiar de teflón la agencia. Porque agencias hay muchas, y si en la tuya impera el teflón (y el consiguiente río de mierda hacia abajo), el talento de que dispongas huirá en busca de un lugar donde pueda crecer. Con dificultad, pero al menos sin mala leche y con un poco más de lealtad.

Bueno en las sartenes, malo en las agencias, ¡abajo el teflón!

Creatividad de Escritorio

La publicidad es una de las profesiones más universales del mundo moderno; la vemos en todas partes y abarca en potencia todas las formas de producción humana; a veces se acerca tangencialmente al arte, aunque sin tocarlo, a veces a la administración y muchas más veces a la psicología y a la psiquiatría. Uno de los consejos publicitarios qué más clavados tengo, lo leí como a los doce años en “Cartas a una joven publicista”, de Don Eulalio Ferrer; decía que los consumidores se van volviendo inmunes a la publicidad como los microbios se inmunizan ante los antibióticos; tan rápidamente sale un nuevo formato, tan rápido la sociedad comenzaba a filtrarlo y dejar de verlo después del impacto inicial y por ello es un negocio que vive de la innovación.

La publicidad que está en todas partes exige una cultura general amplia. Los publicistas de hoy, teniendo que abarcar entonces el espectro de absolutamente todo, que es donde donde está la publicidad, tendrían qué tener una idea general de absolutamente todo, ni más ni menos; Si sólo ves anuncios de televisión no sabrás cómo hacer otra cosa que no sean anuncios de televisión o peor aún, anuncios de televisión que se parezcan a los que ya has visto. Un publicista, yo creo, debe ir más allá de su lugar de trabajo sentado en una agencia todo el día y debe estar al tanto de muchas más cosas que sólo la publicidad en sí. Al ser un medio tan pequeño, es fácil ensimismarse y creer que la vista abarca la totalidad de lo existente, lo cual no es más que una flagrante mentira autoindulgente.

Un buen publicista debería saber moverse en todos los lenguajes, desde las matemáticas hasta el caló de los barrios, salir a caminar a ver al público de todas las edades y de todas las clases sociales (a quienes se dirige), debería ir a museos (que no son más que laboratorios culturales), debería leer cosas que en un principio le podrían parecer ajenas (como tratados de biología) de vez en vez por mera curiosidad, debería conocer el sabor de muchos tipos de comida y cómo se preparan, debería interesarse en algo más que la publicidad. Es difícil abarcar el mundo entero desde un escritorio con una computadora cuyo único enlace es Ads Of the World.

No digo que no sea importante saber cómo está el medio, a fin de cuentas es donde el publicista se desarrolla, pero no se debe olvidar que no es el único medio. Nadie en el mundo -pero especialmente gente como los publicistas, que se dirigen a todo el mundo- debe de olvidar que hay muchas cosas más allá de lo evidente.

Marcas, agencias y la gente

Conocimiento de tecnología

A grandes rasgos:

La gente: cuanto más tiempo usando tecnología más diversión y/o utilidad encuentran. Con sus teléfonos móviles, blogs, en sus cuentas de Twitter o Facebook, o utilizando lo que tienen a su alcance para subir nuevos contenidos maravillosos a Youtube. Sin filtro, sin censura, lo que es bueno es bueno y es el resto de personas las que así lo deciden concediendo millones de vistas, visitas, descargas, etc.

Las marcas: o sus responsables, que parece lo mismo pero no siempre lo es. Que son los que aprueban las supercampañas, los superconcursos y los supervirales que a nadie le importan. Y que en vez de tomar nota y ejemplo de las cosas que la gente ya comparte, trata de crear universos artificiales esponsorizados por sus marcas, para una vez al año darse palmadas en la espalda porque invirtieron más dinero que el año anterior en medios de naturaleza digital.

Las agencias: que quieren hacer cosas de las que gustan a la gente, pero que no pueden alejarse de lo que finalmente pagan las marcas y las personas a cargo de ellas. A veces hacen cosas más entretenidas (o divertidas o útiles) y a veces menos, pero siempre encontraremos lo que se produce mucho más cerca de donde están las marcas que donde está la gente compartiéndose contenidos.

Y ese es el problema. A veces el tipo que lleva la marca anda por donde está la gente, porque aparte de cliente es usuario, y ese hecho define entonces un nuevo nivel de exigencia que han de satisfacer los trabajos de las agencias.

Y es que hay una cosa muy clara, quien decide hoy si algo es bueno o malo ya no son las marcas ni las agencias ni los medios, sino la gente. Y los gustos de la gente son muy extraños en ocasiones, y eso hay que acatarlo e investigarlo. Por eso las agencias y las marcas debieran estar produciendo cosas que estén mucho más cerca de lo que la gente consume hoy en día, y no sólo por el factor “extraño”, sino porque es un uso de la tecnología mucho más sofisticado y original que el que se les ofrece desde el mundo publicitario.

Lo bueno es que, llegando allí, lo que se conseguiría ya no es únicamente vender productos, sino rediseñar por completo la cultura popular, lo que no es poca cosa.

2011 y un libro por semana, capítulo 1

Comencé mi propósito de leer un libro por semana en 2011 mediante la relectura de uno que nunca había podido leer de un tirón:

Portada de "Convergence Culture: Where Old and New Media Collide"

Convergence Culture: Where Old and New Media Collide
(Henry Jenkins)
NYU Press
+ enlace en Amazon

La tensión latente (acelerada por el avance de la tecnología y el abaratamiento del acceso a la misma) ocasionada por el choque entre la cultura popular y la generada por los medios masivos, y de cómo una y la otra (pese a que se nieguen a reconocerlo de inicio) se necesitan para retroalimentarse y subsistir, es el punto de partida de esta obra de Henry Jenkins, co-director del programa de Comparative Media Studies del MIT, en la que, mediante diversos ejemplos que enfocan el panorama desde diversos puntos de vista (el de los grupos de comunicación, el de los fans, etc.), le permiten a uno hacerse una idea de cómo funcionan algunos de los fenómenos (The Matrix, Harry Potter, Survivor) que sacuden la cultura contemporánea y cómo estos transcurren a lo largo y ancho del océano de dispositivos mediante los cuales hoy podemos acceder a la información.

Qué valioso sería que todos los implicados en redactar leyes relacionadas con propiedad intelectual en entornos digitales (véase, por ejemplo, la famosa Ley Sinde en España) se leyeran este libro, como primer paso para entender que lo que está en marcha no es un cambio relacionado con la tecnología y el acceso a la misma, sino un cambio social y cultural en los hábitos de participación de las personas (y esto es lo que habría que intentar legislar), con la tecnología como herramienta.

Cáceres, I love you

Cáceres 2016 - Logotipo Candidatura

Cada vez que subo a un taxi en algún lugar de México e intercambio dos palabras con el taxista, indefectiblemente la conversación deriva, por mi acento, al “usted no es de aquí, ¿verdad?”, lo que en ocasiones sienta bien y lo colma a uno de alegría (conservar algo del acento original con el que llegué a Saltillo, difícil por lo pegajoso de la forma de hablar del norte de México), pero también lo deja en otras al borde de una catalepsia crónica al recibir comentarios del tipo “por el acento supe que usted era de Argentina”. El cómo alguien puede no distinguir entre el acento de España y el de Argentina lo dejo para otro día, porque merece post aparte, pero en general suelo encaminar la charla con el “soy de España”, que dicho en voz alta suena mucho menos cañí de lo que se lee aquí escrito. Esta frase, como decía, abre tres posibles caminos para la charla (o plática, como le dicen en México):

1.- “Yo fui a España una vez…”

2.- “Yo tengo un amigo (o familiar) que una vez fue a España…”

3.- “Yo siempre quise ir a España porque…”

Ésta última es, con diferencia, la más jugosa, porque lo que era una charla ya encaminada vuelve a divergir de forma cósmica gracias a los motivos que el taxista explica que tenía para querer ir a España. La mejor historia que he escuchado al respecto fue la de un taxista que estuvo ahorrando diez años para ir a España porque estaba enamorado de Gemma, una de las componentes del grupo Parchís, y al final nunca consiguió ir. Que digo yo que viendo cómo terminaron los de Parchís, mejor que no fuera al final. Así que, un consejo, teniendo en cuenta que en muchas partes de México (inclusive las grandes ciudades) los taxis no suelen usar taxímetro, entablar amena conversación con el conductor es una buena solución para evitar tarifas clavadas como estacas en el pecho al final del trayecto.

Pero vaya por donde vaya la conversación, al final todo se recoloca gracias a la pregunta:

“¿Y de qué parte de España es usted?”

Madrid (A) - Cáceres (B) - Lisboa (C)

Ahí llega otro problema, porque decir “Cáceres” es tan impersonal como decir “Calasparras del Madroño”, a fin de cuentas, lo que alguien de México que va a España suele conocer son las grandes ciudades, no las llanuras y periferias, y ni siquiera sirve ya decir “Cáceres, Extremadura”, porque no suelen identificar a ésta última (Extremadura) con el lugar de origen de Hernán Cortés y tantos otros que los pasaron a cuchillo cuando estuvieron por las Américas. Nada, nada. Nada de eso sirve, así que tuve que desarrollar una tercera versión de mi lugar de origen, que consiste en decir “a mitad de camino entre Madrid y Lisboa… en el punto medio… ahí está Cáceres”. No es exactamente el punto medio, pero se le parece y así lo entienden, así que todos felices: la inconcreción geográfica como método de autodefensa.

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