Viviendo en una simulación

Shrike - Hyperion

Una de mis obras de ciencia-ficción favoritas (ya que ayer hablábamos de eso) es “Hyperion”. O mejor dicho, los cuatro libros de que se compone, que yo conocí porque Antonio Montero estuvo durante casi un año insistiendo en que tenía que leerlos.

La historia, que trata del viaje al planeta que da nombre a la obra de seis peregrinos de personalidades y orígenes muy dispares, me vino como anillo al dedo porque comencé mi lectura justo en la época en que supe por vez primera de Singularity University, un momento en la vida en que una cantidad gigantesca de información te atropella y te deja ligeramente malparado si no sabes cómo aterrizarla y dónde colocarla, tanto desde el punto de vista de utilidad como desde el punto de vista de tus esquemas morales.

En un universo hiperpoblado y tecnológicamente hiperdesarrollado (portales de teletransportación para personas que funcionan como enlaces de nuestra WWW, una capa física de datos llamada datasfera que pareciera la evolución de lo que nosotros llamamos “cloud”, cyborgs réplicas de humanos que prefieren ser seres de carne y hueso y han de elegir qué información de la datasfera quieren almacenar en sus discos duros internos -porque su capacidad es limitada como la del cerebro humano-, etc.), Hyperion es un planeta donde toda esa tecnología es aparentemente inservible.
Tras una serie de acontecimientos muy particulares, los seis peregrinos protagonistas (entre otros un sacerdote, una detective, un artista…) se dirigen hacia allí, confrontando por el camino lo que son con ese universo en el que les ha tocado vivir.

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