El acento de los hijos de la Gran Bretaña

Si tuviera acento inglés...

Pasa en países latinos, pero pasa también en Estados Unidos. Estás en una reunión donde varias personas presentan sus ideas (en inglés), cuando de repente una de ellas habla con acento británico, del de Inglaterra y alrededores.

“Mierda”, pensamos todos los demás, “con ese acento este hombre vende lo que quiera, aunque sea una reverenda estupidez.”

De hecho alguna vez me imaginé cómo deben ser las conversaciones de los creativos ingleses que trabajan en Estados Unidos, cuando se van a casa por Navidad:

– ¿Qué tal, cómo te está yendo en el nuevo trabajo?
– ¡Muy bien! Sólo abro la boca y me compran todas mis ideas.
– ¡Ja, ja, ja!*
– ¡Sí, ja, ja, ja!

* Los “ja, ja, ja” son de mi invención, lo otro (probablemente) no

Tan pulcros, tan sonoros y con tan buenos modales, quizá fue por ello por lo que me llamó la atención este vídeo (vía Boing Boing) de conductores británicos soltando improperios por la boca, en un día cualquiera de tráfico:

O pueden verse este otro vídeo para aprender cómo pronunciar cada palabra “a la british accent”:

No tengo ningún dato que lo demuestre, pero tengo la impresión de que, fuera de su país de origen, seguro venden más ideas teniendo ese acento que si no lo tuvieran.

La moneda y el León

Cambio monetario

Una de las cosas que más te impacta cuando vas a Chile o Colombia por primera vez es el cambio de la moneda (1 USD = 600 pesos chilenos ó 2500 pesos colombianos). Tal es así que cuando vas a liquidar la cuenta de tu hotel acabas sintiéndote Tony Montana, por la cantidad de 0s que hay a la derecha en el número que indica la cifra final que has de pagar.

Algo así me recuerda el Festival de Cannes cuando premia ideas maravillosas con 30 ó 35 Leones. Todos entendemos el panorama acrisolado e interconectado en que vivimos, y seguro esas ideas merecen algo más que “sólo” uno. Pero premiar 30 ó 35 veces la misma idea, haciendo que algún creativo (en una sola edición de festival) tenga la mitad de Leones que Washington Olivetto en toda su carrera, pareciera demeritarlas en vez de convertir los premios en una celebración de su brillantez.

Pareciera que sí, que como una moneda más, los Leones también pudieran haberse depreciado.

“Hackear, Hacer, Enseñar, Robar”, el libro de Creative Social

Portada libro "Hacker, Maker, Teacher, Thief"

Después de lanzar su primera edición en inglés, durante el transcurso del pasado mes de Septiembre, Creative Social acaba de terminar la edición en castellano de de su libro “Hacker, Maker, Teacher, Thief: the future of advertising”.

Y para esta versión en la lengua de Cervantes, se incluyeron algunos capítulos adicionales de nuevos autores, entre ellos uno mío titulado “Publicistas, ideas y formatos“.

El libro ya se está distribuyendo en Perú (y se puede conseguir en línea aquí), y están en curso las distribuciones en Argentina y México, así como una versión para Kindle.

No pierdan la oportunidad de echarle un ojo si tienen ocasión, les dejo unas imágenes con el índice de los temas tratados:

Índice libro "Hacker Maker Teacher Thief" (1)

Índice libro "Hacker Maker Teacher Thief" (2)

Índice libro "Hacker Maker Teacher Thief" (3)

Índice libro "Hacker Maker Teacher Thief" (4)

Escuelas de publicidad… ¿necesita la publicidad más publicistas?

Nota previa: Como éste es el típico texto por el cual muchos se dan por aludidos aunque no se esté hablando de ellos (hay antecedentes), aclaro de antemano que no va dirigido a ninguna persona ni empresa en particular, sino a lo que creo un problema general de la industria publicitaria. Si aún así, al leerlo, sientes que tú o tu empresa están siendo atacados, por favor lee el post de nuevo porque no habrás entendido nada.

Aula vacía de escuela

Cada vez hay más y más escuelas para estudiar “creatividad” publicitaria, pero una pregunta me saltó a la mente hace unos días: entendiendo que son publicistas lo que cualquiera de estas escuelas gradúa… ¿necesita la publicidad más publicistas?


LA PUBLICIDAD NECESITA TALENTO
Me explico, porque en realidad creo que mi argumento es bastante simple. En mi opinión, tal como está ahora, la publicidad es una industria que se dirige a avanzada velocidad a un precipicio, así que necesita urgentemente un cambio de rumbo. Y para cambiarle el rumbo creo que se necesita mucho talento, pero no tengo tan claro que sea talento “publicitario”, sino quizá, de otro tipo: más programadores, más ingenieros, más matemáticos, o más antropólogos, entre otros.


¿Y POR QUÉ NO MÁS PUBLICISTAS?
Por varios motivos, pero principalmente:

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La tecnología y las ideas obsoletas

Uno de los mayores problemas que afrontan hoy las agencias, con todo el cambio tecnológico al que estamos expuestos, es el de la vigencia de sus ideas, porque muchas veces éstas dependen de las plataformas donde viven y, bueno, hoy en día las plataformas van y vienen en cuestión de meses.

Cuando esto sucede, las ideas, que dependían de la plataforma en la que vivían, quedan caducas porque probablemente la gente ya esté usando otra cosa, otra tecnología, otro dispositivo. Lo que sea, tal como una vez escribimos aquí.

Esto se acentúa más en años como este 2013, donde las marcas congelan parte de sus presupuestos para invertir con más fuerza en el siguiente, en el que hay una Copa del Mundo de fútbol que polariza la atención del mundo entero. Así que, cuando todo lo que propones a una marca se propone para que viva dentro de doce meses has de tener cuidado de no depender de una plataforma que dentro de ese tiempo puede estar muerta. O, si no muerta, sí lejos del pico de atención de la gente porque ya no la considere interesante.

Así que, para evitar esto, quizá sea interesante entender cómo madura la tecnología, desde que surge el dispositivo que la permite hasta que se vuelve tan “mainstream” que ya nadie piensa en la tecnología sino en el objeto que esa tecnología habilita. Usemos un ejemplo muy simple, las fotografías:

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Si algo es gratis, a alguien le cuesta dinero

Dos cosas que quizá a mí me parecen muy obvias o razonables, pero que a lo mejor para alguien más no lo son tanto:

1) Si usas un servicio o utilidad de forma frecuente (no tiene por qué ser a diario) y realmente te entretiene, resuelve un problema, etc. deberías querer pagar algo por él aunque tengas la posibilidad de usarlo de forma gratuita. Mi caso específico es Spotify, con historias como la que les cuento en este post.

Y deberías querer pagar por muchas razones, pero principalmente por dos: a) por respeto a quien tuvo y desarrolló esa idea y b) porque con más gente pagando con ello, quien hizo el desarrollo tendrá una posibilidad de mejorar su producto, algo que subsiguientemente también te puede beneficiar a ti.

2) Que un sitio que visitas con asiduidad tenga banners y/o publicidad no significa automáticamente que el dueño sea un “vendido” que únicamente busca hacer negocio de las visitas a ese espacio. Puede que simplemente esté intentando recuperar parte de lo que le cuesta económicamente el espacio en servidor y la transferencia en el mismo que genera la gran cantidad de usuarios que, como tú, pasa por allí recurrentemente.

Así que si eres uno de esos adalides que instalan bloqueadores de publicidad y presume de ello por lo lindo y no-contaminado por el consumismo que tienes el karma, felicidades. Estás quemando vivo uno de los recursos que tu sitio favorito tiene para darte el contenido que hace que ese sea tu sitio favorito.

Así que, insisto, igual este sentido común es muy mío y poco de los demás, pero cuidado con esas posturas del “todo gratis” y “abajo la publicidad” con las que de repente saltan algunos por aquí o por allá, porque cuando alguien hace algo gratis para unas pocas personas, puede que sólo esté pagando con la moneda de su tiempo. Pero cuando alguien ofrece algo gratis para muchas personas, tengan por seguro que hay alguien a quien eso le cuesta dinero. Así que no desprecien tan a la ligera el esfuerzo y recursos que alguien puso para ello, ni censuren de forma tan dogmática el que quieran recuperar parte de lo invertido.

El matonismo en el mundo de la publicidad

Para hablar hoy de un tema general, empezaré por una auto-acusación particular. Acababa yo de regresar a la Ciudad de México tras pasar unos días en España y me topé con el parabús de la imagen que abre este post, comprado ese día (parece) por Initiative, una agencia de medios con la que me han salido úlceras de todos los colores cada vez que me ha tocado trabajar con ellos. Bueno, el caso es que tomé foto y la subí a mis espacios sociales acompañada de algunos comentarios burlescos, sin darme cuenta de que lo que estaba yo haciendo es darle barra libre a la gente que me sigue en dichos espacios para también hacer burla, aun no habiendo tenido (en el 99’999% de los casos) relación laboral alguna con Initiative (que es lo que provocó mi publicación inicial).

Total, que las ristras de comentarios convirtieron el asunto en un aquelarre y la agresión llegó a un punto en que me pareció que lo mejor que podía hacer era dar de baja la imagen porque la cosa se estaba poniendo bastante fea. Y es que, a fin de cuentas, si alguien quiere comprarse un billboard en mitad del desierto para presumir de lo grande o pequeña que la tiene, pues… who cares?

Sigo. Porque, como si hubiera una especie de karma-express corriendo por la vida, se juntó lo narrado en el párrafo anterior con la llegada a mis oídos de varios rumores y cotilleos (falsos) llegados desde las entrañas de un lugar en el que ya no trabajo. Como uno ya está curado de espanto de críticas después de haber publicado más de veinte libros, lo que sí llegué a sentir fue preocupación por el interés desmedido de algunas personas por desacreditar a alguien que ya ni siquiera está presente ante gente que ni siquiera me conoce.

Y es que no sé, si llega uno a un trabajo y tiene un jefe brillante (o no tanto) que emplea parte de su tiempo ejerciendo el “matonismo” (contra otros creativos o contra campañas de otros creativos de la industria), al final parece que uno pudiera llegar a asumir que parte del trabajo que hay que hacer para llegar a ser un jefe brillante (o no tanto) pasa por comportarse como un matón contra otros creativos o contra campañas de otros creativos de la industria. Esto es peligroso, sobre todo entre los jóvenes, porque aún pueden no ser tan experimentados o brillantes (o no tanto), pero ser un matón es muy fácil. Y al final el ambiente se vuelve ciertamente irrespirable.

En este punto, siempre me parece oportuno rescatar este texto de David Trueba titulado “La máquina de odiar”. La máquina de odiar existe y todos tenemos una, pero sabiendo que las acciones derivadas de su uso siempre terminan regresando a su dueño.

Y es que es una tristeza que en publicidad a veces nunca basta con el éxito o preocupaciones propias, sino que lo que realmente importa es el descrédito de los demás. Afortunadamente, y dentro de lo despiadada que puede ser a veces, hay que hacer saber que la publicidad es una profesión tremendamente democrática. Que, al contrario que en otras disciplinas, donde hay un ganador y muchos perdedores, en publicidad nada impide que haya una idea maravillosa en una agencia mientras, simultáneamente, nace otra igual de brillante en una agencia distinta, y que las dos pueden triunfar. Quizá eso es lo que debiéramos transmitirle a la gente que llega a la industria.

Así que probablemente debiéramos dedicar más tiempo a crear buenas (o mejores) ideas que a estar criticando lo que hace gente a la que no hemos tratado más que un par de veces en nuestras vidas. Y sobre todo si eres jefe (brillante o no).

Porque yo no sé vosotros, pero a mí siempre me cayó mejor el Karate Kid que los Cobra Kai. Eso. Y una disculpa sincera desde aquí para la gente de Initiative.

Sturgeon y publicidad

Directamente descendiente del Principio de Pareto existe un aforismo denominado Ley de Sturgeon, que reza que el 90% de todo es basura. El caso es que, bien porque lo sean o bien porque a alguien se lo parece, nueve de cada diez ideas (aproximadamente) que se alumbran en una agencia de publicidad terminan por morir, en cualquiera de las fases que transcurren entre su concepción y su producción.

Lo malo es que si esas diez ideas son buenas es terriblemente jodido aceptar que se mueran nueve. Así que uno termina por aprender que es mejor ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío, para así valorar la que consigue sobrevivir en vez de echar de menos a las que se quedaron por el camino.

Pero eso sí, para aceptarlo te tiene que gustar mucho la publicidad. De hecho, te tiene que gustar mucho la publicidad para trabajar en publicidad.

Así juzgo una idea

Con motivo de la charla en la Miami Ad School México a la que fui cortésmente invitado por Dani Granatta el pasado mes, decidí preparar y resumir en 10 puntos el cómo yo creo que debería juzgarse hoy en día una idea para valorar si es buena o no.

10 criterios que he ido aprendiendo a base de prueba y error durante mi experiencia en comunicación en estos años, emprendiendo diferentes proyectos ya sea dentro o fuera de una agencia de publicidad.

Estos 10 criterios son los que utilizo para autojuzgarme cuando creo que tengo una buena idea, o cuando alguien de mi equipo me presenta alguna.

Y como compartir es bien bonito, os dejo en este blog lo que ya postee hace algunos días en el mío: los 10 criterios en forma de 10 gráficas amablemente diseñadas por el compañero Edgar de la Cruz, para que también las compartáis con quien queráis si creéis que pueden ser de utilidad:

1)

1: ¿Es una idea que conecta lo físico con lo digital?

2)

2: ¿Es una idea que cuesta tarificar o que nadie sabe hacerlo?

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De verdad…

Esto no va de hacer campañas integradas en muchos medios, sino de poner todos los medios para buscar ideas verdaderamente integradoras.