Creativos y desconocidos

Poster de la película FIGHT CLUB

Hace mucho, mucho tiempo (once años) en una galaxia muy, muy lejana (un festival publicitario en Miami, yatúsabeh) me acerqué a uno de los ponentes justo al término de su conferencia. Siempre que cuento esto, suelo agregar (aunque no tenga nada que ver) que en ese mismo evento asistí a una charla de Oliviero Toscani, probablemente la mejor charla que he visto en mi vida.

Pero esperen, que me desvío, regreso al origen del post. Porque a aquel ponente, que por aquel entonces trabajaba en la mítica (y ya desaparecida) agencia sueca Farfar, le pregunté cuál pensaba que era el secreto de que todos sus trabajos resonaran de forma tan relevante (para bien o para mal) entre el público. La respuesta no fue ninguna de todas las posibles respuestas que me pude haber imaginado:

“Cuando hablas con un desconocido, y ese desconocido percibe que estás genuinamente interesado en lo que te está contando, te sorprendería saber la cantidad de cosas maravillosas que puedes aprender gracias a esa persona. Nosotros hablamos mucho con desconocidos.”

Pensé entonces en todas esas ocasiones en las que renunciamos a hablar con desconocidos, eligiendo aislarnos del mundanal ruido con la música que sale por los auriculares de nuestros teléfonos. En la fila de un banco, en el asiento de al lado en un avión, al subirte al Uber/Cabify/Lyft que acabas de pedir, etc.

Imagino entonces que si te dedicas a alguna labor que tenga que ver con “creatividad” y con “poner a disposición del mundo algo que antes no existía”, debería ser una obligación el entablar conversaciones con desconocidos como parte de tu trabajo. Una o dos veces a la semana, al menos, por qué no. Como en ese fragmento de “Fight Club”, donde sus miembros salen a la calle a entablar una pelea con gente anónima, por cualquier motivo, imaginé que sería muy útil que cada jefe conminara a los miembros de su equipo a recolectar charlas con desconocidos, varias, al final de cada semana.

Nunca sabes la cantidad de cosas maravillosas que puedes aprender gracias a ellos.

El teflón y las agencias

Sartén de teflón

El teflón es esa capa aislante que llevan adherida algunos útiles de cocina (sartenes y cazos, mayoritariamente) para evitar que se pegue la comida al calentarla. Pero también es un material que impera en algunas agencias de publicidad. Me explico.

Hace algunos años, en uno de mis antiguos trabajos, existía una persona a la que apodábamos cariñosamente “El Señor Teflón”, debido a que nada se le pegaba. Fuera cual fuera la circunstancia y su gravedad, tenía la facilidad de dejar que toda la grasa se escurriera hacia abajo, hacia sus subordinados, hacia los que le reportaban, que asistían atónitos al baño de mierda que, de repente, recibían de las más altas instancias de algunas de las marcas para las que trabajaban. Digo, uno esperaría de su jefe que detenga algún balazo, no que se ponga a dispararte también.

Pero no. Y como algunos son muy listos, rápidamente deducen que si más arriba lo hacen, no hay razón alguna para no hacerlo en niveles más inferiores de la jerarquía, así que muchas veces las relaciones de un jefe con su grupo se vuelve un reino de terror, donde el primero entiende el “liderazgo” como la oportunidad de encontrar un chivo expiatorio a cada problema que se genere, a dejar pasar la mierda hacia abajo, a los más juniors, a los que menos cobran.

No debiera ser así, malaje. Si más cobras, si más arriba estás, más debieras poner la cara. Por vergüenza torera, lealtad y solidaridad hacia los que trabajan para ti. Pero sobre todo porque lo llevas incluido en el sueldo. Como la vez en que Manolo Techera me contestó acerca de la duda que traía yo sobre cómo resolver tal o cual problema:

“No te pago para que me preguntes, sino para que lo resuelvas como crees que debas hacerlo. Y no te preocupes. Si aciertas, bien por ti. Si la cagas, la culpa la asumo yo por haberte traído.

Ni que decir tiene que Manolo, que no tiene teflón alguno, tenía que tragar con la multitud de cagadas que muchos de los que trabajábamos para él hacíamos, pero nunca nos lo echó en cara. Y por eso hoy muchos podemos darle las gracias por todo lo que nos hizo crecer.

Hay mucho teflón en las agencias de publicidad, lo cual es un problema. Teflón y talento son incompatibles. El talento se cansa del teflón. Y es que si quieres talento en tus filas (y retenerlo) tienes que hacer muchas cosas, pero la primera de todas es limpiar de teflón la agencia. Porque agencias hay muchas, y si en la tuya impera el teflón (y el consiguiente río de mierda hacia abajo), el talento de que dispongas huirá en busca de un lugar donde pueda crecer. Con dificultad, pero al menos sin mala leche y con un poco más de lealtad.

Bueno en las sartenes, malo en las agencias, ¡abajo el teflón!