La agonía de las máquinas

HAL 9000

Dividir un número por 0 origina una indeterminación, que suele simplificarse estableciéndose que cuando divides un número por 0 el resultado que se arroja es infinito.

Pero ay, amigos, cuando entramos en territorios de informática y programación:

Una división por cero es en informática, y particularmente en programación, considerada como un clásico error lógico.

Puesto que muchos algoritmos informáticos clásicos de división usan el método de restas sucesivas, al ser el divisor cero, la resta como tal se ejecuta por siempre, ya que el dividendo nunca cambia. La aplicación en cuestión entra entonces en un bucle infinito.

¿Qué sucede entonces cuando una calculadora mecánica ha de dividir 1 entre 0? Que enloquece:

El vídeo, que me topé ayer en este enlace, me hizo pensar en la máquina chirriando hasta el final de los tiempos (que para ella puede ser cuando se le acaben de soltar todos los tornillos y se autodestruya). Lo que me llevó a recordar a un territorio muy explorado en las obras de ciencia-ficción, la de la máquina que se desactiva. Por ejemplo, el T-800 al final de “Terminator 2: Judgment Day”:
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Hablan de nosotros, no de fútbol

Post "Mejor que nosotros"

Este post titulado “Mejor que nosotros”, del blog de Sergio del Molino, corrió como la pólvora después de que el Bayern de Munich fuera eliminado por el Real Madrid de la Champions League de fútbol el pasado martes. Si se preguntan por qué estoy hablando de fútbol, les digo lo mismo que a todos los que entendieron que ese era el tema del que hablaba dicho post: no habla de fútbol, habla de nosotros, en todos los ámbitos de la vida.

Y una vez que terminen de leer el anterior, continúen con el clásico de David Trueba “La máquina de odiar”.

Y para que no piensen que ando de grinch en lunes, les dejo un vídeo de un tipo que hizo el baile de la película Napoleon Dynamite cien veces consecutivas:

Objetos analógicos vistos con mirada digital

No sé si recuerdan este antiguo post en este mismo blog hablando de cómo necesitábamos aprender algo que pudiera llamarse “Historia de la Tecnología”, porque este post también va por ahí. Pero mejor comienzo por el principio.

Viajar no es tan divertido si el motivo del viaje es el trabajo. En serio. Así que intento paliar el aburrimiento que me producen los aeropuertos y las escalas leyendo. Mayormente libros, pero últimamente también algunas revistas, así que me volví aficionado a la versión impresa de Wired. Encontré en la de Enero un reportaje sobre las diversas charlas del evento Wired 2011, y en la crónica de la de Richard Seymour encontré un par de textos que me hicieron click:

“¿Qué es esto?” preguntó Richard Seymour en un momento de su presentación, apuntando a una foto de una máquina de escribir proyectada en la pantalla. “La pregunta no tiene truco. Es una máquina de escribir.” Y entonces mostró un vídeo con la respuesta de un niño de ocho años a la misma pregunta: “Es una computadora que imprime mientras tecleas, y no necesitas enchufarla a ningún sitio.”

La audiencia rió, pero Seymour, diseñador, trataba de exponer su punto: una máquina de escribir es simplemente una máquina de escribir porque la percibimos como tal. Lo que inicialmente podría verse como un dispositivo desfasado y analógico podría ser el modelo a seguir para algo avanzado y digital. “No es la tecnología la que nos retrasa,” explicó Seymour. “Lo que nos retrasa es nuestra falta de imaginación.”

No necesariamente estamos viviendo una revolución digital, concluyó más tarde el conferenciante. Estamos viviendo una revolución analógica “facilitada digitalmente”.

Me pareció fascinante, una segunda vida (a través de las miradas “digitales” de quienes nunca conocieron su uso “analógico”) para todos esos objetos que parecían caducos. Porque, por ejemplo, para un niño de ocho años una máquina de escribir es un objeto cool porque imprime sin enchufarlo, y una revista impresa es, en realidad, un iPad que no funciona. Tendremos que ponernos a investigarlos de vuelta… y hablar con un montón de niños de ocho años.

Los trolls y su máquina de odiar

Siempre que aparece un troll (en cualquiera de sus formas o formatos) ejerciendo su labor de “trolleo” a toda máquina recuerdo este texto de David Trueba

La máquina de odiar

Gente que odia: Hay gente que no da un paso sin su máquina de odiar. Es una especie de barbacoa rodante anexa a ellos donde las brasas al rojo vivo alimentan su rencor, su bilis, sus complejos, su falta de iniciativa, su miseria. La gente que odia preserva su posible energía de diversión, de generosidad, de humildad, para fortalecer con lo no gastado su ingenio para el mal. Los que odian consideran que quien ocupa un lugar lo hace a costa del sitio que les corresponde a ellos, que el que sobresale lo logra porque ellos no asoman, que el éxito del otro es la razón de su fracaso. Conciben el mundo como un sistema de cupos, ignorantes de que la vida ofrece infinitas oportunidades y que la satisfacción es un estado personal e intransferible. Los que odian se desesperan sintiéndose los desafortunados en un fantasmal sistema de vasos comunicantes. Y cuando, alguna tarde, se miran al espejo y comprueban que el lugar que ocupan es tal vez el que merecen, entonces ponen a funcionar la máquina de odiar.

Puesta en marcha: Todos poseemos una máquina de odiar, la diferencia es que sólo algunos la han escogido como aliada para recorrer la vida. Se suben a ella, se guarecen tras ella, porque saben que la lava que escupe a diestro y siniestro les protegerá. Que el humo de su crematorio les impide verse a sí mismos. Su salpicadura, aunque hiere, se cura con el tiempo. El odio, no. El odio permanece, crece, se gangrena. La máquina del odio es una trituradora de sentimientos, todo le vale para extraer la esencia paranoica, esa que le permitirá ejercer el daño creyéndose en posesión de la verdad. Esa que les lleva a confundir infantilmente justicia con egolatría. En un mundo que crece desmesuradamente, que propone modelos a veces inalcanzables, que fomenta las sensaciones de fracaso y soledad, algunos optan por lo más fácil: poner a funcionar la máquina de odiar como remedio de todos sus males, como corrección de los desperfectos comprensibles de un sistema imperfecto.

Autodefensa: Si alguna vez les asalta alguno de esos individuos que accionan su máquina de odiar como un organillo, si les increpa ya sea desde el anonimato o amparado en su cobardía, si aprovecha un descuido en la defensa para clavarles el estoque, si consigue incluso formar un coro con quienes no le quieren bien o armar un batallón de odiantes profesionales, paciencia. El odio es una energía retroalimentaria, que acaba devorando a su propio dueño, que no tiene recursos frente al desprecio, que carece de futuro pues se nutre de pasado. Y sepan que aunque algunas veces, en el curso de la vida, vence el odio, el que odia siempre acaba por perder.

Y más allá de eso, recuerden, si aparece un troll en sus vidas, don’t feed the troll.

Orquestas extrañas

No sé si últimamente me encuentro expuesto a un proceso de atención selectiva con respecto a este tema, pero no dejo de encontrar reproducciones de música extrañas por aquí y por allá.

Por ejemplo, le robé este par de vídeos a Daniel Solana. El primero de ellos tiene un cierto aire de magia y decadencia, porque el ventilador arrastra la cinta del cassette de una forma en que se garantiza que el sonido será reproducido por última vez mediante este método, hola y adiós:

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