Clichés vividos al máximo

Hay veces en que los clichés se materializan de forma tan literal que da hasta risa. Por ejemplo, ya saben de ese cliché que provoca que todas las marcas quieran que sus usuarios “vivan su vida al máximo”, un mensaje enunciado de diferentes formas… incluida ésta tan explícita que me encontré ayer en una calle de la Ciudad de México:

GNC - Vive tu vida al máximo

Yo sigo pensando que las marcas deberían prestarle más atención a la gente que quiere vivir su vida al mínimo 🙂

Historia de una pared, historia en una pared

Al toparme con la historia de la pared que se relata en este post me acordé este antiguo post de Salles, narrando sus aventuras en la UNAM. Creo que la secuencia de fotografías es suficientemente autoexplicativa:

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Ojalá las historias contadas en las vallas y billboards de todas esas campañas que decoran el paisaje de las ciudades fueran tan originales como la de esta dinámica.

(vía Patola)

La última “Última hora en línea”

¿No viviríais más felices sin ese dichoso dato de la hora a la que estuvo conectado/a por última vez tal o cual persona en Whatsapp? Supongo que muchos ya lo sabrían, pero hoy me enteré, gracias a Mr. Arzola, que uno puede desactivar ese dato para que ni aparezca el tuyo ni puedas ver el de los demás: un layer menos de ansiedad.

El proceso es muy simple. Desde tu aplicación de Whatsapp ve a SETTINGS y selecciona la opción CHAT SETTINGS:

Menú de opciones de Whatsapp

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Mensajes a ti mismo en el futuro

Me pareció muy interesante la anécdota que relataba Jorge hace unas semanas en su cuenta de Facebook, un mensaje auto-enviado desde el pasado que se le aparece en el presente, recordándole ver con su primer hijo (entonces por nacer) la película que él estaba viendo en ese momento:

Mensaje enviado al futuro por Jorge hace 6 años

Qué interesante experimento ese en que haces algo tan simple como agendar algo en tus herramientas de Calendario (Google, Yahoo!, iPhone, etc.) y seguir con tu vida, con el único compromiso de que el día en que esa notificación llegue, dejes todo para atenderla como es debido. Qué interesante experimento, repito… porque quién sabe dónde estará cada cual dentro de seis años.

Conversaciones telefónicas con tu perro

Tanto si les gustan los perros como si no (pero si sí esto tendrá mucho más sentido), imaginen que la emoción y ansiedad que muestra el animalito cada vez que saquen una pelota con la que él pueda jugar se las transmitiera vía un mensaje de texto a su teléfono móvil:

O que les mandara un mensaje cada vez que destroce un zapato, vea un fantasma o se meta en problemas con la mafia de las ardillas del vecindario. Justamente de eso trata este fanpage llamado “Text from Dog”, un hilarante recorrido telefónico de la vida de un perro con teléfono y su dueño.

Mensajes de ausencia

Llevo unos días de vacaciones, pero como olvidé programar alguna auto-respuesta en mi correo cada dos por tres alguien me escribe y el teléfono hace BLIP BLIP, descargando nuevos mensajes. Yo me niego a leerlos, pero ahí están, al acecho.

Quizá para la próxima le copie su mensaje a Carmen, para que sea imposible encontrarme:

El 90 y el 10 de las marcas

La semana pasada acudi a un evento en Puebla en el que tuve la suerte de coincidir con Dan, de la Escuela Complot, que también daba una charla, y me resultó muy divertido un ejemplo que narraba de publicidad unidireccional, donde la marca pone todo el mensaje y no deja nada abierto para que los usuarios se involucren. Resulta que el Banco Santander (en España) lanzó una campaña donde le dicen a la gente que quieren ser su banco de esta forma tan… literal:

“Queremos ser tu banco”. Y decía Dan que claro, joder, claro que el banco quiere ser tu banco, para eso hacen publicidad, para que los elijas. Entonces, extrapolando a otros territorios, es como si una marca deportiva te dijera que quiere ser tu zapatilla, o una de refrescos te dijera que quiere ser tu refresco favorito. Pos claro, decía Dan, pero eso la gente ya lo sabe, que el banco quiere ser tu banco.

Se preguntaba Dan, entonces, si no hubiera sido mejor poner algo del enunciado en manos de la gente. Gastar el tiempo y el dinero no en decir cosas como “somos el mejor banco por esto, esto y esto otro” sino invertirlo en decirle a la gente algo como “eres el cliente que queremos en un banco como el nuestro”. O sea, un “queremos un cliente como tú”. O sea, dar más valor a la gente en vez de hablar tanto del valor de lo propio, por aquello de generar algún tipo de empatía y no ser percibidos como unos gritones arrogantes.

Y me acordé entonces de la película “Hitch”, donde Will Smith cuenta que para dar un beso no hay que llevar tu boca hasta la de la persona receptora, sino recorrer sólo un 90% del trayecto, esperando que la otra parte, interesada, cubra el 10% restante, tal como se puede ver en el minuto 2:10 del siguiente vídeo:

Creo que algo así es lo que yo pretendía decir cuando escribí aquel post sobre cómo podría ser la “Anatomía de una campaña digital (o no)” de hace un par de años, de cómo las marcas se ponen (la mayoría de las veces) en el centro del universo y pretenden que todos orbitemos a su alrededor, con esas dinámicas novedosas y originales de “graba y comparte tu vídeo para ganar un iPad”, lo cual excede (por mucho) ese 10% que la gente debería recorrer.

No. No funciona así para la mayoría, y por eso esas dinámicas no funcionan. Igual lo único que la gente quiere es que la quieran un poquito y le den un pequeño espacio donde poder expresarse u obtener algo de utilidad o entretenimiento a cambio del tiempo que la marca le pide que invierta.

O sea, recibir un 90% del camino para que, con un pequeño esfuerzo del 10% restante, haya un beso. Y como saben, si hay algo de lo que el mundo está necesitado, es de besos. Así que estaría bien que desde agencias y marcas fuéramos creando más oportunidades para que el mundo se besara más, porque si no los publicistas nos vamos a quedar sin trabajo.

Y yo aún espero que no.

Business strategy = money, Brand strategy…

Mensajes que se disuelven

Digital City

Debo de confesar que fue solo hace poco, muy poco… (¡ok, días!), que me topé con el término postpublicidad. Como ya apuntaba Granatta en el generoso post que escribió como mi bienvenida a este blog, vengo aterrizando a este mundo de la publicidad después de transitar mucho tiempo por los áridos pasillos de la universidad. Y, sin embargo, será probablemente por esos años en el mundo académico — siempre obsesionado con terminejos prefijados con ‘post’: post-modernismo, post-estructuralismo, post-constructivismo — que lo de post-publicidad captó inmediatamente mi atención. Ahora creo que si me interesé por ‘regresar’ al mundo de la comunicación creativa, e involucrarme particularmente en la publicidad, fue porque reconocía ya los contornos de algo así como lo que Solana llama postpublicidad.

En los últimos años, me ha interesado el desarrollo relativamente reciente de un tercer paradigma computacional, conocido como ubiquitous o pervasive computing. La idea es sencilla, hubo una primera etapa dominada por computadoras tan grandes como el cuarto de máquinas de un barco (las famosas mainframes), y después una segunda de computadoras a escala personal (de escritorio y “de regazo”, aunque… ¿alguien ha aguantado por mucho tiempo el calor de una laptop en las piernas? ¡Auch! “toasted skin syndrome”). Pues ahora se supone que entraremos en una tercera etapa dominada por computadoras digamos… ‘hipopersonales’, es decir, computadoras pequeñitas incrustadas por todos lados: en nuestras casas, nuestras cosas, nuestra ropa y, por supuesto, nuestros cuerpos.
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La literalidad de las marcas

¿Han buscado alguna vez “emoción” en Google? ¿O “gente emocionada”? ¿Y les emociona lo que encontraron? Supongo que por lo general no.

Y es que a veces la literalidad no genera aquello que trata de describir literalmente. Le pasa mucho a las marcas y debe ser por aquello de estar tantos años haciendo spots de televisión, ya saben (en general y en este orden):
1.- Personaje
2.- Problema
3.- Producto que se usa
4.- Problema que desaparece
5.- Cierre donde aparece el producto

Siempre (por lo general) en una cadena más discursiva que otra cosa, por la cual (y en general) si se habla de “emoción” aparece gente emocionada en vez de imágenes que hacen emocionarse al que está viendo el anuncio. O sea, todo muy literal. Y así, cuando aparecen nuevos medios donde la gente participa, resulta que los usuarios se instalan, por ejemplo, una aplicación de una marca en Facebook donde aparece en repetidas veces la palabra “emoción”, aun cuando lo que ellos sienten al usarla es la palabra “tedio”.

Es como si esa “literalidad lineal” o “linealidad literal” fuera uno de los factores por los cuales es tan complicado para algunos creativos tradicionales o para algunos responsables de marcas hacer o aprobar ideas que tengan un núcleo digital, porque en estas últimas el centro es la gente, mientras que en las primeras lo que está en el centro es la marca (o su producto), como alguna vez enunciamos en este post de anatomía de una campaña digital (que por cierto aún sigue esperando a ser destripado por ustedes, amables lectores).

Debería entonces existir una fórmula de conversión, de cómo traducir los factores de una historia contada de forma lineal a factores de una historia contada a partir de la interacción de los usuarios con ella. Algo como que el (mensaje) que la marca lanza en el spot de televisión equivale en digital a (una pieza + la interacción que el usuario realiza en ella generando un resultado). Y que lo que en el spot es el (producto) en la pieza digital es esa (pieza digital en sí misma). Y que si en el spot se dice que el producto (hace tal o cual cosa) en la pieza digital el usuario (experimenta esa tal o cual cosa).

Resumiendo, que cuando se hable de emoción lo que ocurra sea que yo sienta emoción. O ingenio, o frescor, o lo que sea, pero no porque me lo dicen sino porque yo lo siento. O sea, no tan literal, por favor.