La agonía de las máquinas

HAL 9000

Dividir un número por 0 origina una indeterminación, que suele simplificarse estableciéndose que cuando divides un número por 0 el resultado que se arroja es infinito.

Pero ay, amigos, cuando entramos en territorios de informática y programación:

Una división por cero es en informática, y particularmente en programación, considerada como un clásico error lógico.

Puesto que muchos algoritmos informáticos clásicos de división usan el método de restas sucesivas, al ser el divisor cero, la resta como tal se ejecuta por siempre, ya que el dividendo nunca cambia. La aplicación en cuestión entra entonces en un bucle infinito.

¿Qué sucede entonces cuando una calculadora mecánica ha de dividir 1 entre 0? Que enloquece:

El vídeo, que me topé ayer en este enlace, me hizo pensar en la máquina chirriando hasta el final de los tiempos (que para ella puede ser cuando se le acaben de soltar todos los tornillos y se autodestruya). Lo que me llevó a recordar a un territorio muy explorado en las obras de ciencia-ficción, la de la máquina que se desactiva. Por ejemplo, el T-800 al final de “Terminator 2: Judgment Day”:
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El Internet según David Bowie

Bowie y el Internet

De entre los miles de comentarios, elegías y panegíricos que encontré ayer en mis feeds de redes sociales al respecto del fallecimiento de David Bowie, me parecieron destacables estos dos vídeos de antiguas entrevistas suyas, uno sobre la importancia y relevancia del hip-hop como género, y otro sobre el alcance e influencia de Internet:

David Bowie Explaining the Importance of Rap in 1993

David Bowie, in the '90s, explaining why he believes rappers were the only artists being truly creative.

Posted by Pigeons and Planes on Monday, January 11, 2016

Watch Bowie perfectly predict the internet's impact on music and society 15 years ago.

Posted by FACT Magazine on Monday, January 11, 2016

Dice el periodista (en el 5:03), que nos puede parecer un poco cuadrado porque ambas entrevistas están realizadas en los años 90:

– But the internet is just a tool, isn’t it?
(“pero Internet es sólo una herramienta, no?”)

– Oh no…, it’s an alien life form, and it just landed here!
(“Oh, no, es una forma de vida extraterrestre… ¡y apenas acaba de aterrizar aquí!”)

* puedes ver la entrevista completa aquí *

Soy fan es de la gente que lo tiene claro, meses o años antes de que aquello de lo que hablan llegue a conocimiento y entendimiento de la mayoría. Para diseñar el futuro (o futuros) hace falta que alguien trace un mapa de hacia donde nos dirigimos, y aunque por el camino uno termine descubriendo que el futuro no es tan así como uno pensaba, habrá descubierto que esa claridad en la ruta es capaz de iluminar e inspirar a miles de personas.

Ese es para mí el valor de la obra de Bowie, por encima incluso del factor puramente musical. Años y años de talento y reinvención para influir a cinco o seis generaciones de artistas, en un mundo que ya nada tiene que ver con el que era cuando comenzó su carrera.

Como Val del Omar. Como los futurólogos que debiera tener cada compañía.

Plataformas con anticuerpos

El virus de la publicidad

“Un anticuerpo son las sustancias que crea nuestro cuerpo, para combatir cuerpos extraños (es decir bacterias y virus). Si no tuviéramos anticuerpos las bacterias y virus acabarían con nosotros. Cada virus y bacteria necesita un anticuerpo distinto, y algunos anticuerpos son más difíciles de producirse.”

Encontré la definición aquí, porque me parecía que necesitaba una definición simple para intentar explicar, frente a todas esas voces que claman por la muerte de la publicidad, que en realidad la publicidad no es otra cosa que un virus que busca introducirse en cuantos sistemas se lo permitan. Y que no puede morir porque siempre va mutando, como un Ébola o la gripe, y que es muy distinto que desaparezca a que consigamos erradicarlo o, al menos, mantenerlo bajo control.

Quizá lo que ocurre hoy, entonces, no es que la publicidad esté muerta ni patas arriba ni nada que se le parezca, sino que cada nueva plataforma que nace, hija (de alguna forma) de alguna que la precedió, contiene anticuerpos que impiden que nuestro virus favorito se manifieste en ella de alguna manera. Si no me siguen, piensen en cuántas campañas publicitarias han visto en sus televisiones o en sus timelines de Twitter o Facebook y cuál (si es que han visto alguna) recuerdan haber visto mientras usaban Snapchat o Kik.

Pero recuerden que también a veces necesitamos de los virus, para que nuestros cuerpos generen los anticuerpos que necesitan para defenderse de ellos. O sea, hablamos de algunas de esas plataformas que, por no tener muy claro cómo poder ofrecer espacios para que las marcas hagan publicidad acaban por perderse de una buena cantidad de dinero, que quizá les permitiera mejorar dicha plataforma y mantenerse por delante de otras que puedan estar ofreciendo un servicio similar a los que la utilizan. No tiene por qué ser en forma de anuncio. Puede ser con contenido, compartiendo con otros usuarios o incluso con cupones… ¿ven? Maldita publicidad, otra vez mutando para hacerse un hueco.

Nuestro virus favorito.

El sexto sentido de los banners

Who look at banner ads

Las mayoría de las últimas veces que he dado click a un banner ha sido por accidente. Es una sensación muy rara porque, al ser los clicks involuntarios, todo comienza a “flotar” en una especie de pausa extraña, en la que mi navegador se queda pensando mientras abre la página a la que dirige el banner, y yo me quedo pensando en que no entiendo lo que está pasando, porque quería hacer otra cosa y de repente estoy esperando a que se abra una página que se abre porque hice click en un banner.

Me pregunto si alguien que no sea publicista sigue dando click a los banners. Que las agencias creativas siguen haciendo, por cierto. Y las de medios pautándolos, válgame Dios (haz click en la imagen para que veas qué cosas se me aparecen estos días):

Banner de Oprah

Aún así, hay personas que dice que los banners no están muertos, y a mí me parece muy bien, porque está muy bien que cada uno crea en lo que le dé la gana. Pero si es verdad que los banners no están muertos pese a que la gente la gente no les hace caso, imagino entonces la vida de un banner como la de la Bruce Willis en “El sexto sentido”, después de descubrir que lleva muerto toda la película. Qué tragedia, qué vacío existencial.

A ver si va a resultar que los únicos que hacen click en los banners son los psicólogos, para mantener a los banners con vida y así poder cobrarles por hora.

Silencios

Este no es el tipo de post que un servidor suele escribir en este blog, pero hoy voy a escribirlo así porque este 12 de Marzo es un día chungo (como se diría en España) o culero (como le dirían en México). Un día jodido, vamos. Un día que amerita el contar una historia.

Hace cuatro años, obviamente, también era 12 de Marzo y yo estaba en La Paz (Baja California Sur, México) para dar una conferencia. Un día antes se habían cumplido cuatro años de los atentados en los trenes de Atocha (Madrid, España) y tres días antes el PSOE había vuelto a ganar las Elecciones Generales en España. Fue ese domingo cuando mi padre me dijo escuetamente por teléfono que estaba “enfermo”, que su piel tenía un tono amarillento y que pensaba que pudiera tener ictericia, una enfermedad que se manifiesta cuando en el cuerpo hay problemas que van desde serios hasta muy graves.

Al día siguiente, lunes, le realizaron varios análisis clínicos, todos los cuales descartaban cualquier tipo de tumor como parte del problema, citándole dos días después (o sea, ese día 12 del que hoy se cumplen cuatro años) para una intervención quirúrgica que sirviera para atajarlo de raíz. Y así estaba yo ese día, recién terminada mi conferencia (a cuya foto pertenece la imagen de unas líneas más arriba), pendiente del teléfono móvil para saber cómo había transcurrido la operación, compleja pero hasta cierto punto “no de riesgo”.

Cuando mi teléfono sonó por fin, mi madre, desde el otro lado de la línea me dijo que me sentara, porque había de contarme que los médicos, al abrir al paciente en busca de su vesícula biliar (la que estaba generando toda la bilirrubina y produciendo esa ictericia) habían encontrado varios tumores. Y uno de ellos, en el páncreas, en avanzado estado.

Pérdida
Menos de tres meses después (el 8 de Junio de 2008), mi padre falleció. Les ahorro los detalles para decirles que por muy asumido que tengamos que la muerte es parte de la vida, uno nunca está preparado para comprender la partida de un ser querido, joven o anciano, y que el famoso dicho del “es ley de vida” no le quita a uno ni un gramo de dolor. Mucho menos cuando mi padre tenía 59 años y aún le quedaba tanto por vivir, y a mi madre y a mí con él, supongo.

Para acompañar el cuadro, dos eventos más (ambos patéticos y ambos de pérdida) adornaban la escena de mi vida. Uno en Diciembre del año anterior. Otro en ese mismo mes de Junio. Y no sé si alguna vez han vivido una desesperación de esas en que uno termina por sentir que su cuerpo se vacía por dentro, como el agua se marcha por un desagüe en un lavabo. Así es como yo me sentía, sereno pero solo, vacío e impotente.

Soledad
Hay distintos tipos de soledad y a todas hay que acostumbrarse. Por ejemplo, la Ciudad de México es una urbe gigantesca llena de gente que en realidad se siente muy sola, alienada, pero con la ventaja de que hay muchas cosas por hacer. La soledad en esta ciudad se puede paliar si tienes ánimo y fuerza de voluntad.

En cambio, Saltillo, que es donde yo residía entonces, es un lugar más pequeño, lleno de las costumbres y rutinas que se generan en los lugares donde no hay tanta diversidad de opciones. Y aun con ánimo y fuerza de voluntad, uno termina arrastrado a los mismos lugares a los que ya solía ir anteriormente.

Pueden imaginarse el grado de soledad que me acompañaba al regresar de España, sin nada más que rutina por delante y toda mi familia a doce horas de distancia en avión.

Puente
Desde la distancia de estos cuatro años, creo que nunca he crecido tanto en mi vida como en aquella época. Porque aun estando con gente, me sentía tan en soledad que el silencio que la vestía me sirvió para comenzar a tomar decisiones. A distinguir lo importante y a desprenderme de lo que quizá era doloroso pero no tan grave. Pero, sobre todo, el silencio se volvió el lugar en el que escuchar lo que probablemente mi padre hubiera comentado si yo le hubiera preguntado sobre tal o cual tema acerca del cual necesitara tomar una decisión.

Las opciones que uno elige cuando está tan a solas consigo mismo contenían así una cierta equidistancia entre la cabeza y el corazón, al punto de que ese silencio se volvió un puente entre ambos lugares, para que cada decisión tomada con la cabeza tuviera un poco de corazón en ella, o que de igual manera todas las corazonadas llevaran anexas consigo una cierta sensatez.

Silencio
No hay ningún tipo de trasfondo religioso en las próximas líneas, pero creo que los que se van siguen al lado de uno aunque ya no estén físicamente presentes. Lo creo firmemente en el caso de mi padre, y creo también que es el silencio el lugar desde donde me habla. No sé si les parezca absurdo, pintoresco o irracional, pero así es como funciona para mí. Y a lo mejor funciona para ustedes si se ven en la misma situación o a lo mejor no, no creo que haya ninguna fórmula.

Lo que sí parece funcionar como un reloj es el hecho de que en silencio uno escucha cosas que en otro lugar no podría escuchar por estar sepultadas bajo el ruido. Y en vista de que hoy todo el mundo parece tener una opinión para todo y para todos a cualquier hora y en cualquier plataforma, no debieran desdeñar el potencial que tienen esos momentos en los que la única opinión que cuenta es la suya. Si piensan en la cantidad de cosas que dependen única y exclusivamentemente de ustedes mismos, verán que no son tantas como para andar desperdiciándolas.

Dicho lo cual, nada de este texto-exorcismo quita que hoy siga siendo 12 de Marzo, un día especialmente chungo, culero y jodido. Pero al menos sí puedo terminar diciendo que, gracias a esos silencios, hoy soy un mejor tipo que hace cuatro años, porque a veces hay en ellos más sabiduría que en la más convencida de las voces.

Desparramados por ahí, capítulo 14

Con algo de retraso, una actualización con los variados temas a los que últimamente dediqué mi colaboración semanal con la edición online de la revista Merca 2.0:

Artículo para Merca 2.0 - 150110

Artículo para Merca 2.0 - 220110

Artículo para Merca 2.0 - 290110

Artículo para Merca 2.0 - 050210

Artículo para Merca 2.0 - 190210

Artículo para Merca 2.0 - 260210

Artículo para Merca 2.0 - 050310

Artículo para Merca 2.0 - 120310

Artículo para Merca 2.0 - 260310

Artículo para Merca 2.0 - 300410

Artículo para Merca 2.0 - 070510

Artículo para Merca 2.0 - 140510

Artículo para Merca 2.0 - 280510

Artículo para Merca 2.0 - 040610

Artículo para Merca 2.0 - 110610

Bill Gates y la adorable pantalla que falla

Hoy en Twitter me descubrí en una lista llamada “wild-geeks-adventure-club”. No sé si soy “wild-geek”, pero probablemente sí que soy medio-geek y por eso siento tengo fascinación por el número 404 allá donde voy. Puesto que es el número que se muestra cada vez que no se encuentra un documento al otro lado de un click sobre un enlace para acceder a un contenido online, cada vez que piso un hotel y estoy en el piso 4º acudo raudo y veloz a tomarle foto a las puertas de las habitaciones 404, en la creencia de que cuando uno abre dichas puertas encuentra el vacío al otro lado. O el espacio infinito o un canvas en blanco como si todo fuera The Matrix.

A veces, los viajes ofrecen grandes momentos geek, como por ejemplo éste en el aeropuerto de Denver (Estados Unidos), un día en que me tocó salir por la puerta 404 (aunque sí había cosas al otro lado de la misma… Denver):

Salida del aeropuerto de Denver

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