Abogados, enfermeros, creativos y Perogrullo

Vaso medio lleno

No es por ponerme nostálgico con el cambio de año, pero recordando los tiempos en los que lanzamos Enchingatown vino a mi mente la anécdota de un enfermero muy enfadado porque, según él, no había badges para poder expresar que él también estaba en Enchingatown en Urgencias.

“Claro,” pensé yo, “porque si tú estás Enchingatown, lo último que necesitarían tus pacientes es que estés haciendo check-ins en tu teléfono.”

Su respuesta fue un artilugio perfecto de cachetada pasivo-agresiva (más agresiva que pasiva): “No me parece justo, porque mi trabajo sí es importante. Si yo la cago, alguien muere. Tú eres publicista. Si la cagas, no le importa a nadie. Por eso debería haber badges para mí.”

Aún sangro por la herida varios años después, pero es algo sobre lo que me ha tocado recapacitar mucho (aunque sea una perogrullada), el privilegio de quienes nos dedicamos a algo que tenga que ver con la “creatividad” (en cualquier ámbito).

Si a ese enfermero se le murieran nueve de cada diez pacientes, nunca querrías saber nada de él ni del lugar donde trabaja.
Si un abogado perdiera nueve de cada diez casos, nunca lo contratarías.
En cambio alguien puede tener nueve malísimas ideas, incluso una décima y una undécima. No importa. Si encuentra una buena, nadie recuerda ninguna de las otras.

Dedicarse a algo que requiera “creatividad” implica poder vivir la vida en el mundo del vaso medio lleno, aunque lo lleno sean dos o tres simples gotas. Es más que suficiente.

O sea, que el coste de cada riesgo tomado es 0, porque si algo no funciona en realidad no muere nadie. O como dice muy sabiamente Luis Gaitán: “It’s bold or never”.

Justin Bieber y lo que criticamos de la “gente”

Parece ser que una consecuencia más del cambio al que la tecnología nos ha sometido a todos es el de que juzgamos en vez de intentar comprender. Me explico. Cuando comenzaron a popularizarse las descargas de música por Internet, uno de los lamentos más repetidos era el de “¿A ti te parece justo que un artista trabaje un año completo en grabar un disco y luego la gente se lo descargue gratis?”. Probablemente no sea justo, pero ya no importa si lo es o no, porque igualmente la gente lo hace. En cuanto la industria musical se dio cuenta de ello, dirigió la mayor parte de sus esfuerzos no ya a intentar castigar a los que descargaban contenido, sino más bien a intentar crear un contexto en el cual esas nuevas interacciones pudieran controlarse mejor para, sobre todo, obtener negocio a partir de ellas. Spotify es un buen ejemplo.

Algo similar pasa cuando estamos online y vemos qué es lo más visitado y compartido: memes de gatos, niños que ríen, caídas espantosas y, en general, una amplia variedad de contenidos que podríamos definir como “weird”. Y es que en esta época, el concepto de lo que es “bueno” o “relevante” ya no depende de lo que diga una marca o sus agencias, sino que es la gente la que lo decide. Y los gustos de la gente son, con frecuencia, bastante bizarros. Y es en ese punto donde nosotros, que trabajamos en publicidad, comenzamos a juzgar acerca de aquello que ve la gente. Que si esto es pésimo, que si es incomprensible, que si la gente “está tonta”, etc.

Pero creo que, al igual que en el tema musical, el juicio aquí debiera ser el mismo. No importa lo que la gente “sea”, porque sea lo que sea esos son los contenidos que comparten en vez de las campañas que con tanto lustre, bombo y platillo se lanzan cada cierto tiempo. Pareciera como si ese intento nuestro de distanciamiento “pseudo-intelectual” con respecto a los gustos de la masa nos dejara a la misma distancia por la que, en tantas ocasiones, nos referimos a los usuarios como “el target”, como si nosotros no fuéramos también parte de esa misma colectividad. Como si a veces pareciera que los que trabajamos en marketing y publicidad no nos compartiéramos vídeos de gatos, sino sólo conferencias de Alejandro Jodorowsky.

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