Desbloqueos a la hora de pensar: Oblique Strategies

Oblique Strategies

Interesante técnica para ayudar a combatir bloqueos a la hora de pensar. Estamos con un brief adelante, quizá ya hemos descartado varias ideas, o ya estamos en la tercera o cuarta ronda tratando de cerrar algo…

Aquí es donde nos puede dar una mano nada más y nada menos que… ¡Brian Eno!

El punto es que él, junto a Peter Schmidt, un pintor alemán que hace muchos años (hablamos de los 70’s) ya experimentaba con multimedia, crearon en 1975 una serie de tarjetas que tenían por objetivo ayudar a artistas (particularmente músicos) a romper bloqueos creativos, impulsando lo que se conoció como pensamiemto lateral. Estas tarjetas, que vienen en una pequeña caja negra, se llaman “OBLIQUE STRATEGIES”.

Tarjetero

Los tiempos cambiaron, las tarjetas siguen existiendo (se pueden comprar por 35 Euros aquí en el site de Brian Eno) pero también hay quienes se tomaron el trabajo de volcarlas a soportes digitales. Así que acá van un par de links para poder usar estas tarjetas, que de manera totalmente aleatoria y casi infinita, nos traen frases y consejos que nos pueden ayudar a la hora de pensar:
http://www.joshharrison.net/oblique-strategies/
http://oblicard.com/

Chiste geek para una tarjeta geek

A lo que uno se expone cuando se hace unas tarjetas de presentación bastante geek

… es a que te hagan comentarios más geek incluso que las propias tarjetas:


*”El único problema es que si la agarras de la esquina derecha, la tarjeta desaparece”*

Ja.

Los códigos y mi pereza

Desde hace ya algún tiempo se encuentra uno con estas tarjetitas cada vez que llega a pagar a la caja de algún Starbucks (parece que voy mucho últimamente).

En principio la idea tiene toda la lógica del mundo, obtener una canción gratis a cambio de una visita al establecimiento (generalmente acompañada de una consumición), pero lo cierto es que nunca en la vida me ha dado por acudir a iTunes (en mi portátil o en el teléfono) e introducir el código que trae cada tarjeta en su parte posterior. Quizá podrían resultar útiles si en vez de un código trajeran un QR-Code que pudiera fotografiar para descargar la canción directamente. O que al menos cada tarjeta resultara un objeto de colección con una estética que tuviera un acabado algo más especial, uno que hiciera merecer la pena guardarla como quien guarda un cromo de los que se coleccionan, para que quizá descargar la canción fuera lo de menos.

Pero no, nada de eso, y la verdad es que a mí toda la logística para conseguir cada una de esas canciones me da demasiada pereza, sobre todo porque tardo mucho menos en abrir mi cuenta de Spotify y buscar allí ese tema sin necesidad de introducir ningún código ni descargar nada de nada. Quizá en esta época, en que la música es tan accesible que ya ni el formato importa, este tipo de tarjetas y acuerdos deberían realizarse para ofrecerle a la gente algo que no puedan conseguir en ningún otro lugar, para darle algún valor al objeto del regalo. Como cuando conectarte al Wi-Fi de un Starbucks en Estados Unidos te permite acceder, vía iTunes, a la estación que emite la música que ambienta cada uno de los establecimientos. Ahí sí, pídanme cuantos códigos quieran. Pero por una canción que puedo conseguir en cualquier otro sitio… pues como que no.

Imágenes hermosas sin motivo aparente, capítulo 17

Después de algún tiempo sin publicar imágenes de este tipo, dos nuevas imágenes que me parecieron hermosas sin motivo aparente. La primera de ellas se la robé a Quique, dos dedos protagonizando una escena de alta tensión:

La segunda es (o fue) la imagen de perfil en Facebook de Andrea Ortega, original sin duda alguna por cómo revela todas sus identidades online de un solo vistazo:

Preparando café

Hace unos días, a muchos kilómetros de aquí, terminó el fascinante experimento concebido por Jonathan Stark de regalar café de Starbucks a todo aquel que utilizara su tarjeta de usuario.

Hace un rato, también en un Starbucks (pero éste en la capital mexicana) me encontré con este pequeño cuatríptico en la zona donde uno se pone azúcar en la bebida cada vez que visita uno de los establecimientos de la cadena. Probablemente esta información lleva en ese lugar desde tiempos inmemoriales, pero no fue hasta hoy en que a mí me dio por leerlo y fotografiarlo luego (click sobre ambas imágenes para verlas a mayor tamaño):

Con una dirección de arte bastante interesante, el papelito de marras te lleva a conocer cada una de las bebidas existentes en el menú del establecimiento, pero lamentablemente no te resuelve uno de los mayores problemas que ocurren cuando acudes a Starbucks por vez primera: no tienes ni la más remota idea de cómo pedir aquello que habitualmente tomas (café, té, etc.), y, peor aún, no te atreves a preguntarlo para no quedar como un completo ignorante ante las otras personas formadas en la fila.

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American Express no me quiere

No sé si les habrá tocado verlo en alguna ocasión, pero en algunos aeropuertos (al menos en algunos de México) American Express tiene unos pequeños stands-oficina desde los que ofrece a los viajeros adquirir alguna de sus tarjetas. La verdad es que nunca me detengo a escuchar exactamente la propuesta, pero al menos aprecio que me pregunten si estoy interesado, por aquello de sentirme más o menos “importante”. Hasta hoy.

Hoy sí me interesaba adquirir una, de modo que cuando la señorita de turno se me acercó con la propuesta le respondí que sí estaba interesado. Entonces comenzó a decirme que necesitaba una credencial del IFE (el equivalente al DNI español), a lo que sólo pude contestar que no tenía, pero que si le servía mi documento migratorio FM3. Como parece que sí, primera prueba superada.

Fue sólo dos segundos antes de recibir la instrucción de rellenar un formulario y presentarle una tarjeta de crédito de algún banco de México, a lo que le respondí que no tenía ninguna y que por eso quería contratar una con American Express. La señora, muy amablemente, me comentó que entonces no podría realizar ningún trámite con ellos, a lo que le respondí que las únicas tarjetas de crédito que tengo son de España, y que las únicas tarjetas bancarias que he tenido en México han sido de débito. Ahí fue donde la situación se volvió delirante al recibir este comentario por parte de mi interlocutora:

No se preocupe, puede ir en los próximos días a conseguir una tarjeta de crédito en una entidad bancaria, y dentro de un año le esperamos cuando regrese con todo gusto, señor.

Horas después aún no soy capaz de procesar la desfachatez de semejante frase, así que no pude por menos que contestar:

¿Usted cree que yo voy a estar un año esperando a contratar una tarjeta con ustedes? ¿No cree que son ustedes los que deberían estar pendientes de mí y de lo que quiera hacer con mi dinero?

La pobre señora, avergonzada y presa de su comportamiento autómata, no comprendía que mi reclamo no era hacia ella, sino hacia el sistema para el que trabaja. No comprendo cómo una persona que quiera gastarse su dinero en algo propiedad de alguien vea impedidas sus intenciones por ese alguien dueño que vende ese algo. Quizá, entonces, American Express debiera dejar de lanzar campañas donde habla de las personas como personas y no como números, según decían hace algo menos de dos años. Quizá debieran comenzar por dejarse de tanta gilipollez y regresar al principio de todo, al sentido común y a interesarse por quienes tengan interés genuino por ellos.

Y es que yo sólo quería una tarjeta de crédito, pero hay que ver qué complicado lo vuelven todo. Tanto que cualquiera se fía de una campaña de publicidad más de esta gente, qué bárbaro.