Atrapado en un episodio de Lost

Por fin llegué a México. No fue tan sencillo, porque la forma de salir de Argentina y las cenizas chilenas fue mediante un itinerario Buenos Aires-Santiago de Chile-Miami-Ciudad de México, incluyendo una escala de quince horas en la ciudad estadounidense debido a vuelos con sobreventa de billetes y otro par de retrasos más. En determinado momento, y mientras esperaba, ocurrió esto que dura 25 segundos en el vídeo pero dos horas en la realidad, con la alarma disparándose y el consiguiente mensaje de que los bomberos iban a investigar por qué se había disparado dicha alarma:

Recordé entonces a Desmond, el personaje de Lost que enfermizamente introducía números en la terminal de esa escotilla que se convierte en uno de los primeros misterios de la afamada serie de televisión. O a mí mismo cuando me instalé una intrigante aplicación de iPhone llamada Doomsday Terminal, que requería introducir cada 108 minutos una secuencia de números de tu elección (es obvio que los más fans elegíamos 4, 8, 15, 16, 23, 42), en un juego que consistía, simple y llanamente, en resistir.

Lástima que la aplicación ya no está en línea, pero siempre puede uno consolarse con algunas que tratan de emularla, sin tanto éxito, como por ejemplo, Dharma Clock, que convierte el apagar la alarma del despertador del teléfono en (de nuevo) introducir los numeritos de rigor, lo que me parece un coñazo y ni de lejos tan divertido como era el juego, que ponía a prueba la resistencia de uno y su capacidad de aguantar haciendo algo cada poco más de hora y media.

Y de todo eso me acordé mientras sonaba la alarma en el aeropuerto de Miami. Pero bueno, que ya estoy de vuelta en México.

PS: Ligeramente relacionado con el tema, qué divertido como Natalia Rodoni y Nico Pimentel, dos de los jurados argentinos en el Festival de Publicidad de Cannes de este año, eligieron el camino de en medio para salir de Argentina, en un recorrido que narraron en el hashtag de Twitter #rodmovie y que pueden ver en este vídeo.

Los irresistibles QR-Codes

Yo la verdad es que no sé cómo andan las estadísticas de uso de los códigos QR, si sube o baja, si sólo es una cosa de early adopters o si ya es muy popular, ya saben, todas esas cifras con las que de repente se matan ideas propias y ajenas sólo porque un número dice que de momento la gente que usa una tecnología determinada no es “suficiente”. Pero entonces estamos en un bucle terrible, porque como la cifra nunca llega al número deseado nunca invitamos a la gente a que la use para que así un día podamos llegar a la cifra que deseamos.

Bueno, no sé. Sólo sé que últimamente, cada vez que veo uno de estos códigos, tengo que ir corriendo a tomarle foto y escanearlo para saber qué dice o a dónde me lleva. Y simplemente soy un tipo con un teléfono que sabe que hay unos códigos que se llaman QR y que sirven para acceder a nuevos contenidos. O sea, que no soy tan especial, y esta tecnología quizá tampoco lo sea.

Desparramado e interactivo, capítulo 19

Mi columna de Marzo para Interactiva Digital rescata un antiguo post de este blog, acerca de cómo la tecnología nos lleva, en ocasiones, a un camino de realidad simulada digna de Jean Baudrillard.

Portada Interactiva Digital Marzo 2011

De cuando las fotos reemplazan a los recuerdos
Miguel (mi jefe) siempre dice que él no toma fotos en sus viajes, que prefiere quedarse con los recuerdos generados en los mismos porque probablemente esos recuerdos lo son de los momentos por los que el viaje mereció la pena. Algo así. Yo, en cambio, tomo muchas fotos, quizá porque nunca salgo en ellas, y luego suelo subirlas a Flickr, y ahí se quedan como una especie de bibliografía de los kilómetros (aunque cada vez soy más perezoso, lo reconozco).

Recuerdo algunas fotos personales, eso sí, como alguna en la que una compañera de trabajo me pisa en un desafortunado día en que yo llevaba sandalias. Y la foto retrata justo el momento de mi grito. Y me gusta esa foto, por espontánea y casual, y porque de alguna manera retrata un momento que recuerdo haciendo coincidentes la realidad sucedida y la realidad retratada.

Asistan ahora, en cambio, a una fiesta, preferentemente en la que haya sobrepoblación de gente rondando la veintena. Comprobarán, como me ocurrió hace unos días, que ya nadie vive la fiesta como tal porque todo lo que esté ocurriendo se interrumpe si aparece una cámara de por medio. En ese momento todo se convierte en una pose, que por lo general es exagerada y climática (tómese como ejemplo la lengua de fuera y la mano haciendo cuernos) y que nada tiene que ver con, por ejemplo, la charla apacible y distendida que esas dos personas mantenían cinco segundos antes.

En ese contraste, que reside entre lo que está ocurriendo y lo que querríamos que estuviera ocurriendo, los recuerdos vividos dejan de ser los recuerdos oficiales, que pasan a ser los recuerdos “artificiales” generados por esas fotos que alguien tomó, subió y taggeó en un álbum de Facebook. Por resumirlo, si esto fuera la Matrix ya no tendría que existir un ejército de máquinas que nos sometiera para implantarnos recuerdos o sensaciones, sino que somos nosotros mismos los que nos entregaríamos a construir ese mundo de fantasía donde todos somos mejores, nadie se ve mal en las fotos y cada fiesta es una orgía de emoción e intensidad de aproximadamente diez horas de duración, aun cuando en realidad puede que los picos de emoción fueran, simplemente, tres, que son los que, recordados, harían valiosa la velada. Sin embargo, elegimos “reconstruir” lo vivido haciendo de cada foto un recuerdo especial, aun a costa de que desaparezca lo especial de cualquiera de ellos porque en realidad ninguno lo es.

Tiempo después, revisando las fotos, ya nadie recordará la fiesta como tal sino las fotos en estado de pose y clímax, los recuerdos ya no son los recuerdos vividos sino esas fotografías que retratan esos recuerdos “posados”. Renny Gleeson, que trabaja como Director Global de Estrategias Digitales de W+K, disecciona maravillosamente este asunto en una gran charla que pueden encontrar, bajo el nombre de “Renny Gleeson on antisocial phone tricks”, en el sitio de TED.com.

A mí, este fenómeno, que podríamos hasta calificar como una variedad interesante de esa hiperrealidad investigada por el filósofo francés Jean Baudrillard, me parece interesante no sólo por el hecho de la realidad que se genera a partir de fotos o recuerdos, sino también por el cómo se modifica nuestro comportamiento en pos de hacer crecer nuestro “yo” virtual.

Como si, de alguna manera, nuestra capacidad de generar recuerdos para la vida real fuera aniquilada por la necesidad creciente de crear contenidos para nuestra vida virtual, lo cual tiene sentido en vista de la importancia que ésta ha cobrado en los últimos tiempos, como puede comprobarse por noticias como la de que el artista mexicano Aleks Syntek se retira de Twitter ante las críticas de los usuarios al tema que compuso para el Bicentenario de la Independencia mexicana, campañas donde los famosos “mueren” en su vida digital hasta que no se recaude una determinada cantidad de dinero para una causa, o incluso, y en un ámbito más personal, por anécdotas como la de mi amiga Vic Fabrice, que tras una velada en Buenos Aires con Manu, Diego y un servidor, exclamó: “Mañana les agregaré en Twitter, y espero que sean tan divertidos allá como lo son en la vida real”.

Qué bueno entonces que haya personas que siguen considerando más divertido juntarse con tres amigos a jugar con una consola en vez de jugar en línea contra un millón de desconocidos, publicistas que, aun viviendo en un sitio tan tecnológico como Japón, tengan como objetivo sacar una lágrima de la emoción a quienes vean sus piezas, o algo que me pasa últimamente cada vez que uso Foursquare al llegar a algún sitio.

Y es que como aún no lo usa tanta gente en México, cada vez que hago check-in en los distintos lugares, si veo que no soy el único que ha realizado su entrada “digital”, despego instintivamente mi mirada del teléfono y doy una ojeada al lugar, buscando a aquellos otros que también están allí de forma presencial. Por una vez, el viaje va de lo virtual a lo real, y es un alivio, para no olvidarnos, como decía Daft Punk, que “we are human after all”, y que lo que nos falta es costumbre en lidiar con todos estos temas.

De cuando las fotos reemplazan a los recuerdos

Pisotón de Erika

Miguel siempre dice que él no toma fotos en sus viajes, que prefiere quedarse con los recuerdos generados en los mismos porque probablemente esos recuerdos lo son de los momentos por los que el viaje mereció la pena. Algo así. Yo, en cambio, tomo muchas fotos, quizá porque nunca salgo en ellas, y luego suelo subirlas a Flickr, y ahí se quedan como una especie de bibliografía de los kilómetros (aunque cada vez soy más perezoso, lo reconozco).

La foto que abre este post es de la fiesta de cumpleaños de Wolf en 2008, y es justo el momento en el que Erika pisa mi pie derecho con el suyo. Puesto que yo llevaba sandalias y ella zapatos de tacón, la imagen retrata el grito causado por su involuntario pisotón. Y me gusta esta foto, de alguna manera retrata un momento que recuerdo, haciendo coincidentes la realidad sucedida y la realidad retratada.

Asistan ahora, en cambio, a una fiesta, preferentemente en la que haya sobrepoblación de gente rondando la veintena. Comprobarán, como me ocurrió hace unos días, que ya nadie vive la fiesta como tal porque todo lo que esté ocurriendo se interrumpe si aparece una cámara de por medio. En ese momento todo se convierte en una pose, que por lo general es exagerada y climática (tómese como ejemplo la lengua de fuera y la mano haciendo cuernos) y que nada tiene que ver con, por ejemplo, la charla apacible y distendida que esas dos personas mantenían cinco segundos antes.

Por ejemplo, en estas dos fotos donde aparecemos Pit y yo en un concierto en la ciudad de Monterrey, adivinen en menos de cinco segundos qué foto refleja lo que estaba ocurriendo y qué foto refleja lo que querríamos que estuviera ocurriendo:

Pit y Dani en Hellowfest (1)   Pit y Dani en Hellowfest (2)

Continue reading De cuando las fotos reemplazan a los recuerdos

La tecnología y la enfermedad de los cables

Recarga de teléfonos en AICM

No sé si sólo me pasa a mí o también ustedes lectores lo habrán notado, pero últimamente, por todas partes, noto una enorme desigualdad numérica entre los puntos de Wi-Fi para conectarse a Internet (cada vez hay más) y los enchufes donde recargar la batería de los laptops o los teléfonos (cada vez hay menos).

No sé, digo, porque igual puede ser que siempre hubiera pocos enchufes y es ahora cuando lo noto porque viajo más. O porque uso más todos esos “dispositivos” o porque igual hay más dispositivos para compartir esos enchufes, pero algo debe estar ocurriendo cuando algunas marcas colocan esas torres (como la de la imagen que abre este texto) en las terminales de los aeropuertos para que nosotros usuarios podamos encontrar unos minutos para recargar esas baterías, lo que es un alivio porque ya no hay que estar vagando, e incluso peleando, por una toma de corriente.

Mochila

Y veo luego la mochila de Pit, que parece un Home Depot andante por llevar a cuestas todos los gadgets del universo con sus respectivos cargadores, y nos pienso mucho más ridículos que esa imagen cliché de los antiguos teléfonos que se usaban en las guerras que necesitaban dos personas para ser transportados.

Colección de cables

Me pregunto de qué nos sirve tanta tecnología touch-screen, geolocalización, resolución de las cámaras de los teléfonos, tablets, etc., si al final quedamos dependientes de un reguero interminable de cables que hemos de transportar para que todo lo primero funcione. Y cuando los tenemos, a veces no hay ni dónde enchufarlos.

O igual sólo me pasa a mí, que también pudiera ser.

Telcel y sus mensajes, el horror

Siempre había pensado que si pudiera recopilar todos los mensajes absurdos que me envía Telcel (el proveedor de servicio para mi teléfono móvil) tendría un buen post por delante, por aquello de narrar las situaciones y pensamientos que me inspiran cada vez que escucho el “ding-ding” de mi teléfono anunciando la llegada de un nuevo mensaje.

No pido mucho, la verdad, uso Telcel desde que llegué a vivir en México en 2006 y tengo contrato con ellos desde finales de ese mismo año. Son ya casi tres años y medio de una relación que no tiene visos de concluir en un período de tiempo cercano, lo que quiere decir que ya es más tiempo de lo que haya podido durar cualquiera de mis relaciones sentimentales.

Así planteado, y no es por sonar ingrato, pero teniendo en cuenta que gasto cerca de mil pesos mensuales (unos 77 dólares estadounidenses o unos 63 euros), y con algunos picos de dinero realmente escandalosos gracias al roaming y el uso de la conexión de datos cada vez que estoy en el extranjero, creo que me merecería algún tipo de trato como cliente distinguido. Eso incluye no descuentos ni tarifas especiales (aunque no estaría mal), sino algún tipo de tratamiento (un VIP, o mejor aún, un VIP-cito) que hiciera pensar que soy algo más que un simple número para ellos en una base de datos. De hecho, creo que ni siquiera llego a serlo, en vista de los mensajes que recibo, que parecen enviarse al común de todos los usuarios sin distinguir entre ellos, no ya hábitos de consumo o intereses, sino ni siquiera la edad o modelo de teléfono que uso (un iPhone 3G)

Continue reading Telcel y sus mensajes, el horror

Paradigmas, contrastes y llamadas perdidas

Llamadas perdidas

Es recurrente para mí encontrar llamadas perdidas en mi teléfono móvil. Entre que lo tengo en modo vibración y que muchas veces (lo reconozco) hago caso omiso de la llamada entrante si no reconozco el número, imagino que debo colmar la paciencia de mucha gente en más ocasiones de las que sería recomendable.

Se supone que esta época es la de la inmediatez, la geolocalización, la de la masificación de la información… y parece resultar que sí, pero sólo cuando soy yo el que informa, en Twitter, Foursquare o tantos otros lugares. Informo en tiempo real, sí, pero cuando me han de contactar, que lo hagan de forma asíncrona, Twitter o correo electrónico… y ya los veré cuando me lleguen. No me leas el mensaje, más bien lánzamelo en una botella, y cuando ésta llegue lo leo. Ni siquiera tiene que ver con el coste de las llamadas o servicios del teléfono, conectarme al 3G para revisar Twitter no es mucho más caro que las llamadas e igualmente soy más proclive a contestar un mensaje de texto que a contestar una llamada entrante.

Hoy lo pensé, y me pareció pintoresco, hagan la prueba. Cuando estén charlando con alguien no-tan-digital-geek y quieran contactar a un tercero, ya verán como la primera reacción del no-digital es llamar por teléfono, por la rapidez de acceso a la persona buscada, un comportamiento que sería en teoría mucho más probable de proceder de alguien “digital”, que en cambio busca cualquier tipo de alternativa (y casi todas asíncronas) a la llamada telefónica tradicional.

¿A alguien más le pasa esto o soy el único bipolar tecnológico del tiempo real?

México y los Surrealistas Digitales

Mi teléfono

El mapa digital de México haría las delicias de un surrealista como André Bretón puesto que es un país delirante a ojos de un extranjero. Cualquier persona llegada de fuera que haya vivido aquí aprende a amar México, no por la razón, sino gracias a las situaciones delirantes que el país produce en cualquiera de sus facetas, y más aún si se conocen anécdotas como la que vivió el propio padre del surrealismo en su primera visita a este lugar.

Es un país, además, de contrastes y de dobles sentidos, no en vano una de las formas artísticas más divertidas por estos lares es el denominado arte del albur, del que más le vale a uno alejarse si no se tiene un amplio conocimiento del vocabulario castellano-mexicano, ya que de lo contrario es probable que se termine con la cara sonrojada.

Esos contrastes y dobles sentidos también pueden extraerse de algunas estadísticas del mundo diario en el que nos movemos. Por ejemplo, la población del país es de 100 millones de personas aproximadamente, de las cuales casi 30 millones se conectan con banda ancha a Internet (datos de la COFETEL -Comisión Federal de Telecomunicaciones-) En términos porcentuales, 30% es una cifra muy baja, pero en términos absolutos 30 millones de personas es muchísima gente. Claro que resulta casi pornográfico hablar de cuánta gente se conecta a Internet y el ancho de banda de su conexión cuando el 13% de la población del país vive por debajo del umbral de la pobreza (datos de 2008 de la Secretaría de Desarrollo Social) y casi el 30% percibe de un salario mínimo para satisfacer sus necesidades (datos de 2008 del INEGI -Instituto Nacional de Estadistica y Geografia-) Hace unos días se publicó en el diario Milenio un pequeño resumen de algunos datos de un estudio realizado por CONEVAL (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social), en el que, cito:

“En términos generales, en México hay alrededor de 50 millones de mexicanos con algún grado de pobreza, ya sea alimentaria, de capacidades (que abarca estudio y vestido) y patrimonial (pago de una vivienda y transporte)”

Un dato brutal, que sin embargo contrasta de nuevo con otra estadística, también obtenida de COFETEL en 2009: 74 millones de personas disponen de teléfono móvil (o celular)

Continue reading México y los Surrealistas Digitales